El símbolo de la espada en la novela “La clase de griego” de Han Kang

Alejandro Carreño T.

Contenido de la edición 13.02.2026

 

El domingo 20 de octubre de 2024 se publicó en CONTRATAPA mi ensayo Han Kang: el lenguaje de mil caras. Un escrito que revisaba de modo muy general, algunas obras de la escritora surcoreana desde el punto de vista del lenguaje, motivo reiterativo de su obra poética y narrativa. El trabajo que nos proponemos ahora es una lectura de La clase de griego, su quinta novela, desde la semiosis del símbolo de la espada, ilustrado en la frase "Él tomó la espada y colocó el metal desnudo entre los dos", que se encuentra en la lápida de Jorge Luis Borges, tal como Kang lo relata en el primer capítulo de su novela. Han Kang conoce bien la literatura de Jorge Luis Borges. Incluso, en aquellos momentos de abatimientos e infertilidad lectora, leía libros de astrofísica y, "curiosamente", de ficción, solo los cuentos del autor de Fervor de Buenos Aires, su primer poemario: "Antes de comenzar a escribir esta novela, mientras trabajaba en mi cuarta novela durante cuatro años y medio, tuve un bloqueo de aproximadamente un año. Fue un periodo en el que no tenía deseos de escribir ni de leer novelas, y solo veía documentales en lugar de películas de ficción. En ese momento, pasaba la mayor parte del tiempo leyendo libros de astrofísica. Curiosamente, de ficción, únicamente podía leer los cuentos de Borges" (Belén Marinone: "La entrevista de la Premio Nobel Han Kang con Infobae: "Somos seres más comunes de lo que pensamos", jueves 10 de octubre de 2024).

La clase de griego traduce en largos pasajes las minuciosas lecturas de la autora surcoreana de la obra del autor argentino. De hecho, la novela comienza con la palabra "Borges". Todo un símbolo. Y el breve capítulo uno es un somero análisis del verso que aparece en la lápida del autor: "Él tomó su espada, y colocó el metal desnudo entre los dos", y que Borges pidió a María Kodama que así lo hiciese. El verso es la traducción de un pasaje de la Völsunga Saga (capítulo 27, presumiblemente escrito en 1270), que narra las hazañas de Sigurd, el héroe germano, y que es el epígrafe del cuento Ulrica que se encuentra en EL Libro de arena (1975): "Hann tekr sverthit Gram / ok leggr í methal theira bert". La espada es, a nuestro juicio, el primer símbolo borgiano que Hang desarrolla en su novela. Por cierto, falta todavía revisar algunos aspectos de este símbolo, para luego conectarlo con los personajes centrales de La clase de griego: la estudiante que ha perdido el habla y el profesor de griego cuya ceguera total es inevitable. En el Diccionario de Símbolos (Labor, Barcelona, 1969), de Juan-Eduardo Cirlot, la espada, en una de sus muchas interpretaciones, simboliza la vida y la muerte (verticalidad y horizontalidad), que sugiere su evidente relación con la cruz. "Relacionada también con el acero como dureza trascendente del espíritu dominador".

Cirlot se refiere, además, a la simbología de la "espada desnuda" que, en ciertas leyendas nórdicas y también en libros de caballería, "el hombre interpone su espada desnuda entre él y la mujer a la que ama, estando acostado con ella en su mismo lecho". Y cita a Borges en su libro Antiguas literaturas germánicas, pues para él, la espada, en esa situación "simboliza el honor del héroe, su renunciamiento posible por su fuerza espiritual (expresada por la espada). En el capítulo 20, "MANCHAS SOLARES" las claves de la novela desde la lectura de la simbología borgiana, se descifran cual código lingüístico que ha requerido de un largo proceso para mostrarnos su luz. El profesor de griego, envuelto por el manto de su ceguera, sueña, ensueña y recuerda en sus sueños, a su alumna muda: "Seguramente no te habrás dado cuenta, pero a veces me imaginaba que tenía una larga charla contigo. Que yo te hablaba y tú me escuchabas; que tú me hablabas y yo te escuchaba". En otro de sus sueños, el último del capítulo: es un escenario en penumbras. El profesor escucha unas palabras en alemán pronunciadas por su alumna, con una voz "clara y bella" que oye por primera vez: "Te lo dije, ¿no? Te dije que algún día tu existencia terminaría convirtiéndose en una falacia" (p. 163). Todo es un sueño, porque la realidad es el silencio que invade la penumbra en que se encuentran ambos personajes.

