Borges y La Odisea
Alejandro Carreño T
Contenido de la edición 20.09.2026
No he visto la película de Christopher Nolan. Tampoco sé si la veré. Pero su repercusión internacional ha ayudado para que la gente se encuentre y reencuentre con Homero y Ulises. En mi caso particular, La Odisea me acompaña desde mi época de estudiante de Literatura en el Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile hace ya varias décadas. Y mi biblioteca guarda ediciones en español, inglés y portugués que cada cierto tiempo vuelven a mis manos con nuevos bríos. Emerson, nos recuerda Jorge Luis Borges en su ensayo "La Poesía", decía que "una biblioteca es un gabinete mágico en el que hay muchos espíritus hechizados. Despiertan cuando los llamamos [...]" (Siete Noches, Fondo de Cultura Económica, 1992, México, p. 101). Cuando el libro se encuentra con el lector se produce el "hecho estético". Pero nunca vuelven estos "espíritus hechizados" como la vez anterior, porque incluso, "para el mismo lector, el mismo libro cambia [...]", como el río de Heráclito: "Cambiamos incesantemente y es dable afirmar que cada lectura de un libro, que cada relectura, cada recuerdo de esa relectura, renuevan el texto" (p. 102). El hecho estético, en consecuencia, es renovado también por estos "espíritus hechizados" que vuelven como la "aurora y el ocaso", como también lo dice Borges en su célebre poema "Arte Poética" del libro El Hacedor (1960).
Años más tarde, estos "espíritus hechizados" se le aparecieron a Borges, y la cita de Emerson sobre la biblioteca y la metáfora del "gabinete mágico", tomó la forma de "caverna mágica llena de difuntos" en el ensayo "El enigma de la poesía" (Arte Poética, Editorial Crítica, Barcelona, 2000, p. 17): "Creo que Emerson escribió en alguna parte que una biblioteca es una especie de caverna mágica llena de difuntos. Y esos difuntos pueden renacer, pueden ser devueltos a la vida cuando abrimos sus páginas". Vuelven como el llanto de Ulises al divisar su Ítaca "verde y humilde". El arte es como esa Ítaca "de verde eternidad, no de prodigios". Por eso, "Cuentan que Ulises, harto de prodigios", lloró de amor cuando la divisó ("Arte Poética"). Pero este llanto de amor del héroe no es el mismo que lo tiene prisionero de la ninfa Calipso: "Hermes no encontró a Ulises junto a la diosa; sino que este héroe se hallaba gimiendo, sentado en la orilla; allí, como antes, consumiendo el alma en medio de su llanto, los suspiros y la tristeza, contemplaba el mar tempestuoso derramando copiosas lágrimas" (La Odisea, Canto V, Ediciones Zeus, Barcelona, 1968, p. 69). Calipso es inclemente: no se somete a la tristeza del héroe y su soledad, pues sus hombres han muerto todos, y lo mantiene cautivo lejos de su tierra y de su amada Penélope.
Hermes es portador de una orden perentoria de Zeus a Calipso, que no es otra que liberar a Ulises: "Es a este héroe al que hoy Zeus te manda despedir sin tardanza; porque Ulises no debe morir lejos de aquellos que le aman; su destino es volver a ver a sus amigos y regresar a su hermosa morada en las tierras de su padre". (p. 69). Y como de Borges se trata, el lector borgiano sabe de sus jugarretas literarias, de sus invenciones y paradojas con que nos lleva a sus infinitos y laberínticos mundos imaginarios. Imaginemos, nos dice, "una biografía de Ulises" basada en distintos testimonios, entre ellos, el de Calipso, que dijeran que Ulises nunca salió de Ítaca, La Odisea sería un libro decepcionante (Ver: "Nota sobre Walt Whirman" en Discusión, Oras Completas, Tomo I, Emecé, 2001, p. 250). Aunque Calipso hubiera preferido testimoniar que nunca salió de su lado: "Yo le amé, le alimenté, incluso le prometí hacerle inmortal y librarle para siempre de la vejez" (Canto V, p. 70), le dice a Hermes. "- Desdichado, deja ya de llorar en estos lugares, y que tu vida no se consuma más en la tristeza, benévola para contigo, consiento en despedirte" (p. 70).
