La crítica y los críticos

Alejandro Carreño T.

Contenido de la edición 12.01.2026

 

Parte importante de mi vida me la he pasado leyendo libros y contándoles de ellos a mis alumnos, tanto en Chile como en mis largos años en Brasil. Una vida vivida junto a muchas otras de letras, para acercarme mejor a la siempre confusa realidad en que vivimos los hombres de carne y hueso. Después de todo, como dijo hace rato Plinio el Viejo (23-79): "No hay libro malo que no sirva para algo", reproducido por su sobrino Plinio el Joven (61-112) famoso por sus Epistulae, entre ellas la carta número 16 que escribe a Tácito, en la que describe la erupción del Vesubio y le cuenta la muerte de su tío Plinio el Viejo. Por cierto, se ignora qué entendía Plinio el Viejo por "libro malo", aunque, en honor al libro, no creo que nadie pueda decirlo con clareza. Tampoco lo que pueda entenderse por "libro bueno". La frase de Plinio el Viejo, Cervantes la recoge en el Quijote, primero en el capítulo III de la Segunda Parte: "-No hay libro tan malo -dijo el bachiller-, que no tenga algo bueno". Y luego en el capítulo LIX: "-Con todo eso -dijo el don Juan-, será bien leerla, pues no hay libro tan malo, que no tenga alguna cosa buena. Lo que a mí en este más desplace es que pinta a don Quijote ya desenamorado de Dulcinea del Toboso".

Ambos conceptos, a mi modo de ver, comprometen la propia esencia del libro que se niega, a mi juicio, a ser evaluado en términos tan radicales. Tal vez por eso Plinio el Viejo consideró que todo libro "sirve para algo", aunque los libros lleven, en algunos casos, a la locura, como tan acertadamente lo dijo Petrarca: "Los libros llevaron a algunos a la ciencia; a otros a la locura". Alonso Quijano es, tal vez, el mejor ejemplo de cómo los libros pueden llevar a la locura, y la censura de los libros en el capítulo VI de la Primera Parte del Quijote: "Del donoso y grande escrutinio que el cura y el barbero hicieron en la librería de nuestro ingenioso hidalgo", un ejemplo insoslayable de críticos enrabiados con libros que, a su juicio, habían secado el seso de Alonso Quijano, ya convertido en don Quijote de la Mancha. Pero, estos críticos que a tantas obras condenaron a la hoguera, salvaron otras, como El Amadís de Gaula, Tirante el Blanco, de Joanot Martorell, La Diana, de Jorge Montemayor, La Araucana, de Alonso de Ercilla y La Galatea, del propio Miguel de Cervantes.

En realidad, las categorías de "bueno" o "malo" de un libro no se encuentran entre sus páginas, sino en la conciencia del lector, moldeada por sus valores sociales y culturales. Todo lector es un crítico, lo mismo que el lector de ficción como el cura y el barbero, que determinan la condena de unos y la salvación de otros, pues todos tenemos una opinión sobre el libro que leemos o leímos. Por eso, la dicotomía "bueno-malo" deriva en otras como "aburrido-entretenido" o "fácil-difícil", por ejemplo. Otros lectores, como Voltaire, entienden el libro como objeto de conocimiento y cultura: "Un livre n'est excusable qu'autant qu'il apprend quelque chose". Claro, no es la mirada del "especialista", del crítico de profesión que, se supone, ha recibido una formación teórico-literaria que el lector común no tiene y no tiene por qué tenerla. Pero sea como sea que entendamos como lectores el sentido del libro, este contiene el mundo en sus diversas formas. Y así lo entendía Mallarme en su famosa entrevista a Jules Huret (1891) sobre la evolución literaria, a propósito del poeta Henri Régnier, y su "último libro" Poemes anciens et romanesques, que consideraba una obra maestra: "-Mire usted -me dice el maestro estrechando mi mano- en el fondo, el mundo ha sido creado para abocar a un libro bello". El traductor, usa el término "abocar" que significa "desembocar", "ir a parar" (RAE, cuarta definición).