Como el silencio de la nieve "que cae del cielo", la lluvia se asemeja a "frases precipitándose interminables". Hang lo ilustra con la presentación del texto, una palabra o frase corta en cada línea, separada por pronunciados espacios: "En la palma / temblorosa, / un punto / tibio, / un grano de arena negra, / no, un fruto duro, / una coma / enterrada / en la tierra / congelada, / una pestaña / curvada, / una respiración débil". De repente, en medio de este caudal de frases y palabras que caen del alma angustiada del profesor de griego, como las gotas caen del rocío, nos encontramos con la metáfora de la espada con que se inicia la novela: "una espada / brillante / que espera / desde hace mucho tiempo / conteniendo el aliento / dentro / de la vaina / oscura" (pp. 163 y 164). Una metáfora excepcional para unir los distintos tiempos que yacen en esa espada "que espera desde hace mucho tiempo conteniendo el aliento", y que encuentra en el profesor de griego el último tiempo de su saga que se inicia con la Völsunga Saga. En 1966 Borges retoma el tema en Lecturas germánicas medievales, en colaboración con María Esther Vásquez: "Tres noches duermen juntos y en la tercera cambian anillos, pero Sigurd no toca a Brynhild e interpone en el lecho, entre los dos, la espada desnuda" (Alianza Editorial, 1982, p. 130).

Y en el citado cuento Ulrica, Borges nos narra el siguiente diálogo entre "Sigurd" y "Brynhild": "-Te llamaré Sigurd -declaró con una sonrisa. / Si soy Sigurd -le repliqué- tú serás Brynhild. / Había demorado el paso. / --¿Conoces la saga? -le pregunté. / Por supuesto -me dijo--. La trágica historia que los alemanes echaron a perder con sus tardíos Nibelungos. / No quise discutir y le respondí: --Brynhild, caminas como si quisieras que entre los dos hubiera una espada en el lecho" (p. 19). El capítulo 21, "BOSQUE SUBMARINO", contado como los pasajes citados del capítulo anterior, pero con algunas frases más largas, es una reinterpretación del símbolo de la espada, que se manifiesta a lo largo del capítulo: "Nos quedamos tumbados uno junto al otro en los bosques del fondo del mar / en lugar donde no había luz ni sonidos, / no podía verte [...]. / Estaba anhelante. / Daba miedo la quietud. / Estaba oscuro [...], / De pronto tu dedo empezó a escribir algo en mi hombro desnudo. / Bosque. / Eso fue lo que escribiste [...]. / Algo se despertó en nosotros. / Allí donde no había luz ni voces [...], / nuestros cuerpos trataban de subir a flote. / No deseando volver a la superficie, / rodeé tu cuello con mis brazos, [...], / busqué tu hombro y lo besé [...]. / Entonces comenzamos a subir lentamente. / Primero tocamos la brillante superficie del mar. / Luego fuimos arrastrados con ímpetu a tierra firme [...]. Antes de separarte por completo de mi cuerpo, me diste un beso en la boca, / en la frente, en las cejas, en los párpados. / Fue como si besara el tiempo" (pp. 169 a 173).