Ulises salió de Ítaca y su regreso es el tema central de la obra. Un regreso que Tiresias, el adivino ciego, le señala que será difícil por haber enojado a Poseidón, dios de los mares y padre de Polifemo: "Tú deseas un feliz retorno, noble Ulises, pero un dios te lo hará difícil; no creo que puedas escapar a Posidón que abriga en su alma contra ti un profundo resentimiento, furioso porque privaste de la vista a su hijo amado" (Canto XI, p, 138). Pero Tiresias está muerto. Es un alma más en el Hades que le habla a Ulises. Un sueño, nos dirá Borges en el poema "Al olvidar un sueño" (La Cifra, Alianza Editorial, 1982, p. 73): "esa fábula íntima que ahora / no es menos inasible que la sombra / de Tiresias" (este poema no aparece en La Cifra que forma parte del Tomo III de las Obras Completas, Emecé,1996). Para el lector interesado en estas jugarretas de sus editores, en la edición de Alianza, el poema se encuentra entre los poemas "Un sueño" e "Inferno, V, 129"; pero en la edición de Emecé, estos dos poemas se suceden, puesto que, "Al olvidar un sueño", no fue considerado. Homero, Tiresias y Borges, tres ciegos de carne y de letras, cuyas ficciones se cruzan y entrecruzan, uniendo miles de años del regreso del héroe que fue nada más que otro de sus sueños.
Homero, como Tiresias, también es una sombra, nos dice Borges en "La pesadilla", el segundo de sus ensayos del citado libro Siete Noches. La sombra de uno de los cuatros grandes poetas de la Antigüedad que avanza hacia Dante y Virgilio: "Ahí está Homero, espada en la mano [...] Virgilio le dice que salude a Homero, a quien Dante tanto reverenció y nunca leyó. Y le dice: Onorate l'altissimo poeta. Homero avanza, espada en mano, y admite a Dante como el sexto en su compañía" (p. 49). El comienzo de este ensayo es iluminador: "Los sueños son el género; la pesadilla, la especie". Ulises fue el sueño de Homero y este la pesadilla de Dante al llegar a las puertas del Infierno, al ver que Virgilio palidece. "Piensa: Si Virgilio palidece al entrar al Infierno, que es su morada eterna, ¿cómo no he yo de sentir miedo? (p. 49). Ulises, como Dante, llega al Infierno, aunque sus propósitos son evidentemente diferentes, porque, como sabemos, quiere saber si volverá a Ítaca. En el poema "El desterrado" (La rosa profunda, en el citado Tomo III de las Obras Completas, p. 107), Borges recrea la figura de Ulises, el hijo de Laertes, en varios alguien: el que "recorre los senderos de Ítaca / y no se acuerda de su Rey / que fue a Troya"; el que "piensa en las tierras heredadas / y en el arado nuevo y el hijo / y es acaso feliz".
El propio poeta es otro alguien que "hoy anda por Bolívar y Chile / y puede ser feliz o no serlo. / Quién me diera ser él". Ulises, ese alguien cualquiera, Borges, se encuentra con Tiresias: "En el confín del orbe yo, Ulises, / descendí a la Casa de Hades / y vi la sombra del tebano Tiresias, / que desligó el amor de las serpientes, / y la sombra de Heracles / que mata sombras de leones en la pradera / y asimismo está en el Olimpo". La Odisea es una fuente inagotable de inspiración y análisis para el quehacer poético borgiano literario y filosófico, donde habitan sus sueños y laberintos; el tiempo y la ceguera; el ser que es uno y otro al mismo tiempo; la intertextualidad, la historia y el mito. Temas que pueblan sus cuentos, ensayos y libros de poesía. Borges se detuvo en Ulises, como Homero, que hizo de él el centro de su obra esencial. Nada ni nadie vive o muere en La Odisea que no tenga relación con el héroe. Ni los vientos ni los mares ni los dioses que sacuden con su poder. Ni defectos ni virtudes. Ni el amor. Entonces, Borges, que heredó los sueños de Homero, lo revive y reinventa en su literatura, en la que el tiempo y el espacio olvidaron sus fronteras y las borraron.
