Historias de Navidad
Alejandro Carreño T.
Contenido de la edición 16.12.2025
Todos tenemos historias de Navidad. Tristes y alegres. También de fantasmas. Como la literatura. Las hemos leído, vivido o escuchado. Es que la Navidad se vive en nuestra mente, en nuestros actos y acciones. Se vive en nuestros recuerdos, en nuestras creencias y en nuestro propio sentido de lo humano. Era un niño cuando el peso de todas las noches cayó sobre mí aquella Navidad de 1959. Mi padre había muerto el 23 de diciembre. El día 25, me separé de él, físicamente, para siempre. Cómo no recordarlo especialmente en cada Navidad, cuando el corazón se aprieta y su imagen puebla mi alma y mi conciencia. La gente buena muere también en Navidad, pero mi padre no es un fantasma que se aparece y desaparece como en la historia de Charles Dickens Fantasmas de Navidad: "-No te acerques a mí. Estoy muerto. He venido aquí para cumplir mi promesa. ¡Vengo del otro mundo, pero no puedo revelar sus secretos! En ese momento empezó a volverse más pálido y se fundió, por así decirlo, con la luz de la luna, desapareciendo en ella". A Dickens le gustan los fantasmas en Navidad. Hace cinco años, en CONTRATAPA, publicaba el 10 de diciembre de 2020 mi primer trabajo que fue, además, el primero sobre Navidad: Un cuento de Navidad, su clásica historia sobre Ebenezer Scrooge, "personaje miserable en su condición humana, por su egoísmo e indiferencia ante el dolor y la miseria de los otros. Cuento de Navidad es una historia de fantasmas que recrea el mundo de la Navidad por donde transita la vida de Scrooge, y tal vez nuestra propia vida, en un viaje tormentoso a través del tiempo, de la mano de espíritus fantasmagóricos que desnudan las almas de los hombres mostrándoles sus propios fantasmas".
La historia del hermano Longinos de Santa María se enmarca en la más pura tradición cristiana de los Tres Reyes Magos, en una noche de Navidad. El cuento de Rubén Darío Cuento de Nochebuena, se compone de dos relatos, uno "ficcional", que es el encuentro del padre Longinos con Gaspar, Baltasar y Melchor, la voz de su cabalgadura que le anuncia un "premio portentoso" y su espíritu que viaja hasta la aldea, donde se encuentra su convento, el mundo "real". La fantasía de la Nochebuena: "Diole gracias al Señor por aquella maravilla, y a poco trecho, como en otro tiempo la del profeta Balaam, su cabalgadura se resistió a seguir adelante, y le dijo con clara voz de hombre mortal: 'Considérate feliz, hermano Longinos, pues por tus virtudes has sido señalado para un premio portentoso". Darío juega con el mito, la historia y la leyenda. Longinos debe su nombre a "Longino", el soldado romano que, según la leyenda, hirió a Cristo en un costado con su lanza. Más tarde se convirtió al cristianismo y murió martirizado. Es San Longino. Sin embargo, en la Basílica de San Pedro, en el Vaticano se encuentra la escultura de un hombre sin nombre que remató a Jesús pues, según Juan, en su texto canónico, no lo mató: "al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados, con la lanza, le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua" (Eduardo Magallón, La Vanguardia, Barcelona, 28 de marzo de 2024).
