El peluquero del barrio tiene un asiento de avión que no se mueve
Maite O
Contenido de la edición 15.03.2026
Hace ya un año, en marzo de 2025, se presentó el libro "Historias descabelladas", un trabajo compuesto por cuarenta relatos, donde "mujeres pertenecientes a diferentes generaciones nos traen recuerdos, nos asombran, nos emocionan", al decir de la compiladora Cristina Lampariello.
En CONTRATAPA venimos presentando regularmente todos los textos. A continuación, el de Maite O (y la foto que lo acompaña).
El peluquero del barrio tiene un asiento de avión que no se mueve

Maite (1990)
Mis cinco años.
Escribo y borro, escribo y vuelvo a borrar. No me dan los números, las fechas, los meses, la túnica y los muertos.
Voy y vengo en mi archivo de memoria. Voy y vuelvo de la puerta del block B, atravieso el pasaje, saludo una y otra vez a las vecinas. (A las vecinas se las saluda y sonríe siempre, porque si había algo que me preocupaba era que las vecinas no me quisieran y después ¡vaya una a saber si me iban a dar caramelos en Halloween!, o si me iban a prohibir jugar al fútbol en el pasto, como le pasó a Jorgito). Entonces voy y vuelvo de la puerta a la peluquería para fijar la fecha de mi historia, y no hay manera.
Algo no coincide. Mejor lo escribo. Anécdota repetida una y otra vez:
Un sábado después del almuerzo voy con mamá a la peluquería de las viviendas de casa. Siempre me gustaron las peluquerías.
Miro de reojo el asiento de avión que me tienta, pero estoy grande para asientos de aviones que no se mueven. En otros barrios parece que sí, que se mueven, pero el avión del peluquero, cuyo nombre no recuerdo, pero cuando pienso en él imagino la cara de Omar Gutiérrez, está inmóvil y despintado.
Por más ganas de sentarme en el avión que tenía no iba a arriesgarme. La vergüenza que sería si pasaba algún amigo.
Me siento entonces en la silla de los grandes. Me ponen almohadones para quedar a la altura. El peluquero Omar levanta mis bucles largos y los deja caer sobre una tela de leopardo que abrocha con velcro.
Mira a mi madre y le pregunta si corta las puntas nomás, o si por fin me había animado a hacerme el cerquillo que, según el, estaba muy a la moda.
¿Por qué le preguntaba a mi mamá sobre mi pelo? Interrumpo: «No, no. Lo quiero cortito, bien cortito, como lo tiene Matías», le digo a mi mamá.
Omar se ríe.
Mamá me pregunta si estoy segura y me cuenta que a veces los bucles pueden irse para siempre.
Le digo que no me importa. Que el pelo crece. Que es más cómodo así y que también para ella, por eso de los piojos y los rulos.
No me preocupaban los bucles, las cosas siempre cambiaban e iban a cambiar siempre, ¿por qué hacer una excepción con los bucles?
Nunca más tuve bucles; las vecinas me miraron un poco raro y ya no fueron tan simpáticas. Pero yo estaba chocha.
En las viviendas vivía mi abuela Raquel. Raquel murió a mis cinco años.
Me mudé a ese apartamento a mis siete.
Repito: no me dan los números, las fechas, los meses, la túnica y los muertos.
Porque estoy segura de que yo vivía ahí.
Pienso. Me tomo un rato.
Pausa.
Y entonces me acuerdo de un recuerdo borrado. Por esas fechas -años- mis padres se habían separado un rato.
A mis 32 volví a cortarme el pelo bien cortito, pero ya no estaban Omar ni Matías ni abuela Raquel ni padre, mis bucles y, por momentos, mamá tampoco.
Tenía razón, si todo cambia, los bucles son una anécdota cortable.
Imagen de portada: Cristina Lampariello