El pícaro en la literatura latinoamericana

Alejandro Carreño T.

Contenido de la edición 23.07.2026

 

El pícaro como personaje literario, aparece en la literatura latinoamericana con el nacimiento mismo de la novela en México: El Periquillo Sarniento de José Joaquín Fernández de Lizardi. Como dice María Rosa Palazón en su obra Periquillo Sarniento: ¿sarna pícara o sarna culposa?: "El Periquillo Sarniento, considerada la primera novela hispanoamericana, retrata una sociedad mexicana corrupta y decadente en todos sus estratos sociales" (Universidad Nacional Autónoma de México, 2013). Es este contexto sociocultural que determina la narración autodiegética que caracteriza el relato, y define la propia esencia de Periquillo como personaje y como narrador. Periquillo es un pícaro converso que se distingue de lo que pareciera ser un rasgo ontológico ineludible del personaje picaresco: haber nacido en un hogar miserable, tal como lo señala Lazarillo al final del prólogo que le escribe a vuestra merced: "Y también porque consideren nobles Estados cuán poco se les debe. Pues, Fortuna fué con ellos parcial, y cuánto más hicieron los que, siéndoles contraria, con fuerza y maña remando, salieron a buen puerto" (Editorial Porrúa, México, 1969, p. 4). "Fuerza y maña" es la consigna del personaje picaresco. Yo diría que más maña que fuerza. Astucia y viveza.

Pedro Sarniento nació en un hogar bien constituido, no opulento, pero alejado de miserias: "Nací en México, capital de la América Septentrional, en la Nueva-España [...], nací en esta rica y populosa ciudad por los años de 1771 a 73 de unos padres no opulentos, pero no constituidos en la miseria; al mismo tiempo que eran de una limpia sangre, la hacían lucir y conocer por su virtud. ¡Oh, si siempre los hijos siguieran constantemente los buenos ejemplos de sus padres!" (Tomo I, Capítulo I, acápite "Mi patria, padres, nacimiento y primera educación", Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes). Hijo de padres sin vicios, conocidos "por su virtud", pero al mismo tiempo abonadores. Pero este camino, que se desvía de las virtudes paternas, responde, en parte, a la complacencia hogareña, sumada a la educación recibida en la escuela, sometido a un sistema déspota y maltratador, y a las malas juntas. Periquillo anticipa lo que será su vida desordenada, alejada de las enseñanzas hogareñas, pues lamenta el hecho de que los hijos "no sigan constantemente los buenos ejemplos de sus padres". Esta conciencia remecida lleva a Periquillo Sarniento a contar su vida como un testimonio ejemplar para sus hijos.

La intención didáctica de profundo contenido moral, caracteriza la obra de Fernández de Lizardi: "Cuando escribo mi vida, es sólo con la sana intención de que mis hijos se instruyan en las materias sobre que los hablo [...] Si les manifiesto mis vicios no es por lisonjearme de haberlos contraído, sino por enseñarles a que los huyan pintándoles su deformidad; y del mismo modo, cuando les refiero tal cual acción buena que he practicado, no es por granjearme su aplauso, sino por enamorarlos de la virtud". (Tomo I, Prólogo de Periquillo Sarniento, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes). Su conversión, al final de su vida, más parece la confesión de un hombre bueno que la de un hombre sumergido en la podredumbre moral.  Rosa M. Cabrera, en su ensayo "El pícaro en las literaturas hispánicas" (Actas del III Congreso de la Asociación Internacional de Hispanistas, México, 1968, en Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes), lo comenta con precisión académica: "El discurso póstumo de Periquillo es conmovedor y más bien parece de un hidalgo morigerado y piadoso, que de un inveterado pecador. Murió el pícaro en olor de santidad y erudición [...]". Una muerte de la que nada sabemos. Como dice Cabrera: "queda para el "Pensador" la historia de su entierro y otras cosas, como la inscripción de la losa sepulcral y los poemas que su desaparición inspiró a sus amigos".