El "portentoso premio" fue seguir, obligado por su cabalgadura, a los Reyes Magos quienes, guiados por la "estrella divina, llegaron a un pesebre, en donde, como lo pintan los pintores, estaba la reina María, el santo señor José y el Dios recién nacido". Pero el padre Longinos era, además de un hombre santo, un eximio organista, el alma del convento, y había olvidado que esa noche debía tocar el órgano. No alcanzaría a llegar a la aldea. Pero ocurre el milagro de Nochebuena: "De repente, en los momentos del himno, en que el órgano debía resonar... resonó, resonó como nunca; sus bajos eran sagrados truenos; sus trompetas, excelsas voces; sus tubos todos estaban como animados por una vida incomprensible y celestial". Poco tiempo después el hermano Longinos muere y su cuerpo "se conserva aún incorrupto, enterrado bajo el coro de la capilla, en una tumba especial labrada en mármol". La Literatura, al igual que los niños, fantasea con el lenguaje y construye nuevos mundos en los que el ser humano encuentra lo que la realidad le niega. Ya lo dijo Franz Kafka: "La literatura es siempre una expedición a la verdad". Y la Navidad, con su mundo de fantasía de luces variopintas y escaparates multicolores, de Papa Noel que les habla a los niños y se fotografía con ellos, solo puede ser verdad. La realidad cabalga al lado de la ficción y suele confundirse con ella cuando la Navidad se apodera de nuestros recuerdos de niñez. Fernando Pessoa dijo que "La literatura es la prueba de que la vida no es suficiente".
Tanto en Fantasmas de Navidad como en Cuento de Nochebuena, lo fantástico se deja caer en la realidad provocando en ella desconcierto, puesto que aparece sin que tenga que aparecer. Roger Caillois en el Prefacio a la Antología del cuento fantástico (Sudamericana, 1967, p. 9) lo explica en estos términos: "El intento esencial de lo fantástico es la Aparición, lo que no puede suceder y que a pesar de todo sucede, en un punto y en un instante preciso, en medio de un universo perfectamente conocido y de donde se creía definitivamente desalojado el misterio". Tzvetan Todorov en Introdução à Literatura Fantástica (Perspectiva, 1975, p. 32), recoge varias definiciones de lo fantástico que irá analizando a lo largo de la obra, pero que, para los propósitos de este trabajo, no requerimos acompañar el largo periplo exegético del concepto. Para P.G. Castex, en Antohologie du conte fantastique français(1963), "O fastástico... se caracteriza... por uma intromissão brutal do mistério no quadro da vida real". Y Louis Vax, en L'Art e la Litté rature fantastiques (1960), escribe: "A narrativa fantástica... gosta de nos apresentar, habitando o mundo real em que nos achamos, homens como nós, colocados subitamente em presença do inexplicável". Ambas historias de Navidad, tanto la de Dickens como la de Darío, el amigo muerto y el espíritu del padre Longinos irrumpen en la realidad de los personajes y del lector.
Pero no es conditio sine qua non que, en las narraciones fantásticas como las historias navideñas, esté presente la Aparición, aunque suela estarlo en muchas de ellas. En Navidad sin ambiente, un cuento de Manuel Delibes que más parece una pequeña pieza teatral, porque es el diálogo y no la narración sobre el que se construye la historia, todo el relato dialogado ocurre durante la cena de Navidad; es el recuerdo de una muerta el leitmotiv que mueve los hilos de la historia, y su presencia, marcada por el pronombre "ella" inicia, de hecho, la dialogada narración: "-Ella nunca ponía el Niño de esa manera -dijo Chelo al sentarse a la mesa. / -Es lo mismo; cámbialo. Ni me di cuenta. / Cati se pasó delicadamente las manos por las mejillas sofocadas. / -Sentaos -dijo. / Raúl y Tomás hablaban junto a la chimenea. / Dijo Chelo: / -Mujer, es lo mismo. El caso es que el Niño presida, ¿no?". La ausencia de "ella", que presentía su muerte, condiciona no solo el diálogo de los personajes, muchas veces sin ninguna trascendencia que raya en lo absurdo en algunas ocasiones, como el referido al tipo de automóvil y su comportamiento en carretera, sino la cena y el propio ritual de la Navidad: "Tomás, Raúl y Frutos hablaban de las ventajas del «Seat 600» para aparcar en las grandes ciudades. Dijo Raúl: / -En carretera fatiga. Es ideal para la ciudad".
