“El auto”, un cuento de la escritora Lilián Hirigoyen
Lilián Hirigoyen
Contenido de la edición 02.01.2026
El río entraba con furia a la bahía. Parecía enredarse sobre sí mismo y reventar contra las rocas invadiendo la rambla con sus vísceras blancas y espumosas.
La noche, un demonio engullido por la tormenta, escupía un fuego helado que congelaba los huesos. Sin embargo, condensaba en vaho el olvidado ardor de la tarde.
La lluvia, enmarañada e implacable, doblegaba el muro con su azote. Silencioso y oscuro, casi lóbrego, un Fusca era el único auto estacionado.
Podía imaginarse que su ocupante, temeroso de una catástrofe, descansaba un pie en el freno, dispuesto a no tentar a la fatalidad.
A lo lejos, un rayo resquebrajó la bóveda con velocidad inaudita y un trueno como un grito de bronca e impotencia, no se hizo esperar.
No se veía a nadie. Hasta el auto, pequeño y solitario, parecía aguardar abandonado a que alguien tomara posesión del volante. El parabrisas empapado no permitía siquiera adivinar el interior o percibir la silueta de quién lo había detenido.
El viento, esquivando chaparrones y aguaceros, corría en todas direcciones. Sólo el auto resistía a tanta furia y se sacudía apenas con el vendaval como si tuviera escalofríos.
El temporal fue amainando con la madrugada. Lentamente las nubes buscaron otro firmamento. El viento, inquieto y tempestuoso, huyó de la costa apenas la claridad dio paso al sol. Radiante, fue ascendiendo, hasta instalarse como único habitante del cielo.
La rambla era un espejo. La ciudad sumida en un letargo, parecía vacía. Ni un transeúnte, ningún vehículo circulando. Solo el auto, metálico sol de la rambla, hacía vanos esfuerzos por reflejar la luz.
Llegó la tarde. El mismo silencio. La misma soledad. Sólo el auto y el sol, cada uno en su cielo. El crepúsculo tiñó de cárdeno los vidrios. El mar y los edificios, sangraron con el horizonte.
Con la noche, las nubes se volvieron amenazantes. Un viento huracanado sacudió el paisaje con una lluvia de temporal. Los rayos iluminaron. Los truenos se hicieron oír. Truenos, viento y lluvia fueron las únicas voces de la noche. El auto y la rambla, azotados por el vendaval, metal y piedra anclados en el paisaje, pudieron resistir una noche más.
El día llegó como siempre, luminoso, despejado y mortalmente silencioso. Las calles sin vehículos, las veredas sin transeúntes, las ventanas sin encuadrar algún rostro, las puertas sin abrirse... ni cerrarse. Reflejado en el auto, espejo de unas manos invisibles, el astro siguió el eterno recorrido hacia el crepúsculo. En cuanto el primero de sus rayos tocó el océano y un tinte rojizo marcó su trazo en el horizonte, las nubes amenazantes volvieron a cubrirlo todo. Remolinos, aguaceros intensos, rayos y centellas.
El auto aguantó el embate, como lo había hecho hasta ese instante, como lo seguiría haciendo mientras resistiera las tormentas nocturnas, el ardor de los mediodías y la terrible soledad del entorno. Inmutable, sin ocupante ni curiosos, parecía intuir que tarde o temprano, su suerte sería la de los otros, la de todos y que su esqueleto, metal pintado de rojo, mostraría la herrumbre. Entonces el sol, único sobreviviente, sería el solitario testigo de la muerte.

LILIÁN HIRIGOYEN
Escritora, jurado en el área Letras del Premio Morosoli,
expresidenta de la Casa de los Escritores del Uruguay,
secretaria de Redacción de CONTRATAPA
(*) Publicado originalmente en "El árbol que habla y otros cuentos", Ediciones Dixi, 2015
Imagen de portada: CONTRATAPA/Daniel Feldman