Pero el pícaro de Porai (1963), la novela del chileno José Miguel Varas, no responde necesariamente a los rasgos característicos de la picaresca como género literario, aunque, por cierto, como personaje vive las andanzas que le son propias de una vida miserable, en conflicto permanente con el entorno que le rodea y la ley: "Es libro bastante singular y no recuerdo otro que se le asemeje en nuestra literatura. Está escrito en primera persona y quien narra es un mozo que ha sido lustrabotas, luego ayudante de faquir, caminante, obligado, no por gusto, a dormir en los retenes en donde limpia caballerizas, barre y lustra los bototos de la dotación. Finalmente fue pescador". La cita de José Santos González Vera en el prólogo de Porai, no registra otros oficios del personaje, como el de boxeador, por ejemplo (memoriachilena, Biblioteca Nacional de Chile). Este pícaro, cuyo nombre titula la novela, es un narrador que rara vez recuerda su infancia, su adolescencia, como en este pasaje: "Pero sin darme cuenta me venían otros pensamientos, recuerdos de cuando lustraba en los Confines y de la vida de patipelado, deseos de estar lejos de Varazón, con sus pescados y sus pescadores" (Capítulo III, HACIENDO RECUERDOS, p. 42).

Recuerdos de cuando iba al teatro con sus amigos, a ver "la última de Carlitos Gardel": "Los seis, sentados bien adelante para verlo de más cerca, con los pies afirmados en los lustrines, con los dientes negros y rotos, mal hablados y felices, supongo" (p. 42). Se creía Gardel: "Usaba un pañuelo blanco para parecerme a Carlitos". Varas nos lo presenta sin más en Varazón, un pueblo miserable de pescadores que le hace honor a su nombre, pues el mar arroja una cantidad grande de peces muertos a la playa, lo que constituye una varazón: "En VARAZÓN había poca gente. Todos eran pescadores; menos el carabinero, se entiende; y el cura, que nunca le trabajó un cinco a nadie; y el zapatero, que hacía ojotas y componía redes. (¿Qué trabajo de remendón iba a tener en un pueblo donde nadie usaba zapatos?"). El comienzo de la novela, Capítulo I, VARAZON, p. 15, nos presenta a un narrador, común de la novela picaresca, burlón e irreverente, sin ninguna empatía con los curas, al igual que Lazarillo o Periquillo. Es aquí donde encuentra el amor, de donde parte, hacia donde vuelve y toma su nombre: "La verdad es que era yo el que hacía el mayor gasto y como siempre les contaba lo que había visto "por ái", sin darme cuenta el nombre me fué quedando de Porai. Al cabo, nadie me llamaba de otra manera" (p. 19)

"Por ahí", en cualquier lugar. Porque el pícaro, tanto el de ayer que crea el género picaresco en España, como los pícaros que siguieron a Periquillo en Hispanoamérica, tienen este rasgo en común: ser un andariego, yendo de un lugar a otro donde los lleve la vida, porque, lo importante para el pícaro es sobrevivir a los infortunios que lo acosan en medio de una sociedad que los ignora y vapulea al mismo tiempo, tal como lo comenta Damiela Eltit a propósito del Lazarillo: "Una de las obras literarias más elocuentes para pensar el dilema de cómo sobrevivir en medio de una sociedad aplastante, frágil, cercada por la crueldad" ("Literaturas de la sobrevivencia", The Clinic, 1 de junio de 2010). Es cierto, pero este rasgo común de la novela picaresca no debe, en todo caso, confundirse con peculiaridades físicas del personaje que una sociedad discrimine y rechace, aislándolo de la convivencia social. Así lo entiende Rocío Rodríguez en su ensayo "Sobre reescritura y vigencia de la picaresca en la narrativa hispanoamericana: Patas de perro de Carlos Droguett" (Acta Literaria Nº 43, II Sem. 2011, Universidad de Concepción): "La novela de Droguett presenta la dramática y estremecedora historia de un ser que denota, en gran medida, las características del personaje pícaro. Se trata de un individuo rechazado por la sociedad y destinado al deshonor, es decir, a la degradación, ignominia y falta de dignidad".

