Cervantes y Grecia

Pedro Olalla

"Es muy probable que Grecia hubiera sido la misma sin Cervantes, pero Cervantes no habría sido Cervantes sin Grecia". 

Contenido de la edición 12.11.2020

"Es muy probable que Grecia hubiera sido la misma sin Cervantes, pero Cervantes no habría sido Cervantes sin Grecia. De la huella de Grecia en los trabajos y los días del gran escritor habla cumplidamente Pedro Olalla en las páginas que siguen y que me honro en presentar", dice el embajador de España en Grecia, Alfonso Lucini, en ocasión de la conmemoración de los cuatrocientos años de la muerte del escritor. "Son palabras escritas en Grecia, y dichas en griego por su autor", agrega,  "en uno de los actos con los que la Embajada de España en Atenas y el Instituto Cervantes están conmemorando los cuatrocientos años del día en que don Miguel libró su última batalla terrenal. Palabras que-junto con varios pasajes de la obra cervantina y el clave bien temperado de Yuli Ventura-resonaron, por primera vez, en una de las salas mayores del Museo Bizantino y Cristiano de Atenas, donde tanta vida contemporánea a la de Cervantes se atesora".

 

Hoy, 23 de abril de 2016, se cumplen nada menos que 400 años de la muerte de Miguel de Cervantes: una paradójica efemérides, porque Cervantes ha demostrado ya ser inmortal. Si el hecho de cerrarse cuatro rotundos siglos nos mueve ahora al homenaje, no se me ocurre, para un escritor, homenaje mejor y más humilde que el de leer su obra. Y por ahí deberíamos empezar, sirviendo a su memoria con seguro provecho para nuestro espíritu.

Pero, junto a esta forma íntima de reconocimiento y gratitud, cabe también un homenaje colectivo: reunirnos para evocar su genio y compartir, por un momento, el brío de su pluma. Y, si esto, además, lo hacemos desde Grecia, ¿por qué no recordar, de manera especial, la presencia que este lugar y esta cultura tuvieron en la vida y en la obra del soldado y el escritor Miguel de Cervantes?

Debo advertir que no me cabe duda de que existen personas-alguna, ausente ya-con más derecho y mérito que yo para evocar, un día como hoy, la figura de Cervantes en relación con Grecia: pienso en los denodados traductores de su obra al griego-Ioulia Iatridou, Ilias Mattheou, Dimitris Risos, Melina Panagiotidou-, y en destacados estudiosos de su contexto literario e histórico desde esta parte del Mediterráneo-Victor Ivanovic, Dimitris Filippis, Ioannis Hassiotis, Nikos Moschonas-. Pero, como, a decir del propio Cervantes, "cada uno es como Dios lo hizo, y, algunas veces, aun peor", aquí estoy yo, tan solo un respetuoso dilettante, cometiendo la osadía de conjurar a don Miguel esta noche de primavera, desde Atenas, para que sea él, y no otro, quien nos hable de su experiencia griega, en una confesión apócrifa-ilusoria, como la literatura-, pero en la que, no obstante, todo parecido con la realidad no será mera coincidencia.

Escuchemos, pues, su voz:

¡Oh, memoria, enemiga mortal de mi descanso! Sepa vuesa merced, señor licenciado, que no es menor el brete en que me pone forzándome a desempolvar tan lejano pasado; lejano, sí, aunque desde la eternidad se mire. ¡Oh, Grecia! ¡Quién de entre los poetas de aquel remoto tiempo en que fui hombre, y no tan solo ánima, no oyera resonar, por todas partes, los nombres y las fábulas y las hazañas y las divinidades, y hasta los ríos y las fuentes de los griegos! ¿Acaso Garcilaso-que a más de buen conocedor de todo ello fue por su brazo defensor de Rodas-no nos hizo sentirnos a todos, quienes de la pluma hicimos oficio, pastores poetas en aquellas las majadas griegas de sus églogas? ¿No fuimos arrastrados a los menalios bosques de Pan y a la amena y soleada cumbre del Partenio, leyendo en las dolientes prosas de aquel napolitano Sannazaro? ¿Acaso no fue la ribera del castellano Tajo una apropiada Arcadia al eco de aquellas Cortes de casto amor de Luis Hurtado de Toledo, o, antes incluso, no lo fue la ribera del Esla, o las de tantos ríos de menor nombradía, para quienes fuimos afectos a Los Siete Libros de la Diana o a aquella otra Diana enamorada? Así fue. Y en aquel mi tiempo, los ecos de la Hélade eran piezas-o perlas, por mejor decir-que todo poeta engarzaba en sus versos como si se sintiera a un tiempo deudor y émulo del mismo Orfeo.

