“De noche y luna”, cuento de la escritora Lilián Hirigoyen

Lilián Hirigoyen

Contenido de la edición 27.04.2026

 

Damián fue siempre el pequeño del grupo y el más protegido. Desde su más tierna infancia supo que era intocable. Cuando acompañaba a sus dos hermanos mayores a los juegos, tenía la seguridad que ellos lo mantendrían a salvo de los demás. ¿Quién sería capaz de llevarle la contra? ¿Quién, de hacerlo llorar por cualquier motivo? Con sus dos hermanos de lanza y escudo, difícilmente alguno haría otra cosa más que darle la razón y el visto bueno. Con el tiempo, el rol protector se hizo extensivo a los otros. Entonces pasó a tener cuatro muchachitos atentos a sus berrinches y además de lanza y escudo, quedó provisto de venablo y ballesta, terribles armas guerreras con las que contaba y a las que ningún otro infante se atrevía a enfrentar.

Al pasar los años, eso le dio aires de suficiencia, cierta seguridad y autoestima muy por encima del promedio. Caminaba por el mundo como si nada pudiera dañarlo y arremetía contra lo que le molestaba con la arrogancia de un titán. Poseía, además, una corta cabellera oscura y una tez morena que hacían las delicias del sexo opuesto, por lo que Damián resultaba prácticamente imbatible.

Las cosas continuaron funcionando de ese modo durante la niñez y la adolescencia. Hasta llegar a la adultez nada cambió. Con el mismo patrón que en su infancia, la consigna siguió siendo la misma: todos para uno, todos para Damián.

Hasta que Lil llegó.

Fue esta joven de cabello negro y piel blanquísima, que todas las noches, desde un lejano quince de octubre -lo guardaban claramente en la memoria- bajaba del ómnibus y pasaba frente a ellos, la que les hizo cuestionarse, de una manera muy leve por cierto, la tiranía de Damián.

No hubo día, aun sábados y domingos -parecía trabajar los fines de semana también-, con lluvia, plenilunio u oscuridad, que no estuvieran en la vereda esperando el arribo de la chica. Esa costumbre que al principio fue mera distracción y luego se transformó en necesidad, les llevó a investigar el nombre y el lugar de residencia.

Poco pudieron averiguar de los vecinos. La casa, les dijeron, era un oscuro chalet con aspecto de abandonado, al que don Mario la vio entrar alguna vez; en cuanto al nombre, doña Eurídice les comentó que le parecía que era Lil pues la había visto, creía, darse vuelta cuando alguien, no recordaba quién, la llamó así.

El caso es que Lil, tímida y retraída, según sus primeras conclusiones, parecía no haberse percatado de la atracción que ejercía sobre el grupo. Solía pasar frente a la casa de Damián, punto de reunión luego de la salida del trabajo, con un aire distraído, llevando un portafolios en apariencias repleto de papeles.

Apenas la veían, las palabras se les atragantaban en las lenguas. Cualquier tema de conversación perdía su razón y los cinco, sin reparos, daban vuelta la cabeza para seguir con la mirada el andar despreocupado y discreto de la muchacha.

Por un tiempo las cosas siguieron de ese modo. Ninguno tocó el tema en cuestión ni aclaró lo que sentía. Sin embargo, Damián, con su posición de poder sobre los otros, con su convicción de incuestionable dueño de la escena, fue el que habló primero, dando por sentado que la mujer era suya. Como siempre, nadie dijo nada, nadie discutió, pero por dentro, la desconfianza, un veneno hasta ese momento desconocido, se deslizó lentamente por las venas de cada uno de los otros cuatro. Y ese fue el comienzo.

¿Cómo describir las estructuras finamente construidas a partir de la infancia? ¿Cómo comprender la fragilidad del ensamble, la poca resistencia del encastre, que al igual que un castillo de arena se disuelve al embate de la primera ola? ¿Cómo entender las fisuras, las pequeñas grietas que la mayoría de edad puede hacer, al igual que una piedra lanzada con potencia, sobre la rígida lealtad aparente que se gesta en la infancia?

De alguna u otra forma, estas preguntas fueron tomando consistencia en las cabezas de los jóvenes. Ya no eran siquiera adolescentes. Todos superaban los treinta. También Damián. Habían dejado de ser niños.

Desde entonces, la muchacha pasó a ser el juguete largamente apetecido o el regalo que se le pide a los Reyes en los lejanos diciembres de la infancia. Mejor aún, fue la mujer con la que se sueña en las noches invernales y la que, en cada una de las estaciones, se espera conquistar.

Damián, para variar y por herencia de los antiguos años, dio por sentada su supremacía.