El largo texto citado, síntesis necesaria del capítulo 21, responde a la necesidad de ilustrar cómo Han Kang reescribe el símbolo de la espada desde el verso escrito en la lápida de Borges, que traduce el verso de la Völsunga Saga, y reescrito en el cuento Ulrica. Silencio y oscuridad inundan todo este capítulo y las partes del cuerpo adquieren un insospechado valor como prueba de la transformación del símbolo de la espada, que poéticamente expresan toda la carga silenciosa del sentido del tacto: "Cada vez que se encontraban nuestros labios, la oscuridad se hacía más densa. / La quietud se acumulaba como la nieve que borra para siempre todas las huellas /  nos iba cubriendo en silencio las rodillas, la cintura, y por fin la cara" (p. 173). El símbolo de la espada, que demuestra el nivel de lectura de Han Kang de la obra de Jorge Luis Borges, comprende, en realidad, el desarrollo íntegro de La clase de griego, narrada tanto en tercera persona como en primera persona, según se trate de ella o de él, respectivamente, pues ambas narraciones se cruzan y entrecruzan en una complementariedad, que hacen de la novela el encuentro de dos personajes cuyas limitaciones sensoriales limitan, a su vez, su capacidad de comunicación verbal. La ausencia de un lenguaje articulado que los comunique se refleja, precisamente, en la espada mítica.

Al final del capítulo 1, la autora nos dice: "En aquel entonces, la espada no me separaba todavía del mundo, así que me bastó con eso". Y "con eso" se refiere a que no tomó fotografías porque la cámara no registra "sonidos, colores y texturas" que han quedado grabados, con todos sus pormenores en sus "oídos, nariz, cara y manos". La novela está hecha de recuerdos por los que transitan estos sentidos que le dan forma y sentido a la narración. La espada, desnuda o acerada, es el tiempo que vagarosamente va tejiendo, con su paso silente y cansino, el propio tiempo que se desgrana en historias heroicas y rutinarias que se encuentran y desencuentran en la vida y en la literatura. "Fue como si besara el tiempo", dice el profesor de griego, porque en ese encuentro íntimo y accidental con su alumna muda, la espada brillante que espera desde hace mucho tiempo, "que contiene el aliento dentro de su vaina oscura", se revela y se rebela. Se revela rebelándose contra el símbolo de la espada en situación de honor, como lo señala Borges en el citado Antiguas literaturas germánicas, que Juan-Eduardo Cirlot recoge en su Diccionario de Símbolos: "su renunciamiento posible por su fuerza espiritual (expresada por la espada)". Esta espiritualidad que yace en el símbolo de la espada desnuda, en esta situación de honor, desaparece en la novela de Kang, y el aliento contenido en ella durante mucho tiempo, se desata.

Lo curioso de La clase de griego, y que hace del símbolo de la espada acerada, más interesante en su presentación, radica en que estos personajes, el profesor de griego y su alumna muda, no se comunican o, por lo menos, no de la manera convencional. Para ellos el lenguaje es un obstáculo, otra de las formas del dolor que ambos sufren y que se constata en la narración que envuelve a cada uno de ellos, la personal, del profesor, y la narración en tercera persona, a cargo de un narrador omnisciente, la de ella. "El lenguaje es como una flecha que nunca alcanza el blanco, algo que la confina e incluso le causa heridas" nos dice Han Kang (en la citada entrevista a Infobae).

El lenguaje para ella representa la incomunicación, porque se ha quedado atascado en el pensamiento y no puede desplegarse para aprehender el mundo ni describirlo. Y porque él no puede aprehenderlo, aunque, tal vez, podría explicarlo. La realidad, sensible y brutal al mismo tiempo, crea una poética relación en que afloran percepciones, recuerdos y sensaciones que activan otros lenguajes, como el lenguaje del tacto, que harán que el simbolismo de la espada, "que contiene el aliento dentro de su vaina oscura", ese impulso vital, el alma, el espíritu enclaustrado por cientos de años, irrumpa poéticamente en ese cuarto oscuro y silencioso, cuyas ventanas son azotadas por una lluvia impiedosa.