Mencionamos recién la intertextualidad como uno de los temas borgianos. En su ensayo "La Divina Comedia", el primero del citado libro Siete Noches, Borges se refiere al episodio de Ulises que para él "es el más alto de la Comedia". Recuerda que una vez escribió un artículo titulado "El enigma de Ulises", que lo publicó, pero luego lo perdió, y que "tratará ahora de reconstruirlo" (p. 26). El artículo en cuestión fue publicado en marzo de 1948 en la revista uruguaya Escritura, de acuerdo con el texto de María Clara Iglesias "Borges y sus tres interpretaciones del canto de Ulises en el Infierno de Dante" (Project Muse). Se trata del número 3 de la mencionada revista Escritura. Pero este artículo, con otra presentación y con otro título, "El último viaje de Ulises", se publica en Nueve ensayos dantescos, 1982, y se encuentra en Obras Completas, Tomo III. Nosotros nos detendremos en el ensayo de Borges "La Divina Comedia", en donde comenta el canto XXVI del Infierno. Allí yacen Ulises y Diomedes en la octava fosa, la de los embaucadores. Ambas almas se queman en una sola llama.
Ambos artículos narran los acontecimientos contados por Ulises a Dante y Virgilio y que lo conducen a la muerte. La nueva playa que Ulises no pudo pisar "porque de la nueva tierra salió un torbellino que sacudió la nave por la proa, le hizo dar tres vueltas en el agua y a la cuarta levantar la popa en alto, mientras la proa se hundía, como quiso Aquél, hasta que sobre nosotros se cerró el mar" (La Divina Comedia, Infierno, Canto XXVI, Ediciones Zeus, Barcelona, 1970, p.108). Borges centra su comentario en este relato de Ulises y cómo es interpretado por Dante. Ulises ha urdido un ardid para entrar a Troya, el mítico Caballo de Troya. Por esto está en el octavo círculo llamado también Malebolge, que se divide en diez fosas. Ulises se encuentra en la octava fosa, la de los fraudulentos cuyas almas arden en llamas individuales, aunque en la llama donde su alma se quema, está también la de Diomedes, su compañero de aventuras, otro embaucador. Pero Ulises, comenta Borges, no ha sido castigado por "la treta de caballo, puesto que el momento culminante de su vida, el que se refiere a Dante y el que se refiere a nosotros, es otro: es esa empresa generosa, denodada, de querer conocer lo vedado, lo imposible" ("La Divina Comedia", p. 30). Borges compara el final de Moby Dick, la legendaria novela de Herman Melville, con el final del Canto XXVI. Así mismo, compara al capitán Ahab con Ulises.
En ambos relatos, nos dice Borges, "el mar se cierra sobre ellos". Pero Ahab "no está movido por ímpetu noble, sino por deseo de venganza, En cambio, Ulises obra como el más alto de los hombres. Ulises, además, invoca una razón justa, que está relacionada con la inteligencia, y es castigado" (p. 31). Y Borges atribuye "la carga trágica de este episodio", y aquí yace la sorprendente interpretación borgiana del Canto XXVI, a que Dante "sintió que Ulises, de algún modo, era él". Y a renglón seguido señala: "No podemos adelantarnos al juicio de la Providencia, nadie puede saber quién será condenado y quién salvado. Pero él había osado, por modo poético, adelantarse a ese juicio". Pero Dante, nos dice Borges, tenía que saber que al hacer eso, corría peligro; no podía ignorar que estaba anticipándose a la indescifrable providencia de Dios". El último párrafo de la página 31, donde se encuentran las citas anteriores, Borges cierra la defensa no solo de Ulises, sino también justifica el proceder de Dante: "Por eso el personaje de Ulises tiene la fuerza que tiene, porque Ulises es un espejo de Dante, porque Dante sintió que acaso él merecía ese castigo. Es verdad que él había escrito el poema, pero por sí o por no estaba infringiendo las misteriosas leyes de la noche, de Dios, de la Divinidad".
El regreso de Ulises a Ítaca es la razón de ser de La Odisea. Un regreso que, a juicio de Borges, debe leerse de dos maneras: "Supongo que el hombre (o la mujer, como pensaba Samuel Butler) que la escribió, no ignoraba que en realidad contenía dos historias: el regreso de Ulises a su casa y las maravillas y peligros del mar" ("El arte de contar historias" en Arte poética, Crítica, Barcelona, 2001, p. 63). La idea del regreso refiere a la imagen del destierro, "porque nuestro verdadero hogar está en el pasado o en el cielo o en cualquier otra parte, que nunca estamos en casa" (p. 64). Pero sabemos que el regreso tarda, que veinte años es mucho tiempo. Que Ulises ha envejecido y que Penélope no lo reconoce o "no se atreve a reconocerlo y alude, para probarlo, a un secreto que comparten los dos, y sólo los dos: el de su tálamo común, que ninguno de los mortales puede mover, porque el olivo con que fue labrado lo ata a la tierra" ("El escolio" em Historia de la noche,1977, en el citado Tomo III de las Obras Completas, p. 176). Y que Argos lo espera para luego morirse. Ni él es el mismo, ni Penélope es la misma. El tiempo ha dejado huellas que no pueden soslayarse. El desterrado se ha vuelto un extraño.