Pero "ella" presentía su muerte, aunque llevaba años diciendo lo mismo: "Chelo tenía los ojos húmedos cuando dijo: "-¿Os acordáis del año pasado? Ella lo presentía. Dijo: "Quién sabe si será la última Navidad que pasamos juntos". ¿No os acordáis? / Hubo un silencio estremecido, quebrado por el repique de los cubiertos contra la loza. Raúl estalló: / -Llevaba veinte años diciendo lo mismo. Alguna vez tenía que ser. Es la vida, ¿no?". El lector de Navidad sin ambiente se encuentra con un ambiente navideño que le hace honor al título, pues, al igual que los personajes de la historia, siente que "ella" condiciona esta reunión familiar al punto de que parezca más un compromiso que un real encuentro en torno al significado de la Nochebuena. Y Frutos se encarga de dejarlo absolutamente claro: "-Lo que sea no lo sé. Pero a mí no me parece que hoy sea Nochebuena". Antes había dicho: "-A mí no me parece Nochebuena -dijo Frutos después de observar atentamente la habitación-. Aquí falta algo". Tiene razón Frutos. El lector percibe una Navidad que reúne a personas para cumplir un ritual familiar y nada más. El espíritu navideño ha sido tomado por el recuerdo de "ella", que condiciona la ausencia de ambiente y el diálogo del absurdo. Ni siquiera la chimenea, símbolo del espíritu navideño, está encendida:
"-Ella ponía la lombarda de otra manera. No sé exactamente lo que es, pero era una cosa diferente. / Raúl se volvió a Tomás: / -Pero, bueno ¿quieres decirme qué kilómetros haces tú? / Dijo Frutos: -Con la chimenea apagada no me parece Nochebuena, la verdad". Cuánta razón tenía Pío Baroja cuando decía que la muerte "es alguien que se retira de sí mismo y vuelve a nosotros. No hay más muertos que los llevados por los vivos". Es la Navidad de espíritus y fantasmas que la literatura se encarga de hacernos sentir, para que recordemos que la muerte en sus diversas formas y contemplaciones, se encuentra viva en nuestra naturaleza humana. Como en la naturaleza humana de Gilbert Keith Chesterton, el célebre escritor británico, en cuyo cuento La tienda de los fantasmas, el espíritu de estos fantasmas representa a los escritores Charles Dickens, Roger de Coverley y Jonson. El cuento fue publicado por primera vez en el periódico londinense Daily News, y luego recogido por la colección de ensayos de 1909 Tremendous Trifles (Tremendas bagatelas: El libro electrónico del Proyecto Gutenberg sobre bagatelas tremendas, de G. K. Chesterton). Y el diálogo de Papa Noel con estos espíritus sorprenden a Chesterton y al lector.
La historia trascurre en una tienda de juguetes que ha llamado la atención del autor: "Estaba pegado a la ventana de una juguetería muy pequeña y tenuemente iluminada en una de las calles más grises y áridas de Battersea. Pero por tenue que fuera ese cuadrado de luz, estaba lleno (como me dijo una vez un niño) de todos los colores que Dios haya creado". La magia del relato navideño yace en ese "cuadrado de luz" que envuelve y confunde a este narrador-escritor que describe y reflexiona sobre los juguetes de la tienda y del impacto que en el provocan: "Esos juguetes de los pobres eran como los niños que los compran; todos estaban sucios; pero todos eran brillantes. Por mi parte, creo que el brillo es más importante que la limpieza; ya que la primera es del alma y la segunda del cuerpo". Y el lenguaje se va alejando vagarosamente de la ramplona cotidianidad para confundirse en ese universo donde reina el mágico mundo de la espiritualidad: "Aquel escaparate iluminado se convirtió en el escenario brillantemente iluminado de una comedia de vivos colores". Chesterton olvida las "casas grises" y la "gente mugrienta" que dejó a sus espaldas, y los pequeños juguetes no lo eran porque fueran "pequeños", sino porque "eran objetos lejanos".