Sepa también vuesa merced, que, siendo yo mozo, en la madrileña Calle de la Villa, tuve como maestro a Don Juan López de Hoyos, hombre versadísimo en las letras de los antiguos, quien me enseñó a apreciarlas harto bien, y quien-me honra decirlo-me tuvo por discípulo caro y amado. Y vive el Cielo que aquellas letras no fueron solamente ninfas y faunos, sino también las Vidas de Plutarco, y la Poética de Aristóteles, y las tan principales rapsodias de Homero. Con todo, los ecos de la Hélade no me llegaron solo de los remotos tiempos de los sabios paganos; pues es harto sabido de quien haya leído de caballería lo significados y famosos que fueron muchos caballeros cristianos de Oriente, que en eso nada hubieron de envidiar al mismo Roldán: Don Amadís de Grecia, Don Belanís de Grecia, Don Florisel de Niquea, y tantos otros que ahora no me vienen a las mientes, pero que de ellos hay noticia en los libros del inmortal Feliciano de Silva, o en otros más pretéritos como la Crónica de Muntaner o la Historia del Gran Tamerlán.

Conmilitón de sus huestes me sentía yo, cuando, a la edad de veinticuatro años, embarqué rumbo a Grecia con mi hermano Rodrigo en una galera del Tercio de Moncada. Permítame vuesa merced, pues así lo ha desatado su audacia, que no peque de parco en el relato de este asunto, ya que, de todos los puntos sustanciales que allí me acontecieron, ninguno se me ha ido de la memoria, y bueno será que los refiera ahora, pues la historia es testigo del pasado, ejemplo y aviso del presente, y advertencia de lo por venir.

El día 16 de septiembre del año de Nuestro Señor de 1571, salió del puerto de Mesina la grandísima armada cristiana contra el Turco: treinta mil hombres y trescientas veinticinco naves, y al mando de la expedición, auténtica cruzada, el valiente príncipe D. Juan de Austria, cuya edad, dicho sea en su gloria, frisaba con la mía. Diez días después, tocábamos el puerto de Corfú, la isla inexpugnable, que ha poco había rechazado el ataque de los turcos. En ella hicimos aguada y embarcamos alguna artillería, poniendo después proa hacia el mediodía y dejando a babor los infamados riscos Acroceraunos-como los apellidara Horacio-y las escarpadas riberas de Grecia, donde el cielo muestra tan generosamente su hermosura. Así, el domingo, día 30, llegamos al puerto llamado de Leguminici, donde, por una fragata de Andrade, nos llegó noticia de que el Turco se hallaba en Lepanto. El mal tiempo nos tuvo retenidos hasta el amanecer del miércoles, en que pudimos hacernos de nuevo a la mar. Ese día doblamos el famoso Cabo Blanco, al sur de Santa Maura, donde cuenta Estrabón que, arrojándose a las aguas desde aquellos elevadísimos riscos, se quitaban la vida algunos infelices que sufrían de penas de amor. Esa noche, ya muy entrada, arribamos a puerto de Fiscardo, en el canal de Cefalonia, y allí nos informaron con horror unos cretenses que Famagusta de Chipre había sucumbido a los turcos, y que todos los cristianos que en ella quedaban habían sido degollados. A la mañana siguiente, vimos salir el sol por detrás de los montes de la ínsula que se alza al otro lado del canal, a tiro de ballesta del puerto de Fiscardo, ínsula que los suorusciti o colonos venecianos que en ella viven dicen Isola di Tiachi, y que no es otra que la ansiada Ítaca de Ulises. ¡Cuántas emociones, y qué mezcladas suele darlas el Cielo, buenas con malas, para que nunca nos fiemos de fortuna! Allí me hallaba yo, pues, sintiéndome un Ulises en esas aguas griegas a bordo de La Marquesa, y, a la vez, aquejado ya de unas fiebres de malaria, que a buen seguro hube de contraer en Mesina, que es nido de miasmas tanto como de facinerosos.

