Día del lector
Alejandro Carreño T.
Contenido de la edición 25.08.2025
El lector tiene su día. Por lo menos en Argentina. Una luz en medio de días y días dedicados a lo que venga, como reza el manual publicitario de estos tiempos, en que la publicidad nos persigue, nos acosa y nos perturba nuestra vida cotidiana con los variados dispositivos tecnológicos y sus plataformas. Entonces, que el lector tenga su día me parece un gesto supremo de reconocimiento al libro y la cultura que los lectores, pequeña extraña cofradía, por lo menos en Chile, sienten por ese objeto de papel, y ahora también electrónico, que, cuando existe en algún hogar, suele ser parte del ornato y nada más.
Que el Día del Lector se celebre el 24 de agosto no es una casualidad, sino el reconocimiento a uno de los mayores escritores del siglo XX: Jorge Luis Borges, que nace el 24 agosto de 1899. El autor de El hacedor representa el símbolo del lector universal, que ve en el libro una fuente inagotable de placer, entretención y conocimiento. "Que otros se jacten de las páginas que han escrito; / a mí me enorgullecen las que he leído", nos dice Borges en su poema "Un lector" que se encuentra al final de Elogio de la sombra, poemario publicado de 1969.
El lector es quien le da sentido al acto de escribir porque se escribe para alguien. Se supone que esa es la conditio sine qua non del acto de escribir. El libro renace en cada lectura y cada lectura encierra en el alma de cada lector su razón de ser y la razón de ser del propio acto de escribir. Ya lo dijo el escritor peruano, Julio Ramón Ribeyro, autor de Los gallinazos sin plumas (1955), volumen que reúne otras siete historias entre su vastísima obra narrativa y ensayística: "En cada lector el escritor renace". Y Joe Barcala, escritor mexicano, autor de novelas como Murió la muerte (2005) y La Cofradía (2013), ha descrito muy bien esta relación entre el lector y el escritor: "La literatura se reescribe en cada lectura; los autores proponen, los lectores disponen".
La lectura es un acto de felicidad. Un acto íntimo. El encuentro entre el libro y el lector. Por eso, no se puede obligar a nadie a ser feliz. Tal vez sea el reflejo de una época que vive, como nunca, las incertezas de la vida y los hombres, obnubilados por ellas, hayan olvidado que el hombre también vino al mundo para ser feliz. Se me viene a la memoria la obra de Ernesto Sábato, El escritor y sus fantasmas (1963), escrito en plena época de la Guerra Fría y de la Revolución Cubana, ensayo sobre la ficción literaria, el arte, el racionalismo y la subjetividad humana.
Los lectores somos los fantasmas de los escritores. Nos hacemos cargo de sus aflicciones y de sus argucias literarias que compartimos con la misma intensidad con que las rechazamos. Con nosotros, los lectores, el libro renace o muere hasta que encuentra aquellos lectores que lo traen a la vida. Y el español Juan Goytisolo, novelista y ensayista de fuste, autor de una más que extensísima obra narrativa y ensayística, ilumina con su comprensión sobre la relación escritor-lector como esencia de la lectura: "Yo no busco un gran número de lectores, sino un cierto número de relectores".
Porque, como dijimos, la lectura es un acto individual que lleva a la felicidad. Pero no se puede obligar a nadie a ser feliz. "La literatura no debe ser obligatoria. Siempre les aconsejé a mis estudiantes: si un libro los aburre, déjenlo, no lo lean porque es famoso, no lean un libro porque es moderno, no lean un libro porque es antiguo. Si un libro es tedioso para ustedes, déjenlo... ese libro no ha sido escrito para ustedes. La lectura debe ser una forma de la felicidad" (Borges para millones, entrevista realizada en la Biblioteca Nacional de Buenos Aires en 1979). El texto ampliado se encuentra en Borges Profesor, Editorial Sudamericana, página 465).
En eso consiste la felicidad del ser lector, en encontrarse en cada lectura con aquello que ella nos ha arrebatado, sin quererlo o sin pensarlo, pero que se encuentra en cada obra que leemos, y no importa el género literario que sea, porque, como dice Saramago, "me busco a mí mismo", como cualquier lector o escritor. Porque "quiero encontrarme en páginas, en ideas, en reflexiones". Porque, en definitiva, la literatura nos dice que la realidad se confunde con ella, "que somos algo más que esto que se presenta como realidad". Y "ese sigue siendo el mayor deslumbramiento".
La felicidad de la lectura, lector, es tener la conciencia de que también estamos hechos de letras.
ALEJANDRO CARREÑO T.
Profesor de Castellano, magíster en Comunicación y Semiótica,
doctor en Comunicación. Columnista y ensayista (Chile)