“Salvar a Sócrates”, la novela filosófica de nuestro colaborador Eduardo Infante

Contenido de la edición 09.03.2026

 

En una época en la que la filosofía suele aparecer en los escaparates editoriales bajo dos formas previsibles -el manual de autoayuda con barniz filosófico o el ensayo académico destinado a especialistas-, Salvar a Sócrates, de Eduardo Infante, irrumpe como una propuesta singular: una novela filosófica que demuestra que pensar también puede ser una aventura intensa.

Publicada por Ariel en marzo de 2026, la obra se inscribe en la tradición del relato filosófico, pero la renueva con una ambición poco habitual. Infante no se limita a contar una historia ambientada en la Grecia clásica ni a introducir ideas filosóficas dentro de una trama de ficción. Su apuesta es más exigente: hacer que la filosofía ocurra dentro de la historia, que los personajes aprendan a pensar mientras el lector aprende con ellos.

El punto de partida es tan provocador como fértil. Dos estudiantes contemporáneos, Alex y Jason, reciben una misión extraordinaria: viajar a la Atenas del siglo V a. C. para salvar a Sócrates antes de su juicio y su condena a muerte. La premisa podría sugerir una novela de ciencia ficción histórica o un relato de aventuras temporales. Sin embargo, Infante utiliza esa situación inicial para plantear una pregunta mucho más profunda: ¿por qué salvar a Sócrates? El problema central del libro no es salvar a Sócrates, sino comprender por qué Sócrates debe ser salvado.

A partir de ahí, la novela despliega una reflexión que conecta directamente con nuestro presente. El viaje al pasado es un espejo que nos obliga a mirar el estado actual de nuestras democracias. La Atenas que recorren los protagonistas es una ciudad brillante, pero también una comunidad atravesada por tensiones políticas, demagogia, manipulación de la opinión pública y conflictos entre libertad y seguridad.

La pregunta que atraviesa el libro resuena con inquietante actualidad: ¿puede una democracia destruirse a sí misma?

En ese sentido, Salvar a Sócrates no es solo una novela sobre la filosofía socrática y la Grecia clásica. Es también una reflexión sobre la erosión contemporánea de la vida democrática y sobre el auge de los discursos autoritarios que proliferan en nuestras sociedades. El libro sugiere una idea poderosa: no viajamos al pasado para salvar a Sócrates; salvamos a Sócrates para que nos salve a nosotros de nosotros mismos. La figura del filósofo ateniense aparece así como un símbolo de resistencia frente a la demagogia, la manipulación y el pensamiento acrítico. En definitiva, como un antídoto ante la estupidez: la verdadera pandemia de nuestro siglo.

Los protagonistas de la historia -Alex y Jason- encarnan dos posiciones vitales muy diferentes. Alex es un estudiante becado, crítico con las élites académicas y acostumbrado a defenderse en un entorno hostil. Jason, en cambio, pertenece a una familia poderosa vinculada a una prestigiosa academia. Está habituado al reconocimiento y al peso de las expectativas.

Desde su primer encuentro, ambos chocan. Entre ellos se establece una tensión constante que impulsa la narración: personajes opuestos que se ven obligados a colaborar.

Ese conflicto inicial permite que la novela aborde uno de sus temas más contemporáneos: el bullying y la violencia simbólica en los espacios educativos. Infante evita el tono moralizante y plantea el problema a través del propio método socrático. Las humillaciones, los prejuicios y las jerarquías sociales que separan a Alex y Jason no se resuelven mediante sermones, sino mediante preguntas.

En este sentido, la novela propone algo poco habitual: utilizar el método socrático como herramienta para desmontar los mecanismos del acoso. Preguntar, examinar las creencias propias, obligar al agresor a justificar sus actos y revelar las contradicciones del poder se convierten en estrategias filosóficas para desactivar la violencia.

El lector no recibe una lección abstracta sobre ética o convivencia. Lo que presencia es un proceso: dos jóvenes que aprenden a pensar mejor y, por tanto, a relacionarse de otra manera.

Pero la gran originalidad del libro aparece cuando los protagonistas finalmente encuentran a Sócrates. A diferencia de los manuales académicos que presentan al filósofo como una figura solemne y distante, Infante lo retrata como un hombre profundamente incómodo para su tiempo: irónico, incisivo, obstinado en preguntar. Y es precisamente ahí donde la novela despliega uno de sus recursos más brillantes. El lector no solo escucha hablar del método socrático: aprende a usarlo del propio Sócrates.