Pero seamos breves en los razonamientos, que ninguno hay gustoso si es largo. La mañana del domingo día 7 avistamos la flota enemiga, y ese mismo día entramos en la lid. ¡Cuerpo de tal que jamás se vio batalla más confusa! Más de seiscientas naves, y todas ellas trabadas entre sí como obra del diablo. Gritos, fuego, humo, tiros perdidos que siempre hallaban blanco en donde dar, abordajes pisando sobre vivos y muertos, picas y mandobles, flechas envenenadas, y brazos, piernas y cabezas segadas que acababan en la mar, dando sobre los infelices que, por salvar su vida de las aguas, se aferraban a los remos, mientras otros, llevados de la furia, les cortaban las manos sin piedad. Junto a otras pocas naves del Papa y de Génova, la galera Marquesa logró cruzar las filas de los turcos y virar en redondo para atacar por popa a las otras galeras que estos habían traído desde Rodas. Yo estaba malo y con calentura, y mi capitán y otros amigos me dijeron que me estuviese quedo, abajo, en la bodega, a lo que respondí que qué dirían de mí si así lo hiciera, y que me dejaran pelear en el lugar más peligroso de la nave, pues más quería yo morir por Dios y por mi rey, que meterme so cubierta. Y así me asignaron al esquife, que es el bote de popa, de fácil abordaje. Y allí fui carne de los endemoniados instrumentos de la artillería, a cuyo inventor tengo para mí que en el infierno se le está dando el premio de su diabólica invención, por la que se comete la injusticia de que una bala desmandada, disparada incluso de quien cobarde huye asustado, corte y acabe en un instante los pensamientos y la vida de un valeroso caballero que merecía gozar luengos siglos. Allí, digo, me dieron tres arcabuzazos: dos en el pecho y uno en la mano izquierda, para gloria futura de la diestra.

Aquel infierno duró cinco horas, en las que perdieron la vida más de siete mil cristianos y más de veinticinco mil turcos. Se le apresaron al Sultán ciento noventa naves, se le hicieron cinco mil prisioneros y les fue dada libertad a doce mil cautivos que andaban al remo en sus bodegas. Aquel día, se desengañó el mundo y todas las naciones de que los turcos eran invencibles por la mar; aquel día quedaron quebrantados para siempre el orgullo y la soberbia otomana. De los griegos tengo que decir que las galeras de Creta y las de Cefalonia eran sin duda las mejores y más diestras de cuantas venían con la armada veneciana, y que ellas fueron las que derrotaron a las de Estambul. Griegos eran también la mayor parte de cuantos cautivos remaban en las galeras turcas; y, cuando dio comienzo la batalla, los remeros del ala derecha de la flota enemiga se rebelaron contra sus guardianes, rompieron las cadenas y se pusieron a luchar, desnudos como estaban, del lado cristiano. Dios sabe que el tributo de sangre que pagaron por aquella victoria los forzados griegos no fue menor en nada que el de los españoles e italianos.