En su reconocido poema "Odisea, libro vigésimo tercero" de su libro El otro, el mismo, (1964) en Obras Completas, Tomo II, Emecé Editores, 1996, p. 275), el héroe, a pesar del "despecho de un dios y de sus mares" y luego de haber ejecutado "la debida labor de la venganza", regresa victorioso "a su reino y su reina". Pero, se pregunta el poeta: "¿dónde está aquel hombre / que en los días y noches del destierro / erraba por el mundo como un perro / y decía que Nadie era su nombre?". Las aventuras de este hombre que se hace llamar "Nadie", y que en el citado ensayo "La Divina Comedia", Borges lo identifica con Simbad el Marino: "una leyenda superior a cuanto encierran Odisea y Eneida, o a cuanto encerrará ese otro libro en que aparece Ulises y que se llama Sindibad del Mar (Simbad el Marino), de Las mil y una noches" (pp, 28 y 29), representan el otro modo de leer La Odisea que propone en su citado ensayo "El arte de contar historias", que no es otro que lanzarse al mar en busca de aventuras, o que las aventuras lo encuentren y lo fantástico se confunda con la realidad: "Cuando leemos la Odisea, creo que lo que sentimos es el encanto, la magia del mar; lo que sentimos es lo que el navegante nos revela. Por ejemplo: no tiene ánimo para el harpa, ni para la distribución de anillos ni para el goce de la mujer, ni para la grandeza del mundo. Solo busca las altas corrientes saladas" (p. 64).
Borges agrega que de este modo "tenemos las dos historias en una: podemos leerla como un retorno a casa y como un relato de aventuras". Ambas maneras de leer La Odisea en realidad se complementan, puesto que un retorno a casa de Ulises después de veinte años, solo se comprende a partir de las peripecias del héroe, cuyo destino está en manos de los dioses. Ulises, Odiseo, es para Homero como don Quijote lo es para Cervantes. La ficción se confunde con su creador, lo hace literatura y lo inmortaliza. Borges, el ciego del siglo XX que hizo de la literatura otra aventura fantástica, entiende que en Homero yace el símbolo del poeta mayor que representa esta inmortalidad. En el citado texto Siete Noches, se encuentra también su ensayo "La ceguera". En él Borges plantea, primero, la duda de la existencia de Homero: "No sabemos si Homero existió. El hecho de que siete ciudades se disputaran su nombre basta para hacernos dudar de su historicidad" (pp. 152 y 153). Pero luego plantea la posibilidad de muchos griegos bajo el nombre del clásico poeta: "Quizá no hubo un Homero, hubo muchos griegos que ocultamos bajo el nombre de Homero" (p. 153). Y tal vez, el poeta no sea más que el sueño de otro nombre. "Podemos pensar", nos dice Borges, "que Homero no existió pero que a los griegos les gustaba imaginarlo ciego", después de todo, nos dice en otro pasaje de la misma página citada, "Las tradiciones son unánimes en mostrarnos un poeta ciego".
En el cuento "El inmortal" de su libro El Aleph (1949), en Obras Completas, Tomo I, Marco Flaminio Rufo, el tribuno romano, va en busca de la Ciudad de los Inmortales. Su relato, que en algunos pasajes toma la forma del ensayo, lo que no debe sorprender al lector, puesto que Borges, que descree de los géneros literarios, suele fundirlos en sus escritos, bebe, sin saberlo, del río de la inmortalidad (Capítulo II, p. 535). Como inmortal recorre varios lugares como lo ilustra el Capítulo V, él último del relato y en el que Borges comenta los capítulos anteriores: "Recorrí nuevos reinos, nuevos imperios. En el otoño de 1066 milité en el puente de Stamford [...]. Y en el "séptimo siglo de la Héjira" escribe en un idioma que ha olvidado, en un alfabeto que ignora, "los siete viajes de Simbad y la historia de la Ciudad de Bronce" (Capítulo V, p. 542). En 1714, en Aberdeen, se suscribe "a los seis volúmenes de la Ilíada de Pope". Recupera la mortalidad por acaso, el 4 de octubre de 1921, cuando el barco que lo llevaba a Bombay fondea en un puerto de la costa eritrea. En las afueras de la ciudad encuentra un caudal de agua clara y bebe. Sin darse cuenta se clava en un árbol espinoso y sangra una gota. Comprende que ha vuelto a ser mortal. "De nuevo soy mortal, me repetí, de nuevo me parezco a todos los hombres. Esa noche, dormí hasta el amanecer" (Capítulo V, p. 542).