Las conversaciones que mantienen los protagonistas con el filósofo reproducen el funcionamiento real de la mayéutica: preguntas encadenadas, definiciones que se derrumban, certezas que se revelan frágiles. La filosofía deja de ser una teoría para convertirse en una práctica viva.

En ese sentido, Salvar a Sócrates propone algo muy poco frecuente en la narrativa contemporánea: una filosofía encarnada. No se trata de conceptos explicados desde fuera, sino de ideas que emergen dentro de la acción.

Esta dimensión pedagógica no ralentiza el ritmo de la novela. Al contrario, lo intensifica. Cada diálogo se convierte en un pequeño duelo intelectual. Cada pregunta abre un nuevo conflicto.

La presencia del daemon -una figura ambigua que acompaña a los protagonistas durante su viaje- añade otra capa de complejidad narrativa. Esta voz funciona como conciencia crítica y como guía irónica, pero lo hace con un estilo deliberadamente irreverente, casi punk, que recuerda al espíritu provocador de Diógenes de Sinope. El daemon irrumpe en la narración para pinchar las solemnidades, desmontar las falsas virtudes y obligar a los personajes a pensar por sí mismos. Su ironía corrosiva y su desprecio por las apariencias nos recuerdan que la filosofía nació también como una forma de insolencia frente a la estupidez colectiva.

Pero quizá el tema más poderoso del libro aparece en su reflexión sobre la verdad.

Vivimos en una época en la que el debate público parece cada vez más dominado por la desinformación, los bulos y la lógica emocional de las redes sociales. El diálogo entre ciudadanos se deteriora cuando la verdad deja de ser un horizonte compartido.

Frente a esa situación, Salvar a Sócrates reivindica la filosofía como una herramienta cívica para combatir la posverdad.

El método socrático aparece aquí como un antídoto contra la manipulación. Preguntar, exigir razones, examinar los argumentos propios y ajenos: estas prácticas, que Sócrates ejercía en las plazas de Atenas, se revelan hoy más necesarias que nunca.

La novela sugiere que la crisis contemporánea de la democracia no se debe únicamente a factores políticos, económicos o institucionales. También es una crisis del pensamiento crítico. Cuando dejamos de preguntar y dialogar, dejamos de ser ciudadanos.

Desde el punto de vista literario, Infante demuestra un notable dominio del ritmo narrativo. Los diálogos son ágiles, cargados de ironía y de referencias culturales que conectan el mundo antiguo con el presente. La reconstrucción de la Atenas clásica resulta vívida sin caer en el exceso erudito. El lector recorre el ágora, los gimnasios y la Acrópolis mientras la ciudad aparece como lo que realmente fue: un laboratorio político lleno de tensiones.

Este equilibrio entre aventura, reconstrucción histórica y reflexión filosófica es uno de los grandes logros del libro.

Infante ya había demostrado en obras anteriores como Filosofía en la calle o Ética en la calle una notable capacidad para acercar el pensamiento filosófico al gran público. Pero Salvar a Sócrates supone un paso más en su trayectoria. Aquí la filosofía no aparece como comentario de la realidad, sino como motor narrativo.

El resultado es una novela que logra algo difícil: despertar la curiosidad intelectual sin renunciar al placer del relato.

Cuando el lector llega a las últimas páginas, comprende que la pregunta inicial -¿por qué salvar a Sócrates?- escondía otra mucho más importante. La muerte del filósofo, aceptada con serenidad en nombre de la coherencia moral, se convierte en una lección sobre lo que hace valiosa la vida humana.

En un mundo saturado de ruido informativo, Salvar a Sócrates recuerda que la filosofía nació precisamente para combatir ese ruido.

Tal vez por eso el libro termina dejando en el lector una inquietud fértil. No basta con admirar a Sócrates desde la distancia histórica. La verdadera cuestión es otra: si estamos dispuestos a practicar hoy la valentía intelectual que él representó.

Porque, como sugiere la novela, salvar a Sócrates no significa cambiar el pasado.
Significa decidir qué lugar queremos que ocupe la verdad en nuestro futuro.

El libro puede adquirirse aquí

(*) Eduardo Infante es un filósofo español, colaborador habitual de CONTRATAPA


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2026-03-09T17:36:00