Volvimos a Corfú, y después a Mesina, donde, no sé bien cómo, conseguí reponerme de mis feas heridas. Al verano siguiente, bajo el mando del veneciano Marco Antonio Colonna, mi hermano y yo volvimos a las aguas de Morea, persiguiendo a la flota del Turco, que tenía sus barcos repartidos entre Navarino y Modón. Justo un año después de Lepanto, con la escuadra del Marqués de Santa Cruz y cerca de la ínsula de Zante, prendimos la galera del nieto de Barbarroja, rescatando de ella a doscientos cautivos. Tres años más tarde, de regreso hacia España con el anhelo de ser reconocido en mérito con el grado de capitán, fuimos apresados por la flotilla turquesa del renegado albanés Arnaute Mamí y conducidos presos a Argel. Allí fui esclavo cinco años y medio, en los que aprendí a tener paciencia en las adversidades. Mi amo, Hasán Bajá, que por poca ocasión, y aun sin ella, cada día ahorcaba a uno, desorejaba a otro, o empalaba a aquél, tuvo conmigo una extraña clemencia, pues no por temor a su crueldad dejé yo de intentar cuatro veces la fuga, convencido de que la libertad es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos, y de que por ella se puede y debe aventurar la vida.

El lunes 19 de septiembre de 1580 salí por fin del cautiverio, rescatado por trescientos escudos que mis hermanas reunieron a costa de larguísimas privaciones, y por doscientos más que juntaron los monjes trinitarios haciendo colecta entre los mercaderes cristianos de Argel. A mi llegada a Madrid, después de tanto calvario, mis valedores habían muerto ya, razón que me cerró la carrera en las armas y que me denegó todo puesto vacante que el Consejo de Indias tenía en América. ¡Venturoso aquel a quien el cielo dio un pedazo de pan, sin que le quede obligación de agradecérselo a otro que al mismo cielo! Y como la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir, sin más ni más, sin que nadie le mate, sin otras manos que le acaben que las de la melancolía, tomé la pluma y comencé a escribir... comedias por encargo. No obstante, los primeros de aquellos mis afanes que alcanzaron la imprenta fueron una novela muy griega: Galatea. Después de aquella juventud de guerra, cautiverio e infortunio, volví a la Arcadia de orillas del Tajo para cantar, bajo el bucólico disfraz del pastor Lauso, a una mujer que luchaba por ser la única dueña de su amor y por hacer valer su libertad entre los hombres. Nunca me despedí de Galatea: la salvé del escrutinio y quema que consumaron el cura y el barbero, y hasta el día de mi muerte estuve prometiendo que habría de escribir una segunda parte a aquella obra.

Pero como los años abundantes en letras suelen serlo también en hambre, dejé la pluma y las comedias y acepté la misión de ir a Sevilla, a reunir trigo y aceite para pertrecho de la Armada Invencible. El celo de mi empeño dio conmigo en la cárcel de Castro del Río; cuando salí de allí, acepté el oficio de recaudador de tributos impagados, y esa vez acabé en los calabozos de la propia Sevilla. Allí, en el irónico sosiego de mi celda, empecé a escribir el Quijote, espectro de mí mismo engendrado en una cárcel. Y empecé a escribirlo dando forma a las historias de cautiverio que en él cuenta el capitán Ruy Pérez de Viedma, y que nacieron todas de mi propio infortunio en Grecia y en Argel, así como de otras tales historias oídas y vividas en trato con cautivos y renegados cristianos que en esas soledades de la cárcel me venían al recuerdo. Esas mismas memorias del Oriente me habrían de inspirar también La batalla naval, La gran sultana, El amante liberal, y el Trato y Los Baños de Argel.