En la figura de Marco Flaminio Rufo, el tribuno romano, Borges simboliza al hombre mortal y al hombre inmortal, que es la esencia de la historia. La inmortalidad le permite trascender el tiempo y el espacio, aunque algunos filósofos en Roma le hicieron ver "que dilatar la vida de los hombres era dilatar su agonía y multiplicar el número de sus muertes" (Capítulo I, p. 534). Encuentra la Ciudad de los Inmortales habitada por los trogloditas. Uno de estos seres primitivos, que no conocen el lenguaje, lo sigue a través del desierto y él lo llama Argos, el nombre del perro de Ulises, porque le recuerdan "su humildad y su miseria". Pero una mañana lluviosa, "con mansa admiración, como si descubriera una cosa perdida y olvidada hace mucho tiempo, Argos balbuceó estas palabras: Argos, perro de Ulises. Y después, también sin mirarme: Este perro tirado en el estiércol" (Capítulo III, p. 539). Homero es la clave simbólica del cuento. Argos, el troglodita, cuyo nombre es el perro de Ulises, es el propio Homero. El tribuno romano le pregunta qué sabe de la Odisea, pero ya no le responde Argos, sino el poeta, cuya "práctica del griego le era penosa": "Muy poco -dijo--. Menos que el rapsoda más pobre. Ya habrán pasado mil años desde que la inventé" (Capítulo III, p. 540).
Al igual que Marco Flaminio Rufo, al lector todo le es dilucidado ese día: "Los trogloditas eran los inmortales", y Homero es Argos, el troglodita, el inmortal. Le cuenta la historia de la ciudad "como quien habla con un niño". Pero también le refirió "su vejez y el postrer viaje que emprendió, movido, como Ulises, por el propósito de llegar a los hombres que no saben lo que es el mar, ni comen carne sazonada con sal ni sospechan lo que es un remo" (Capítulo IV, p. 540). Pero han pasado mil años, supone Homero, desde que la inventó. Entonces, debemos aceptar que La Odisea es un "invento", con toda la fuerza semántica de la palabra "inventar". Me detengo en esta palabra. La primera definición de la RAE se refiere a "hallar o descubrir algo nuevo o no conocido" que, en La Odisea corresponde a ese "postrer viaje" para llevar lo conocido a "los hombres que no saben lo que es mar". Pero "inventar" también es afirmar algo como "verdadero sin serlo", y Borges nos dice en el último capítulo que, en los primeros capítulos, y también en algunos pasajes de los otros, ha percibido "algo falso". Y ello se debe "al abuso de rasgos circunstanciales", procedimiento que aprendió en "los poetas y que todo lo contamina de falsedad" (p. 542). Por último, "inventar" significa "decir embustes".
Homero es inmortal y "un solo hombre inmortal es todos los hombres" (Capítulo IV, p. 541). Antes, se nos dice que "ser inmortal es baladí; menos el hombre; todas las criaturas lo son, pues ignoran la muerte; lo divino, lo terrible, lo incomprensible, es saberse inmortal" (p.540). La inmortalidad es otra ficción. Otro sueño que se repite una y otra vez como un permanente retorno al origen: "Homero compuso la Odisea; postulado un plazo infinito, con infinitas circunstancias y cambios, lo imposible es no componer, siquiera una vez, la Odisea. Nadie es alguien, un solo hombre inmortal es todos los hombres. Como Cornelio Agrippa, soy dios, soy héroe, soy filósofo, soy demonio y soy mundo, lo cual es una fatigosa manera de decir que no soy" (p. 541). Ser uno y varios al mismo tiempo, panteísmo que puebla la obra borgiana. En este momento se hace evidente el epígrafe de Francis Bacon, que Borges hace suyo en "El inmortal", pues tanto en Salomón como en Platón, la inmortalidad, el retorno al origen, el olvido y la condición panteísta de hallarse en la unidad todo el tiempo y el espacio cósmico, con sus hombres y sus acciones, yacen en Homero, Ulises, Argos, Marcos Flaminio Rufo, Borges y la Ciudad de los Inmortales, usted y yo: "SOLOMON saith, There is no new thing upon the earth. So that as Plato had an imagination, That all knowledge was but remembrance; so Solomon giveth his sentence, That all novelty is but oblivion".