El rechazo social a Bobi, aunque de origen humilde, hijo de padre borracho y violento, es su ser un extraño en el mundo con sus patas de perro, que lo torna una persona execrable, condenado al desprecio social. Y no, en nuestra opinión, su cuna miserable. Patas de perro (1965) se aleja de la picaresca como novela representativa de este género narrativo, por cuanto cualquier persona, y Bobi lo es, aun nacida en privilegiada cuna, sería considerada un fenómeno por su anormalidad que lo condenaría al exilio social. El sitio memoriachilena. Biblioteca Nacional de Chile, en su presentación de Patas de Perro, comenta: "En la novela, el protagonista, mitad perro, mitad niño, lucha constantemente por encontrar su identidad, una imagen de sí mismo que unifique su ser. En esta búsqueda, Bobi conoce la marginación desde temprana edad. Su familia es la primera en estigmatizarlo, evidenciando su rechazo a través del odio, la crueldad y la intolerancia. Del mismo modo, el mundo que Bobi va reconociendo a medida que crece, lo condena a la soledad, dejando como único espacio de integración social: su trabajo en un circo, en el que su "diferencia y deformidad" son valoradas sólo en términos de atraer público, de hacer dinero con su triste condición humana".  Es esa "diferencia", esa "deformidad" las que estigmatizan al personaje y lo convierten en un ser extraño y despreciable.

La literatura picaresca que se genera en torno al Río de la Plata, es una vertiente que la crítica ha estudiado profusamente, como lo ilustra el interesante ensayo de Lucas Panaia, de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires: "Excursiones de la crítica: el rastreo de la novela picaresca en el Río de la Plata" (Caderno de Letras, Pelotas, n. 48, 2024). El ensayo se abre citando a Mariano Picón Salas, que asocia la expresión "picardía" con una de las formas de "venir a América". Es el Nuevo Mundo y sus posibilidades: "es en el Nuevo Mundo donde puede tentarse el enriquecimiento, la obtención de un linaje y un sinfín de ventajas. La economía del pícaro, básicamente anclada en la aventura, va a brindar una matriz narrativa para la codicia del conquistador en su carrera tras legendarias fortunas". Y esta "matriz narrativa", se despliega generosamente por las once páginas del texto de Panaia, desde El Lazarillo de ciegos caminante, de Alonso Carrió de la Vandera, obra del siglo XVIII que aparece en Lima entre los años 1775 y 1776, con un falso pie de imprenta, Gijón, 1773 y con un autor apócrifo, Calixto Bustamante Carlos Inca, alias Concolorcorvo, cuzqueño, hasta los trabajos de Ricardo Piglia para  la Serie del Recienvenido, colección que Fondo de Cultura Económica edita entre 2012 y 2015.

Varias son las obras que Lucas Panaia menciona en su ensayo, pero dos son las que han acaparado especialmente mi atención, aunque no necesariamente de la crítica, porque se constituyen, en mi opinión, en ejemplos emblemáticos de la picaresca en Latinoamérica. La primera de ellas, en orden cronológico, es La vuelta de Martín Fierro (1879), de José Hernández, que es la continuación de El gaucho Martín Fierro, publicada en 1872. Ambos títulos se unen bajo el nombre único de Martín Fierro. Para el lector interesado en las obras de Hernández, la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes presenta ambos poemas. En el prefacio de La vuelta de Martín Fierro, "Cuatro palabras de conversación con los lectores", Hernández nos entrega su visión estética, cultural y lingüística del poema, que tiene que ver con la autenticidad de los personajes y del mundo por el que transitan: "El progreso de la locución no es la base del progreso social, y un libro que se propusiera tan elevados fines, debería prescindir por completo de las delicadas formas de la cultura de la frase [...] Los personajes colocados en escena deberían hablar en su lenguaje peculiar y propio, con su originalidad, su gracia y sus defectos naturales, porque despojados de ese ropaje, lo serían igualmente de su carácter típico, que es lo único que los hace simpáticos, conservando la imitación y la verosimilitud en el fondo y en la forma".

