A veces flotar es renacer
Alejandro Vásquez Escalona
Contenido de la edición 02.02.2026
No es una playa que seduzca. Puede apostarse que su fotografía no será impresa en ninguna postal como promoción de ámbito nirvánico del caribe. La arena marrón terrosa proporciona el color oscuro de sus aguas. Es la más cercana a la ciudad. Descuidada. Sin mantenimiento regular. No es temporada vacacional. Enramadas o ranchería de madera de mangle y chapas bordean la orilla. En días de asueto, sus dueños las rentan a los visitantes para su alojamiento, fuera de estas ocasiones se pueden usar libremente.
La franja de arena entre las destartaladas casas vacacionales y el mar es de una cien metros de ancha, por ésta transitan los vehículos de los visitantes a esta playa. Llega un autobús del Ministerio del Ambiente pequeño blanco con una franja azul gruesa. Se estaciona frente a una de las enramadas. Bajan cinco muchachos. Cada uno con morrales de distinto colores, azul y rojo pálido, negro, marrón. Desempacan hamacas, sacos para dormir, cobijas, ropa de playa, bolsas para desecho blancas, alimentos enlatados, vegetales, entre otros. Ocupan una de las viviendas vacacionales.
Al otro día, los visitantes, recogen desechos en bolsas plásticas. Botellas, latas de refresco y cerveza, pedazos de material sintético. Realizan una jornada de concienciación. Lo hacen con el apoyo del Organismo oficial encargado del ambiente. La playa está casi sola. El oleaje es tranquilo. Pocos bañistas. Comienzan instalarse a algunos vendedores habituales. Uno que otro vehículo transita sobre la carretera de arena. Algunos se estacionan frente a las rancherías. La sensación de diversión se asoma. La luz entusiasta del caribe se acentúa. Se expresa diversamente, en las aguas, en la arena, sobre las personas. Un perro de largo pelaje blanco juguetea y ladra a las golondrinas que despliegan vuelo muy cercano a la tierra. Así, en bandadas, pueden hacer más que verano.
El muchacho más alto del grupo de ambientalistas se baña, unos cincuenta metros, mar adentro. Su nombre es Lucas. No sabe de escrituras sagradas. Ni de budismo. Es de mirada amplia y flexible. Cabello negro ensortijado. Comienza a nadar en paralelo a la orilla. Lleva los ojos cerrados para evitar la molestia salobre del agua. Bracea tres veces. Levanta su rostro del lado izquierdo. Toma aire. Bracea tres veces. Levanta su rostro del agua, siempre con los ojos cerrados. Toma aire, reiteradamente. Reiteradamente.
Ahora, la luz es más cálida. Más horizontal. Si miramos el mar desde arriba, los lunares negros de las cabezas de quienes disfrutan de sus aguas se verían como una franja de hormigas paralelo a la orilla. La altura de las olas ha crecido, quizás el triple. Dejan un crespón largo de espuma al retirarse después de golpear el filo de la arena. Se oyen como bramido de bisonte, como despegar de avión. La trayectoria de nado que hace Lucas forma una especie de V. Sin saberlo, se retira de la orilla. Nada con los ojos cerrados Unos minutos después de iniciar, el nadador se detiene. Busca ubicación espacial. Flota en vertical. Hace presión con sus brazos hacia abajo para buscar el lecho marino con sus pies. Lo hace hasta donde su resistencia respiratoria lo permite. No lo logra. Está en una zona profunda del mar. Ve a sus compañeros empequeñecidos por la distancia. Ellos Levantan los brazos eufóricamente, se supone que celebran la hazaña. Lucas es el único integrante del grupo que sabe nadar. Siente un miedo espinoso.
El nadador siente que no hay celebración posible. Ni heroísmo. Se encuentra a unos seis kilómetros mar adentro. No duda y comienza a bracear desesperadamente hacia la orilla. Se detiene exhausto. Intenta sentir la arena con sus pies. No siente tierra, solo vacío acuoso. Se asusta más. Nada. Bracea. Nada. Bracea. Nada. Bracea. Está agotado. No ha avanzado. Mira a lo lejos. Sus amigos en la arena lejana, aún lo ven entusiastamente. Busca fondo otra vez. Vacío. Al subir, una ola de cresta inmensa lo revuelca en las aguas arremolinadamente salobres. Lo vapulea y sigue su encrespado viaje. Tiene diecisiete años. Siente que morirá ahogado. Que no vendrán a ayudarlo. Nadie sabe que naufraga. Su grito lo ahogaría el sonido del mar encrespado de la tarde.
De la desesperanza casi agónica, Lucas logra asirse a un hilo de calma. Se queda inmóvil. Acepta su realidad. No valentía. No cobardía. Ámbito neutro. Es lo que es. Se tranquiliza como tocado por una armonía traslúcida. Y viene una especie de epifanía. Extiende su cuerpo sobre el agua como un trozo de corcho. Cierra los ojos. Siente cuando la ola que regresa de la orilla lo suspende. Sobre la cima acuosa, vuelve a nadar empecinadamente. Decidido a llegar a la orilla. Cuando pasa el embate de agua salobre, se detiene. Mira las nubes nuevamente. Ha avanzado unos cien metros. Después el latigazo del agua, lo retrocede unos veinte metros, ha ganado ochenta. Y espera con ecuanimidad el siguiente viaje hacia la orilla. Nadar con la corriente, detenerse a flotar. Nadar con la ola embravecida, esperar la próxima embestida. Esa es la dinámica. El resplandor de la vida.
Lucas viaja sobre el oleaje que lo acerca a la orilla varias veces. Tiempo imprecisable. Se detiene. Todo es como neblinoso. Intuitivamente se pone de pie y siente la arena. Levanta ambos brazos. El agua hasta sus hombros. Lo que percibe. Es como su nuevo nacimiento. Camina al encuentro con sus compañeros de excursión que lo reciben con aplausos y algarabía. Responde al recibimiento con expresión de desenfado. En silencio, entra a la vivienda. La playa está casi solitaria. El sol soñoliento es media rodaja de piña en la raya del horizonte. El perro blanco de cola larga y frondosa, acompaña a su dueña. Sentado, observa la paila donde una mujer de piel tostada de sol y salitre, fríe pescados para varios comensales que esperan.

ALEJANDRO VÁSQUEZ ESCALONA
(Venezuela, 1956). Fotógrafo, escritor, videoasta. Profesor de la
Escuela de Comunicación Social de La Universidad del Zulia (1987/2016).
Docente invitado a Aquelarre - Escuela de Fotografía. Montevideo (Uruguay-2021)