Lo paradójico de La clase de griego es que el lenguaje, instrumento de comunicación por excelencia, se vuelve barrera infranqueable para estos personajes aislados del mundo por sus limitaciones físicas. Pero son estas limitaciones físicas las que se abren al lenguaje de los otros sentidos, como el tacto, la audición y el olfato, y que harán posible el despertar del "aliento contenido" por siglos. Porque el lenguaje esencial, para Han Kang, "es un medio imposible" que "siempre está fallando, siempre lo he sentido, pero ese año en que no pude escribir lo sentí de forma más intensa: la imposibilidad del lenguaje" (Revista de Libros, El Mercurio, domingo 13 de octubre de 2024). ¿No nos ocurre muchas veces que el lenguaje se niega a reproducir nuestro pensamiento, como nosotros queremos que lo reproduzca? ¿No nos confina también al silencio y nos perturba cuando permanece estancado, como dije, en nuestros pensamientos? El lenguaje, dice Kang, la "hace sufrir", aunque sea "un medio único e importante", pero es un "medio imposible", porque "se resbala fácilmente" ("Cultura", El Mercurio, viernes 11 de octubre de 2024).

En el extenso capítulo 19, "DIÁLOGO EN LA OSCURIDAD", en el que se conjugan ambas narraciones, con recuerdos que afloran muchas veces como heridas punzantes, el profesor de griego se enfrenta al extraño suceso de encontrarse en su departamento con su alumna muda. Fluye un monólogo salpicado de estas añoranzas que ayudan al lector, y a la propia alumna, a construir su imagen dándole sentido a la realidad en que ahora se encuentra. "¿Me está escuchando? Su voz suena distorsionada como si saliera de un altavoz cuyo sonido quedara amortiguado por la humedad del aire". La pregunta es un ciclo comunicacional que no se cierra necesariamente con una respuesta, puesto que toda pregunta puede responderse de varias maneras, sino una propuesta de reflexión, de búsqueda de un aprendizaje que conduzca a un conocimiento mediante el diálogo o la reflexión crítica, y profundice el entendimiento, la comprensión. "No es la respuesta lo que ilumina, sino la pregunta" decía Eugene Ionesco. La obra de Kang gira en torno a personajes que luchan contra las limitaciones de su propio lenguaje para describir el mundo e insertarse en él. "Tengo la impresión de que el lenguaje se usa siempre de manera aproximativa, casual, negligente, y eso me causa un disgusto intolerable", nos dice Italo Calvino ("Exactitud", Seis propuestas para el próximo milenio", 1985. Se encuentra en WordPress.com)".

La pregunta no es solo una de las caras de la escritura de Kang que adopta el lenguaje, sino también una concepción de vida de la autora que trasciende su ser e impregna el ser de su obra. En una entrevista a la periodista chilena Vivian Lavín el año 2022, en la Feria Internacional del Libro de Bogotá, la escritora declaró que su afán literario se encuentra en la posibilidad de indagar mediante interrogantes: "No busco respuestas, simplemente lo que quiero es hacer preguntas. Hacer esas preguntas que arden y que congelan. Lo que quiero es permanecer en esas preguntas, reflexionar sobre ellas" ("Cultura", El Mercurio, viernes 11 de octubre de 2024). "¿Es esta la voz del profesor de griego?, duda ella con los ojos cerrados. ¿Es la misma voz que ha escuchado durante meses en esa aula silenciosa? ¿Así de débil y silenciosa sonaba su voz?" (p. 150).  La pregunta del profesor no tiene respuesta. No puede tenerla. Ella duda al escuchar su voz. Una voz que le parece "débil y silenciosa". Silencio y oscuridad impregnan todo el escenario en que ellos se encuentran accidentalmente, y en el que el lenguaje esencial deja de tener cualquier valor. Por eso el anhelo que siente el profesor, su miedo inquietante. La oscuridad que todo lo baña como la niebla que todo lo cubre.