Por último, Hernández alude directamente al gaucho, ese personaje propio de la picaresca rioplatense, como Picardía, por ejemplo: "El gaucho no conoce ni siquiera los elementos de su propio idioma, y sería una impropiedad cuando menos, y una falta de verdad muy censurable, que quien no ha abierto jamás un libro, siga las reglas de arte de Blair, Hermosilla o la Academia". Picardía aparece en el capítulo 21 contando su historia (2980): "Voy a contarles mi historia". Estrofa que termina con la muerte de su madre: "a mi madre la perdí / antes de saber llorarla". La orfandad es uno de los síntomas del género picaresco, como muy bien lo recuerda Djibril Mbaye, de la Université Cheikh Anta Diop de Dakar, Senegal, en su ensayo "La tradición picaresca en Martín Fierro" (Cuadernos del Hipogrifo. Revista de Literatura Hispanoamericana y Comparada): "El primer elemento de este enlace entre el poema y la narrativa picaresca es lo que podemos llamar metafóricamente «la rotura del nido familiar». En efecto, una de las primeras características de la vida del pícaro es esa temprana separación con sus padres por diferentes motivos. Los grandes personajes de la novela picaresca han experimentado esa prueba", como Lazarillo, cuyo padre se va a luchar contra los moros y Pablo, el personaje de El Buscón, que pierde a su padre ahorcado por ladrón.

En los versos siguientes (2985), Picardía relata la pérdida de su padre, el Sargento Cruz: "Me quedó en el desamparo, / y al hombre que me dio el ser         / no lo pude conocer, / ansí, pues, dende chiquito, / volé como el pajarito / en busca de qué comer". El hambre es uno de los motivos predominantes del género picaresco: "Ahora, esta niñez mísera que desemboca en la búsqueda de comida, constituye el inicio de la aventura picaresca", nos dice Djibril Mbaye en su citado ensayo. Esta búsqueda del "pan", como símbolo de la pobreza es el nexo que suele conectar al pícaro con el amo. Para Mbaye es "el primer decorado de ese escenario donde actúa la pobreza como catalizador de desgracias. Picardía tiene tres amos, que en el poema se llaman "tutores". El primero, un cuidador de ovejas con el que no tuvo fortuna: "Me llevó a su lado un hombre / para cuidar las ovejas" (3000). Luego cae en las manos de un pruebista que le enseña a bailar, pero que le juega una mala pasada: "mas me hicieron una broma / y aquello me indijustó" (3020). Para terminar en manos de unas tías, señoras beatas que insistían en que rezara: "Con el toque de oración / ya principiaba el rosario; (3045) [...] "Resá, me dijo mi tía, / artículos de la Fe" (3070).                        

Muchos autores han abordado la novela picaresca, considerando diversos aspectos tanto de forma como contenido, que serían los pilares que sostienen el género. Una buena síntesis de ellos es el ensayo de Juan Ramón Rodríguez de Lera, "Notas sobre una definición de género picaresco para estudios de literatura comparada" (Contextos XIX-XX, Universidad de León, 2001-2002, pp. 359-381). De la diversidad de autores citados, compartimos la opinión de Lázaro Carreter que considera la novela picaresca como "un proceso dinámico, con su dialéctica propia, en que cada obra supuso una toma de posición distinta ante una misma poética, lo que significa que "determinados rasgos del contenido y de la construcción, existentes en diversas obras, fueron sentidos en otras como iterables o transformables". La visión de Carreter coincide con lo que observamos en América Latina, en la que el pícaro asume no solo la cultura social, sino también su peculiar forma de hablar del pueblo, como lo vimos en Picardía. De hecho, el pícaro en nuestro continente, en sus diversas expresiones literarias, responde a lo planteado por Lázaro Carreter en cuanto a la construcción de cada una de las obras de la poética picaresca. Por eso, algunos de estos personajes pueden resultar hasta agradables a la mirada del lector, como Porai, que vuelve a Varazón en busca de su amada. O Periquillo, que escribe sus andanzas para dejarle a sus hijos un modelo de vida que deben evitar.

