“Dejar todo”, cuento de la escritora Lilián Hirigoyen

Lilián Hirigoyen

Contenido de la edición 01.03.2026

Hace tiempo que quería hacerlo. Dejar atrás la ciudad, el ruido estrepitoso de los autos, el bullicio de los muchachos bromeando por las calles, el griterío de los niños al salir de la escuela.

Quería hacerlo y dejar atrás a la gente atropellada que en nada veía algo digno para detenerse y observar. Atrás los empujones; los despertadores que sonaban siempre en el momento más inoportuno, en el instante preciso en que el verso exacto comenzaba a tomar forma.

Dejar atrás los horarios prefijados; los encuentros ocasionales; los boliches atestados; los cortes de luz; las baldosas flojas en los días de lluvia; el pago de las facturas y todo lo que me anticipara una obligación, un recordatorio y una omisión que fuera factible de pena, ya sea monetaria, de cárcel o rechazo social.

Quería hacerlo. Olvidarme de los vecinos y los amigos, los pocos que tenía y los muchos que decían serlo.

Quería dejarlo todo, la vieja casa que había pertenecido a mis padres, las deudas que tenía encima, las vetustas cañerías que debían ser el hábitat de infinidad de ratas y que en las noches sofocantes de verano, en una explosión de frenesí inaudito, parecían desbandarse en todas direcciones.

Hacía tiempo lo pensaba y como un gato al acecho de un delicado pajarito o mejor aún, como un indómito león pronto a la caza del soberbio cebú, príncipe de la manada, sólo esperaba que el momento oportuno se presentase.

No hubo iglesia a la que no recurriese para rogar al dios de turno por un milagro ni rito de magia negra al que no prestase mi cuchillo para algún sacrificio de una gallina infeliz.

Hubo momentos en que creía que todo sería inútil, que mi espera paciente pero desesperada no tendría fruto. Hubo momentos de desaliento, de horrible desconsuelo, en que las horas, monótonas y acalambrantes, me atornillaban el estómago. En mi desconsuelo, me había interiorizado con técnicas de meditación y silencio, como forma de evadirme y encontrar en mí mismo el ansiado alivio.

Pero el día llegó.

Como la salida del sol que deja atrás la horrible pesadilla, la solución se presentó ante mí, iluminándome. Llegó así, sin previo aviso, o tal vez sí, con alguno que yo en ese momento no tomé en cuenta: con la llegada del último verano. Entonces, la respuesta me vino con naturalidad, con la misma irrevocabilidad que tienen las leyes de la Naturaleza y con igual contundencia con que nos alcanzan las estaciones -estemos dónde estemos, hagamos lo que hagamos- que se suceden entre equinoccios y solsticios alternativos.

Uno de esos días del inicio del verano, en que la mañana plomiza anuncia la tormenta, en que los niños parecían gritar más de lo habitual y las bocinas de los autos martillaban los oídos con furia desconocida. Uno de esos días en que los lavarropas se trancan, las heladeras dejan de funcionar, las tostadas se queman, las graseras se tapan y en que uno se convence que el infierno está ahí, en su propia cocina. Sintiéndome arder en el fuego de todos los demonios, a punto de arrancarme los pocos pelos que me quedaban, en un intento desesperado por calmarme tomé lo que primero tenía a mano. Quiso la casualidad -y aquí hago una digresión a propósito de esa palabra, porque a veces la casualidad no es la íntima compañera del azar, como debiera serlo, sino más bien prima hermana de la providencia- que lo que tuviera más cerca fuera una caja de fósforos. Un simple implemento de cartón y cerillas que, en el estado furibundo en que me encontraba, en un primer momento sólo atiné a abrir. Tal vez en la necesidad de plasmar el paralelismo que veía entre la realidad, esa especie de tártaro en el que me veía inmerso y mi interior, rojo de ira, fue lo que me impulsó a prender y apagar los fósforos alternativamente. En cada pequeña llamarada que encendía veía reflejado en el fuego, al igual que en un espejo, el calor abrasador de la rabia, la forma más simple en que la impotencia puede traducirse. Y entonces fue ahí, en el solsticio del último verano, frente a una minúscula cerilla encendida y a punto de apagarse, en que el fuego fue a la vez purificador y respuesta al mismo tiempo que volvía ceniza mi estado de rabia. Fue el fuego en su mínima expresión, un simple fósforo, el que abrió para mí la puerta que tanto tiempo había permanecido cerrada. El fuego en el que se consumen los traidores, donde las brujas se quitan del cuerpo todo lo perverso, me dio la solución.

Hoy estoy aquí, sentado entre estas cajas de cartones, luego que vi arder hasta consumirse la gran casona de mis padres. Junto con ella cada factura de pago, cada recordatorio, cita u obligación que estuviera anotada en algún papel, se volvió ceniza. Ardió la casa y volaron palomas, al igual que a una Juana de Arco injustamente condenada.

Hoy, aquí sentado, veo corretear a las ratas como entrañables amigas que me buscan. Las veo sentarse a mi lado y mordisquearse. En nada me perturban.

Ya no escucho el grito molesto de los niños, ni las bromas de los muchachos en las calles. Ni me importa la falta de atención de los transeúntes, que jamás encuentran algo tan estimulante como para detener su apuro. Tampoco tengo vecinos ni amigos a quienes reclamarles o que reclamen ni despertadores que me aparten de lo que no quiero abandonar. No piso los boliches ni me permiten pisarlos. Las bocinas no suenan si me tapo los oídos. No poseo heladera, ni ningún implemento que haga imprescindible depender de un cable de luz.

Las baldosas aún siguen flojas en los días de lluvia pero sólo a mí no me mojan.

Sin embargo, los poemas que antaño acallaban los despertadores, ahora bullen en mi cabeza como voces que toman forma y me recitan. Nunca me abandonan.

Cada día un nuevo poema se corporeiza y otra voz se suma a las anteriores. Cada día una de esas voces se vuelve factura, cable de luz, bocina de auto o grito de niño. A veces me parece que alguna de ellas es la casona de mis padres y entonces los versos se llenan de plumas y son palomas que tocan el cielo. A veces las letras se agolpan y no forman palabras, sino sonidos ininteligibles que simulan cañerías vetustas y millares de pequeñas pisadas desconocidas que huyen. Otras, son estrofas que se queman o se tapan o no funcionan y todo el poemario se vuelve una enorme cocina donde se asienta el infierno de la palabra...

Entonces, quiero hacerlo... hacerlo otra vez...

 

LILIÁN HIRIGOYEN

Escritora, jurado en el área Letras del Premio Morosoli,

expresidenta de la Casa de los Escritores del Uruguay,

secretaria de Redacción de CONTRATAPA 

 

(*) Publicado originalmente en "El árbol que habla y otros cuentos", Ediciones Dixi, 2015

Imagen de portada: CONTRATAPA/Daniel Feldman

 

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