Fue promediando el verano, cuando el calor asedia los cuerpos y se transmuta en sudor, que tomó la firme resolución de llevar adelante su empresa.

Sin más, les hizo saber a sus amigos la decisión tomada. Todos, acostumbrados a la eterna tiranía de Damiancito, accedieron a sus argumentos sin réplica de ninguna especie.

Una hermosa noche de febrero, cuando la luna redonda y mágica de un viernes espectacular mostraba la fantasmal blancura de su semblante, Damián tomó coraje y se lanzó a la gran batalla que suponía su próxima conquista.

Esa noche, callado y cabizbajo, no se comportó como siempre ante sus amigos. Los otros, intuyendo los pensamientos del benjamín, trataron de disfrazar su bronca o su disgusto con la máscara de una amena conversación. Hablaron sobre el tiempo cálido y el trabajo, los compañeros de oficina y los jefes respectivos, las madres y la locomoción. Sin embargo, a pesar de la charla de los cuatro -Damián se excluyó voluntariamente-, todos, los cinco, estaban atentos a la llegada del ómnibus de las veintidós. Cuando con el rabillo del ojo lo vieron aparecer, un súbito escalofrío les recorrió el cuerpo. Damián, como si un resorte lo hubiera obligado, se paró de un salto y se puso en guardia.

Lil bajó del 104 con su habitual aire de ausencia, su cabello renegrido, su rostro blanquísimo y con su pesado portafolios a cuestas.

Sus pasos, rítmicos y sonoros, retumbaban en la calle al igual que el tic tac de un imaginario reloj que marcara los segundos hasta dejarlos sordos. Damián respiró hondo, los miró con suficiencia y sin más, se alejó de ellos para acercarse a su objetivo.

No volaba una mosca. La luz de la luna, como si fuera una enorme lamparita de quinientos quilovatios, iluminaba casi con rabia los alrededores.

Lo vieron acercarse a la muchacha, intercambiar con ella unas palabras, cargarle el portafolios que rápidamente pasó de las manos femeninas a las suyas y seguir de largo juntos hasta perderse a la vuelta de la calle donde suponían, ella vivía.

Y esa fue la última vez que los vieron.

Los dos primeros días, sábado y domingo, pensaron que en un loco arrebato de pasión habían decidido encerrarse para saciar sus apetitos largamente reprimidos. Pero llegado el lunes, y viendo que Damián no se presentaba, los cuatro optaron por apersonarse en la casa de la chica y ver qué estaba pasando.

Grande fue su asombro cuando al golpear la puerta, esta no ofreció resistencia. No tenía cerradura ni picaporte y más consternados quedaron aún, cuando descubrieron que en la casa no había siquiera un mueble. El polvo y las telarañas acumulados llevarían sus buenos años haciendo de las suyas. Evidentemente, nadie vivía allí desde hacía muchísimo tiempo.

A medida que pasaban los días, la desazón los fue embargando. Por más averiguaciones y denuncias policiales que hicieron, nadie supo más de ellos. Hubo rumores, muchos. Que se habían fugado. Que los habían secuestrado. Incluso, cosas tan disparatadas y sin sentido como las que doña Sara, una viejecilla inofensiva que vivía al final de la calle, decía del asunto al que quisiera oírla: que el nombre Lil fonéticamente recuerda a la palabra hebrea cuyo significado es "noche" y, tomando en cuenta la nocturna cabellera y la tez lunar de la muchacha desaparecida, no sería de extrañar que algo oscuro anduviera rondando a los jóvenes. Hasta tal punto llegó el desconcierto de los vecinos, que algunos, pocos por suerte, llegaron a considerar esa locura como cierta.

En fin, la incertidumbre dio lugar a la tristeza y ésta a su vez, a la resignación. Los años fueron pasando lentamente. Los padres de cada uno dejaron este mundo sin saber nada de Damián. Al grupo, se le hizo muy difícil permanecer unido. De alguna manera, desde el momento que la conocieron, Lil había empezado a separarlos. A pesar de no haberlo hablado, los cuatro lo sabían. La extraña desaparición de Damián, el tiránico lazo que los unía, les dio la excusa perfecta, el golpe de gracia que necesitaban para decirse adiós

Los cuatro contrajeron matrimonio, cada uno a su tiempo, y se mudaron a lugares distantes. Sólo uno heredó la casa familiar y permaneció en el barrio junto a su esposa e hijos. Pero a esa altura todo estaba muy distinto. Veinte años cambian la fisonomía de cualquier ciudad.

 

Los viernes suelen ser días particularmente agradables, sobre todo en las noches de verano. Salir del trabajo y volver a casa a esperar un fin de semana en familia es la mejor recompensa.