Pero, Laucha, el personaje creado por Roberto Payró en El casamiento del Laucha (1906), la segunda obra de la picaresca rioplatense que hemos seleccionado, es un pícaro pérfido, con toda la sinonimia que el término encierra: "Desleal, infiel, traidor, que falta a la fe que debe", como señala la RAE. Su propio apodo que trae de niño, lo define: Laucha: "El nombre de Laucha -apodo y no apellido- le sentaba a las mil maravillas" (Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes). Su comienzo, siguiendo a Lázaro Carreter, es iterable: "Pues, señor, después de andar unos años por Tucumán, Salta, Jujuy y Santiago, ganándome la vida perra como Dios me daba a entender, unas veces de bolichero, otras de mercachifle, de repente de peón, de repente de maestro de escuela, aquí en un pueblo, allí en una ciudad, allá en una estancia, más allá en un ingenio, siempre pobre, siempre rotoso, algunos días con hambre, todos los días sin plata [...]" (I). Sus andanzas, contadas al autor del relato, lo llevarán a Pago Chico, centro de la historia: "De sus mismos labios oí la narración de la aventura culminante de su vida y, en estas páginas, me he esforzado por reproducirla tal como se la escuché. Desgraciadamente, Laucha ya no está aquí para corregirme si incurro en error; pero puedo afirmar que no me aparto de la verdad muchos centímetros".

En Pago Chico conoce a Carolina, la italiana, dueña de la pulpería. Mujer honesta y trabajadora. Laucha se queda a trabajar en la pulpería: "-Pues mire, señora, lo que es yo, trabajaría con usted, no digo por esa plata... hasta por mucho menos... [...].  Carolina ignora que ha dejado entrar al demonio a su casa. El Laucha se cree un "Don Juan" que sabe cómo agradar a las mujeres: "Yo no soy un buen mozo, ya lo sé; pero tengo algo, algo que me hace simpático, sobre todo a las mujeres. ¿Se ríen? ¡Oh!... pues si yo les contara... [...] Y termina por contarle resumidamente su vida: "En fin, le hice un cuento de los que no se empardan, y ella me escuchaba con mucho interés y atención: hasta me parece que lagrimeó un poco..." (Capítulo IV). Coludido con Papagna, el corrupto cura, Laucha, roedor despreciable, termina uniéndose a Carolina en un falso matrimonio y robándole hasta el último peso. De todos los pícaros con que el lector pueda encontrarse en sus andanzas lectoras, sin duda Laucha lo sorprenderá por su alevosía: "Yo saqué los pocos pesos que por casualidad había en el cajón, ensillé el maceta, ¡y si te he visto no me acuerdo! Agarré para otro lado, después de hacer pedazos el papel de Papagna, muy tranquilo y segurito de que no me iban a perseguir... ¡Qué!, ¿y se afligen por tan poco?...".  La historia termina con Carolina trabajando de enfermera en el hospital del Pago: "Pero fijensé, y verán que era muchísimo mejor para mí... y también para Carolina... ¿Que si tengo noticias? Sí. Ayer supe que estaba perfectamente: de enfermera en el hospital del Pago". Laucha no tiene, en realidad, ninguna relación con los pícaros conocidos de la literatura.

En Brasil nace Leonardo, el pícaro de Manuel Antônio de Almeida, protagonista de Memórias de um Sargento de Milicias, publicado primero por entrega, entre junio de 1852 y julio de 1853. Un año después, publicado como libro, el primer volumen; el segundo volumen, el año 1855. Un narrador en tercera persona nos lo presenta sin mayores preámbulos: "E este nascimento és certamente de tudo o que hemos dito, o que mais nos interessa, porque o menino de quem falamos é o herói desta história" (Círculo do libro, São Paulo, Brasil, p. 9. El lector encuentra la obra en Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes). Este rasgo no menor de la novela, que la historia sea contada por un narrador en tercera persona, que nunca sabemos quién es, y no por el propio personaje, hace de Memórias de um Sargento de Milicias una obra bien peculiar del género picaresco. Tampoco sufre las consecuencias de una miseria que defina su condición de pícaro pues, aunque abandonado por sus padres, lo acoge el barbero, su padrino, que lo rescata de la miseria y lo asume de por vida: "O compadre compreendeu tudo: viu que o Leonardo abandonava o filho, uma vez que a mãe o tinha abandonado [...] está bom, já agora... vá; ficaremos com una carga às costas" (p. 17). Leonardo, de nombre como su padre, no es, en consecuencia, un pícaro "tradicional", que llega al engaño, a la mentira, impulsado por la necesidad vital del pícaro: el hambre y el frío.