Pero es aquí, en esta quietud oscura y silenciosa, que la simbología de la espada brillante, con su trayectoria de siglos de "aliento contenido", pierde su naturaleza simbólica despojada por el lenguaje del tacto. "Daba miedo la quietud", dice el profesor. Estaba anhelante. En su hombro desnudo siente que ella escribe algo. El lenguaje del tacto. La palabra es "bosque". La palabra que cuando niña, en la escuela primaria le "había causado alguna impresión", porque su forma en el ideograma chino le recordaba a una antigua pagoda: la base, el cuerpo y la cúpula (?), lo más cercano al ideograma que aparece en la novela (p. 14), que hallé en Wikipedia.     "Y la repetía una y otra vez": (? ? ?). Comprender La clase de griego desde la trayectoria de la espada de Sigurd, significa para el lector un recorrido minucioso por la historia contada desde dos focos narrativos diferentes que se cruzan y entrecruzan, llevándolo hacia la desintegración del símbolo que asume toda su naturaleza humana, en la intimidad de una relación de dos seres cuyas limitaciones personales los une mediante el dolor que cada uno trae desde su niñez:

 "Nos quedamos allí tumbados / hasta que por fin pronunciaste algo, / hasta que se escapó / una burbuja redonda y leve / de tus labios. / Me quedé esperando la siguiente palabra. / Cuando supe que no habría otra, abrí los ojos en la oscuridad / y vi la borrosa mancha de tu cuerpo blanquecino en la negrura. / Entonces estábamos muy cerca. / Tan cerca que nos abrazábamos. / Para que no siguiera con mis caricias, / me cogiste la cara y emitiste un breve sonido. Lo oí por primera vez. / Un sonido leve y redondo como una burbuja. / Cada vez que se encontraban nuestros labios, la oscuridad se hacía más densa. / La quietud se acumulaba como la nieve que borra para siempre todas las huellas / y nos iba cubriendo en silencio las rodillas, la cintura y por fin la cara" (capítulo 21, "BOSQUE SUBMARINO", pp. 169 a 173). Ya nos habíamos referido a este capítulo hace algunas páginas. En él desembocan los distintos caminos que nos conducen como lectores a la desmitificación del símbolo de la espada de Sigurd y su "aliento contenido" por siglos. La espada de Sigurd deja de ser la espada mítica del héroe mítico, cuya virtud le impide acercarse a la amada, para convertirse en la más normal de las relaciones entre un hombre y una mujer: la intimidad sexual, desposeída de cualquier simbolismo que lesione dicha relación.

El capítulo 21 es contado morosamente, para que sintamos los lectores cómo el lenguaje de los sentidos, sobre todo del tacto, se apodera del relato y profundiza en la parte corporal del ser humano: "Al escribir esta novela, me enfoqué en los sentidos: ver, escuchar, oler y especialmente el tacto. A medida que nos adentramos en la parte final de la novela, la velocidad disminuye gradualmente y algunos momentos se inflan como eternos. En este ritmo pausado, la intensidad de los sentidos se magnifica" (en la citada entrevista a Infobae).

Y en el último y brevísimo capítulo, el 0, no el 22, que sería la secuencia normal, Hang termina su novela con estas palabras: "Cuando por fin pronuncio la primera sílaba, cierro con fuerza los ojos, / convencida de que cuando los abra todo habrá desaparecido". Todo habrá desaparecido para volver a comenzar. La trayectoria de la espada de Sigurd, el héroe de la Völsunga Saga, no solo es el símbolo que se interpone entre un hombre y una mujer, cuya interpretación responde a múltiples análisis críticos, sino la revelación de este pasaje con que termina el primer capítulo: "En aquel entonces, la espada no me separaba todavía del mundo, así que me bastó con eso".

 

ALEJANDRO CARREÑO T.

Profesor de Castellano, magíster en Comunicación y Semiótica,

doctor en Comunicación. Columnista y ensayista" (Chile)


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2026-02-13T16:19:00