Esa noche cenó temprano y salió un rato a la vereda a tomar aire fresco, harto del ventilador y de la discusión de los nenes por cualquier bobería.

Se sentó en el murito del portón y sacó un cigarrillo para distenderse. El bullicio de la televisión, los chiquilines y las tontas disputas con su mujer lo habían embotado.

Miró la luna, redonda y pálida; las estrellas, brillantes y heladas, a pesar del fuego que las consumía a la distancia; el barrio tranquilo, excepto por ese grupo de chicas charlatanas y risueñas, que parecían esperar algo. Las miró por un rato. Estaban sentadas frente a una de las casas de la cuadra. Eran jóvenes y alegres. Tendrían veinte y algo. No las conocía, pero sabía que eran del barrio. Nada más. No era como antes, ya nadie se conoce, pensó. Cada uno en su mundo, su trabajo, sus problemas. Parece que sólo estas muchachas tienen ganas de encontrarse, de reír, de conversar, en fin, se dijo, yo también fui como ellas.

El freno de un coche lo hizo volver en sí. El 104 paraba en la esquina y dejaba bajar a un joven. De golpe, las muchachas callaron. Las miró de nuevo. Una, la más bonita, se acercaba al cordón. Interceptó al joven y hablaron sin que él se detuviera. Las otras se codearon, cómplices.

Sonrió para sus adentros; una parejita que se forma. Los vio caminar juntos, acercarse hacia la esquina. Escuchó los pasos de él, sonoros, metálicos, al igual que el tic tac de un reloj ensordecedor. La luna, enorme y blanca, parecía un hueco de luz. A medida que ambos se acercaban, algo adentro de él trastabilló. Una especie de sacudón, un vórtice que hacía centro en su garganta no lo dejó respirar. Cuando el muchacho pasaba frente a su casa, pudo ver y distinguir, sin lugar a dudas, el rostro de su amigo Damián. A pesar que después de veinte años dormía un sueño de muerte en su memoria, lo había reconocido. Con el cabello renegrido, mucho más pálido pero joven y buen mozo como lo recordaba. Las mismas facciones. El mismo rostro. La misma mirada. Le costó reaccionar. Le costó incorporarse. Cuando pudo ser dueño de sus movimientos, ya habían dado vuelta la esquina. Corrió. Intentó seguirlos y alcanzarlos. Pero no encontró a nadie. Las casas sin luces, la claridad fantasmal que sólo dejaba entrever sombras.

Caminó un poco, desconcertado, hasta que sin darse cuenta llegó al antiguo chalet abandonado. Lo miró largamente, como si no pudiera entender qué hacía ahí. Los años no lo habían afectado, seguía igual. Parecía que el tiempo, ensañado con todo el resto, hubiera dejado en paz a esa casita a dos aguas, con el mismo color y olor a soledad que le conocía desde que tenía memoria. Estaba a la vuelta de su casa y se detenía a estudiarla por primera vez desde aquella lejana noche de febrero. Se acercó a la puerta, que sin cerradura ni picaporte, no ofreció resistencia. La oscuridad en el interior era casi absoluta. Sólo un rayo de luna blanquísimo le marcaba un camino de plata.

Se quedó un largo rato atento, escuchando, tratando de atisbar en las sombras algún movimiento, de percibir alguna figura, algún roce que delatara una presencia. Nada sucedió. Silencio y un espacio muy negro que se volvía más oscuro junto al haz de luz. Motas de polvo flotaban al igual que diminutas estrellas perdidas en un pequeño espacio o un puñado de ceniza esparcido por manos invisibles.

Cuando salió, no tenía noción del tiempo transcurrido. Según su reloj, habían pasado un par de horas desde que saliera a fumar un cigarrillo al jardincito de su casa. Al dar vuelta la esquina para regresar, vio a su mujer parada en la puerta. Las muchachas ya no estaban. Ella corrió a su encuentro. Le increpó su ausencia. Él simplemente la abrazó y juntos entraron a la casa iluminada.

Por una extraña razón que no pudo explicar supo que el lunes, al igual que aquél de veinte años atrás, sería un día ajetreado para el barrio.

 

LILIÁN HIRIGOYEN

Escritora, jurado en el área Letras del Premio Morosoli,

expresidenta de la Casa de los Escritores del Uruguay,

secretaria de Redacción de CONTRATAPA 

 

(*) Publicado originalmente en "El árbol que habla y otros cuentos", Ediciones Dixi, 2015

Imagen de portada: CONTRATAPA/Daniel Feldman


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2026-04-27T12:50:00