Lo que mi entendimiento acertó a retener de las lecturas de los antiguos sabios y poetas griegos fue alimento, y no solo aderezo, de muchas creaciones de mi pluma, que no es sino lengua del alma. Yo mismo he confesado que, cuando Cide Hamete no quiso referir puntualmente el nombre del lugar de donde era natural Alonso Quijano el Bueno, llamado comúnmente don Quijote, fue por dejar que todas las ciudades y las villas de La Mancha contendiesen entre sí por ahijársele y tenérsele por suyo, como contendieron las siete ciudades de Grecia por Homero. Y, asimismo, cuando puse a mi hidalgo a referir cómo eligió servir a la caballería andante para asistir a los más desfavorecidos por la falta de justicia en la tierra, no hice sino acudir a la enseñanza de Hesíodo sobre la Edad de Oro y la de Hierro, y evocar aquel dichoso tiempo en que los hombres vivían ignorantes de lo tuyo y lo mío, ausentes del arado y del hierro, en bondad espontánea, desnudez e inocencia, regalados de la naturaleza, y de ella convidados con troncos huecos rebosantes de miel y arcádicas bellotas. Y en aquella la segunda parte de su historia, cuando la fama del caballero don Quijote precedía ya y superaba con creces la mía, hice que el hidalgo se topara en su camino con un grupo de refinados jóvenes, lectores ellos de Sannazaro, Garcilaso y Camões, que a orillas de un arroyo habían decidido establecer una nueva pastoril Arcadia, donde no hubiera ya de entrar la pesadumbre ni la melancolía. Y, por último, al fin de sus pesares y sus días, casi desengañado de su tenaz esfuerzo por mantener viva la justicia en este mundo, dejé al buen don Quijote en su lecho de muerte, consumido y enfermo, pero pensando aún en comprar un rebaño de ovejas y acariciando el sueño de hacerse pastor.

Y una cosa más he de añadir, señor licenciado o señor taumaturgo que aquí me conjuráis, acerca de mí y de las tierras griegas; pues así como dejé a mi ingenioso y moribundo caballero sonriéndole a la idea de hacerse pastor poeta, yo mismo, sintiendo que a mi vida no debía ya de quedarle tiempo que despreciar, cogí una mula vieja, un queso y un pan candeal, y, huyendo de la corte el vario estruendo, eché a andar hacia la montaña sagrada de Apolo y de las Musas, que llaman Parnaso. Con otras palabras digo que, llegada la hora de sopesar lo que dieron de sí mis esfuerzos con la pluma y la espada, elegí para tal ejercicio un suelo griego, muy próximo a Lepanto. ¡Oh, aguas de Castalia! ¡Oh, fuentes de Aganipe e Hipocrene! Allí, a aquel sagrado monte, a bordo de una nave pertrechada de versos, conduje en una última batalla todo un ejército de buenos poetas para combatir a los mediocres y los fatuos que, en mi tiempo, pretendían tomarlo. Mi última campaña la libré por las Musas, de quienes siempre fui servidor y soldado. ¡Dónde mejor podría haberlo hecho que en el Monte Parnaso!

Y permítame ya, vuesa merced, que deje y concluya aquí la confesión, no sea que algún muerto empiece a revolverse en su tumba, o que se despabile algún demonio, o, lo que tal vez fuera peor aún, que nos tomen y aneguen las lágrimas. Baste ya, pues; demos gracias a Dios si entre los nombres de los buenos poetas halláremos el nuestro, y démoslas también si no lo halláremos.

Atenas, 23 de abril 2016

"Grecia y Cervantes" es la ponencia de homenaje en el 400 aniversario del fallecimiento de Miguel de Cervantes, y fue publicada en una edición bilingüe, en griego y español, por la editorial Acantilado, con la que -junto a la Embajada de España en Grecia, el Instituto Cervantes, el Ayuntamiento de Lepanto y la Sociedad de Amigos de las Artes de Trípoli (Arcadia) - se ha querido conmemorar y dar a conocer la particular relación con Grecia del inmortal escritor y soldado español. Publicado con la autorización del autor.

©de la traducción: Pedro Olalla y Nadia Pavlikaki



PEDRO OLALLA

Español , residente en Grecia. Escritor, helenista, profesor, traductor,

fotógrafo, cineasta. Embajador del Helenismo.

Associate Member, Harvard University's Center for Hellenic Studies.

 


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2020-11-12T00:00:00