La inmortalidad es un tema recurrente en la poética borgiana. En el ensayo "Credo de poeta", de su citado libro Arte poética, Borges se refiere a la inmortalidad, en el cuento que comentamos. Nos dice que la "idea que subyace en el relato [...] es que, si un hombre fuera inmortal, con el correr de los años (y, evidentemente, el correr duraría muchos años), lo habría dicho todo, hecho todo, escrito todo (p. 135)". Enseguida se refiere a Homero. Se lo "imaginaba" (si realmente existió), dice, escribiendo la Ilíada. "Seguiría viviendo y cambiaría según cambian las generaciones" (pp. 135 y 136). Pero, en este correr "que duraría muchos años", el poeta "olvidaría el griego, y un día olvidaría que había sido Homero" (p. 136). Entonces, ¿cómo entiende Borges la inmortalidad? Para él, la inmortalidad "no tiene por qué ser personal, puede prescindir del accidente de nombres y apellidos, puede prescindir de nuestra memoria" ("La inmortalidad", Borges oral, 1979, Obras Completas, Tomo IV, Emecé Editores, 1996, p. 179). Homero es Argo y ya no recuerda el griego, su práctica "le era penosa". Borges descree de la inmortalidad personal, no la desea y le teme. "Para mí sería espantoso saber que voy a continuar, sería espantoso saber que voy a seguir siendo Borges" (175).
Pero sí cree en la inmortalidad cósmica, en la que nosotros no somos más que la repetición de lo que se dijo y se hizo y se dirá y se hará. En la inmortalidad que es la conjunción de todos los tiempos, de todos los espacios. Y se pregunta, a propósito de la esfera de Pacal, cuya "circunferencia está en todas partes y el centro en ninguna", símbolo de la infinitud del universo: "¿Por qué no decir que este momento tiene tras sí un pasado infinito, un ayer infinito, y por qué no pensar que este pasado pasa también por este presente?" (p. 176). Y el presente a que se refiere Borges, es a un 5 de junio de 1978, en Belgrano, en la Universidad de Belgrano. "Si el tiempo es infinito", nos dice, "en cualquier instante estamos en el centro del tiempo". Y más adelante señala "que cuando repetimos un verso de Dante o Shakespeare, somos, de algún modo, aquel instante en que Shakespeare o Dante crearon ese verso" (p. 178). Por eso "hubo muchos griegos que ocultamos bajo el nombre de Homero". Y los griegos, "cuyo lenguaje natural era el mito", no ignoraban, al igual que Homero, que las cosas había que decirlas de manera indirecta. Y la "fábula del tálamo que es un árbol es una suerte de metáfora" (ambas citas corresponden al relato ya citado, "Un escolio"). Porque el lenguaje también es creación y, en algún sentido, nos dice Borges, "viene a ser una especie de inmortalidad. Yo estoy usando la lengua castellana. ¿Cuántos muertos castellanos están viviendo en mí? ("La inmortalidad", p. 179).
Debo confesar que no creo que vea la película de Christopher Nolan, punto de partida de este ensayo sobre La Odisea. Pero me imagino, a la luz de la lectura de los diversos textos borgianos aquí comentados, que, en algún momento, su película es también un aporte a esta inmortalidad cósmica de la que todos formamos parte. "Cuando se acerca el fin", leemos en el último párrafo de la historia de Homero, Argos y la Ciudad de los Inmortales,"ya no quedan imágenes del recuerdo; sólo quedan palabras. No es extraño que el tiempo haya confundido las que alguna vez me representaron con las que fueron símbolos de la suerte de quien me acompañó tantos siglos. Yo he sido Homero; en breve, seré Nadie, como Ulises; en breve estaré muerto, como todos".
Ya solo queda el mito, que es otra de las formas de la inmortalidad. Ya solo quedará el mito.

ALEJANDRO CARREÑO T.
Profesor de Castellano, magíster en Comunicación y Semiótica,
doctor en Comunicación. Columnista y ensayista" (Chile)