La descripción que el autor hace de algunos de estos juguetes sumerge al lector en su mundo de sueños y ensueños, como cuando un niño contempla su ansiado presente traído por Papá Noel. Así, "el ómnibus verde era en realidad un ómnibus verde, un ómnibus verde de Bayswater, cruzando un inmenso desierto en su camino habitual hacia Bayswater". Y el Arca de Noé "era en realidad la enorme nave de la salvación terrena que navegaba sobre el mar hinchado por la lluvia, rojo en la primera mañana de la esperanza". La narración se vuelve poesía y los juguetes son símbolos de una realidad imaginaria que solo la Navidad puede soñar. Chesterton entra a comprar soldaditos de madera, pero el hombre que era "muy viejo" y con "un cabello tan sorprendentemente blanco que parecía artificial", no quiso cobrarle: "-No, no -dijo vagamente-. Nunca lo he hecho. Nunca lo he hecho. Aquí somos bastante anticuados". Y aunque el hombre estaba senil y enfermo, "no había sufrimiento en sus ojos; parecía como si se estuviera quedando dormido poco a poco en una decadencia no desagradable". Muy interesante debe resultar para el lector el juego que Chesterton hace con la palabra "decadencia" y las palabras del viejo hombre: "Nunca lo he hecho. Aquí somos bastante anticuados".
Y nunca lo "ha hecho" porque es Papá Noel, como suponía el narrador que sería el hombre viejo: "-Soy Papá Noel -dijo disculpándose y volvió a sonarse la nariz". La tienda de los fantasmas, de pobres juguetes que solo compran los niños pobres, no es menos fantástica para Chesterton, que la casa de Papá Noel en el Polo Norte, y que Tolkien presenta a su hijo John en la primera carta que le escribe el 22 de diciembre de 1920: "Hogar de Papá Noel, Polo Norte / 22 de diciembre de 1920 / Querido John: / Me he enterado de que le has preguntado a tu / papá cómo soy y dónde vivo. He hecho un autorretrato / y he dibujado mi casa. Guarda / bien el dibujo. Ahora mismo me marcho a / Oxford con el saco lleno de regalos (algunos / para ti). / Espero llegar a tiempo: esta noche la / nieve es muy espesa en el Polo Norte. / Con cariño, Papá Noel" (J.R.R. Tolkien, Cartas de Papá Noel). La aparición de Papá Noel en el relato introduce al lector, y al propio Chesterton, en un escenario que transforma la tienda de juguetes en una realidad donde el tiempo pierde la razón de ser de su temporalidad, simple, vulgar y arbitraria inventada por los hombres. En este tiempo que cubre la esencia de Papá Noel, de incierta e indefinida edad, confluyen todos los tiempos de ayer y los que vendrán.
Ya no sorprende, entonces, la aparición de los fantasmas que adquieren vida en la ahora mágica tienda de juguetes. Chesterton siente "unos pasos muy rápidos que se acercaban cada vez más por la calle" a la tienda de juguetes. Es un personaje de "ojos grandes, abiertos y luminosos, como los de un actor deslumbrante; tenía el rostro pálido y nervioso, y una barba frondosa" que, al contemplar a Papá Noel, se queda completamente "aturdido" y exclama: "-¡Dios mío! -gritó-. ¡No puedes ser tú! ¡No eres tú! Vine a preguntar dónde estaba tu tumba". Quien habla es Charles Dickens, fallecido en 1870, cuatro años antes del nacimiento de Chesterton (1874). El diálogo entre el fantasma de Dickens y Papá Noel ocurre en un tiempo que solo es posible en la atemporalidad de la fantasía literaria, como la locura de Quijote (¿o de Cervantes?). "Todavía no estoy muerto, señor Dickens", le responde Papá Noel, "pero me estoy muriendo". / "-Pero, ¡caray!, en mi época te estabas muriendo -dijo Charles Dickens con animación-, y no pareces ni un día mayor". Chesterton es nada más que un intermediario entre estos dos personajes. Cuánta razón tiene Ana María Matute cuando afirma que siempre ha creído, y sigue creyendo, "que la imaginación y la fantasía son muy importantes, puesto que forman parte indisoluble de la realidad de nuestra vida".