Su ser pícaro yace en su ADN, no en los infortunios sociales o económicos, pues su padrino se esfuerza para darle una educación, que aprenda a leer y escribir y que el día de mañana sea cura: [...] é preciso que aprenda alguma cousa para vir um dia a ser gente; de segunda feira en diante (estava em quarta feira) começarei a ensinar-lhe o bê-a-bâ [...]. - Aos domingos quando voltarmos da missa... / -- Ora, eu não gosto da missa. / O padrinho não gostou da resposta; não era bom anúncio para quem se destinava a ser padre, mas nem por isso perdeu as esperanças" (p. 19). La historia de Leonardo y sus andanzas en la ciudad de Rio de Janeiro, responde a aquellas peculiaridades reconocidas por Lázaro Carreter, en cuanto a que cada obra asume particularidades diferentes de una misma poética. Hay más hegemonía en la picaresca española que en la latinoamericana, hecha de realidades históricas, sociales, lingüísticas y culturales diferentes no obstante su aparente semejanza. Leonardo fue un niño travieso, burlón, que nunca aprendió nada, a pesar de los esfuerzos de su padrino y cuyo único sentimiento de amor verdadero lo representaba Luisinha, con quien creció y de quien la vida lo alejó, para volver a encontrarse con ella.

El último capítulo de la novela nos ofrece también una variante muy peculiar del género: herencia, casamiento y muerte, concentrados en pocas líneas y en donde reluce la ironía del narrador: Depois disto entraram todos em conferência. O major desta vez achou o pedido muito justo, em conseqüência do fim que se tinha em vista. Com a sua influência tudo alcançou; e em uma semana entregou ao Leonardo dois papéis: - um era a sua baixa de tropa de linha; outro, sua nomeação de Sargento de Milícias. Leonardo, al no ser más "soldado de linha" y pasar a ser un "Sargento de Milícias", podría casarse con Luisinha el amor de su vida, ahora viuda. Por supuesto, como dice el narrador, cuando "o tempo indispensável do luto" haya pasado, "Leonardo em uniforme de Sargento de Milícias, recebeu-se na Sé com Luizinha, assistindo à cerimônia a família em peso". Al mismo tiempo recibe una carta de su padre en que le informa de lo que le ha dejado su padrino "que se achava religiosamente intacto". Para enseguida, en un lenguaje coloquial, el narrador terminar su relato describiéndonos el otro lado de la medalla: "Daqui em diante aparece o reverso da medalha. Seguiu-se a morte de D. Maria, a do Leonardo-Pataca, e uma enfiada de acontecimentos tristes que pouparemos aos leitores, fazendo aqui ponto final".

El final de Memórias de um Sargento de Milícias nos recuerda el final del Periquillo Sarniento: "A los dos días se procedió al funeral, haciéndole las honras con toda solemnidad, y concluidas se llevó el cadáver al campo santo, donde se le dio sepultura por especial encargo que me hizo", con el siguiente epitafio en latín: "HIC IACET PETRVS SARMIETO (VULGO) PERIQVILLO SARNIENTO PECCATOR VITA. NIHIL MORTE. QVISQVIS ADDES DEVM ORA VT IN ÆTERNVM VALEAT". Y cuya traducción el propio Pensador presenta así: "Lo que en castellano dice: AQUÍ YACE PEDRO SARMIENTO, COMÚNMENTE CONOCIDO POR PERIQUILLO SARNIENTO EN VIDA NO FUE MÁS QUE UN PECADOR. NADA EN SU MUERTE. PASAJERO, SEAS QUIEN FUERES, RUEGA A DIOS LE CONCEDA EL ETERNO DESCANSO". En ambas novelas la muerte del personaje simplemente se nos informa dando fin a la historia, dejando de lado "os acontecimentos tristes" que no serán contados "aos leitores fazendo aquí ponto final".

¿Cómo se contará la historia de un pícaro en esta tercera década del Siglo XXI? Porque el género, desde el nacimiento de Lazarillo de Tormes, no ha dejado de reinventarse en todas las épocas. Pero será, sin duda, la historia de un personaje muy cercano a nuestra realidad diseñada por la Inteligencia Artificial y la robótica. De lo contrario, no sería un pícaro de esta época.

 

ALEJANDRO CARREÑO T.

Profesor de Castellano, magíster en Comunicación y Semiótica,

doctor en Comunicación. Columnista y ensayista" (Chile)


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2026-07-23T17:54:00