Y la tienda de juguetes que adquieren vida propia, se va llenando de espíritus y personajes que se pierden en la eternidad del propio tiempo. Chesterton juega con ellos y con el tiempo, como más tarde lo haría Borges. Entra en escena Sir Richard Steele, muerto el año 1729, "un caballero mucho más corpulento y vigoroso, con una enorme peluca, abanicándose el rostro enrojecido con un sombrero militar de corte Reina Ana". Y el lector es llevado a un tiempo que lo trasciende y lo sumerge como a don Quijote en la Cueva de Montesinos (capítulos XXII a XXIV de la Segunda Parte), en la que una hora le parecieron tres días y sueña un sueño mágico en el que se encuentra con el propio Montesinos, caballero encantado que le revela los secretos de la tierra y del pasado. Y Sir Richard Steele dice que verdaderamente "es un asunto de lo más prodigioso, porque el hombre se estaba muriendo cuando escribí sobre Sir Roger de Coverley y su día de Navidad". Porque "el hombre" parece que se muere todos los años, pero permanece en un tiempo que no es el tiempo de los hombres, tampoco de los fantasmas y espíritus. Por eso no parece "ni un día mayor". El personaje, por Sir Richard Steele y Joseph Addison se encuentra en The Spectator, una publicación creada por los autores, que apareció diariamente en Londres entre los años 1711 y 1812.
Y Chesterton nos dice que la "habitación parecía llena de recién llegados". Él mismo ya no lo recuerda bien, pero le parece que uno de ellos es Ben Jonson, el poeta y dramaturgo inglés que murió en 1637: "Siempre se ha sabido", dijo un hombre corpulento, con la cabeza ligeramente ladeada con humor y obstinación -creo que era Ben Jonson-, "siempre se ha sabido, cónsul Jacobo, bajo el reinado de nuestro rey Jaime I y Su difunta Majestad, que tan buenas y cordiales costumbres habían envejecido y estaban a punto de desaparecer. Esta barba gris, sin duda, no era más lozana cuando lo conocí que ahora". Y para que no haya dudas respecto de la vida de Papá Noel en un tiempo que es la suma de todos los tiempos, el autor cree que también escuchó a un hombre vestido de verde, Robin Hood, que en un "francés normando mezclado con otros, decía: "Pero vi al hombre muriendo". La tienda de los fantasmas es la historia de una muerte anunciada que nunca llega. Los fantasmas de todos los tiempos se reúnen en la asombrosa y asombrada tienda de juguetes, para encontrarse con un viejo senil cuya cabellera blanca es el símbolo de todos los tiempos idos y venideros, y también el de ellos.
"De repente, el señor Charles Dickens se inclinó hacia él. -¿Desde cuándo? -preguntó-. ¿Desde que naciste? -Sí -dijo el anciano, y se dejó caer tembloroso en una silla-. Siempre he estado muriendo. El señor Dickens se quitó el sombrero con un gesto como el que llama a una multitud a levantarse.
"Ahora lo entiendo", gritó, "nunca morirás".
Las historias de Navidad, las que hemos vivido y las que la literatura nos ha hecho vivir, forman parte de nuestros sueños y fantasías; de nuestras tristezas y alegrías que hacen de nuestra vida la razón de ser de vivirla.
Y que un día viviremos en otros, como Papá Noel.

ALEJANDRO CARREÑO T.
Profesor de Castellano, magíster en Comunicación y Semiótica,
doctor en Comunicación. Columnista y ensayista" (Chile)
Imagen de portada: adhocFOTOS/Pablo Vignali