La idea del mundo en un libro, encuentra su parodia siglos antes en el texto de Shakespeare que relaciona el mundo con el escenario: "Todo el mundo es un escenario, y todos, hombres y mujeres, son meros actores. Todos tienen sus entradas y salidas, y cada hombre en su vida representa muchos papeles". El mundo shakesperiano se corresponde con la Biblioteca de Babel de Borges. Y cuando reproducimos el pensamiento de estos autores, lo que hacemos, en realidad, no es más que reproducir su manera de ver el mundo que se encuentra en los libros. Los escritores suelen ser críticos muy sagaces, comprensivos a veces y destemplados, otras; enemigos feroces en muchas ocasiones. Pero también gentiles y generosos con sus colegas al recordarlos en sus propias obras. Antón Chéjov, por ejemplo, en su novela El reto (Plaza & Janés Editores, 1969), expresa su admiración por Tolstoi, mediante su personaje Laievski: "Ah, qué acertado estaba Tolstoi, qué cruelmente acertado". Y esto me apaciguaba. ¡La verdad, camarada, es un gran escritor!" (p. 10). Y el capítulo XVII se inicia con los versos de Pushkin, (en el texto aparece Puchkin) "...En mi espíritu abrumado de angustia / se alza un torbellino de tristes pensamientos", para describir la conciencia atormentada de Von Koren, el zoólogo, que se batirá con Laievski en un duelo absurdo: "Le mate mañana o me mofe de él, es decir, le perdone la vida, es de todos modos, un caso perdido" (p. 124).

Un ejemplo reciente del reconocimiento de un escritor a otro en las páginas que ha escrito, lo representa la escritora surcoreana, ganadora del Premio Nobel de Literatura 2024, Han Kang. Su novela La clase de griego (Random House, Uruguay, 2023) se inicia citando un verso de Jorge Luis Borges, "Hann tekr sverthit Gram ok / leggr i methal theira bert" ("Él tomó su espada y colocó el metal desnudo entre los dos"), que corresponden a unos versos del capítulo 27 de la Saga völsunga, texto irlandés presumiblemente escrito en 1270 y que narra las aventuras del héroe germano Sigurd. El verso es el epígrafe del cuento Ulrica que se encuentra en El libro de arena publicado en 1975, y que Han desarrolla en el breve capítulo 1. Las alusiones directas o indirectas al escritor argentino son permanentes en La clase de griego: "Sí, el tiempo, 'un fuego que me consume', lo llamó Borges" (p. 118). Y en la página 120, leemos: "Pronto llegará el día en que no podré distinguir mi reflejo en el espejo de todo lo demás. Todos los rostros que recuerdo se quedarán congelados en mi memoria". Por cierto, estos escritores como Chéjov o Kang son críticos sin proponérselo, pues su intención no es la de ser un crítico, como lo puede ser usted o yo, y como lo es un crítico profesional. En estos "escritores-críticos" existe una admiración confesada en sus propias obras, que citan y comentan lo que otros escritores escribieron.

Pero no siempre los escritores expresaban su gusto o disgusto por un autor en sus propias obras. Muchos de ellos fueron también eximios ensayistas y ejercieron la crítica literaria con maestría, como Jorge Luis Borges, por ejemplo. En Prólogo de Prólogos, el autor de El Hacedor, comienza su comentario de Los demonios de Fiodor Dostoiesvki con estas palabras: "Como el descubrimiento del amor, como el descubrimiento del mar, el descubrimiento de Dostoievski marca una fecha memorable de nuestra vida". Y el tercer párrafo comienza así: "Leer un libro de Dostoievski es penetrar en una gran ciudad, que ignoramos, o en la sombra de una batalla. Crimen y castigo me había revelado, entre otras cosas, un mundo ajeno a mí. Inicié la lectura de Los demonios y algo muy extraño ocurrió. Sentí que había regresado a la patria" (Obras Completas IV, EMECÉ, 2000, p. 466). No obstante, la crítica tiene variados senderos por donde transita (Leyla Perrone Moisés en Falência da crítica, Editora Perspectiva, São Paulo, 1973), estudia 13 tipos de crítica, entre las que se encuentra "A crítica do gosto e do desgosto", que pareciera ser la que el lector común, y en muchos casos, no común también, ejerce como juez riguroso de un libro, independiente de su género literario. Pero también se encuentra en su estudio "A Crítica Ética", "A Crítica Temática", "A Crítica Mistificadora", "A Crítica Biográfica". Todas ellas pueden cruzarse en la conciencia del lector, siempre afín a encontrar en la novela, por ejemplo, pasajes de su propia existencia o de la existencia de algún conocido.

Leyla Perrone desarrolla su análisis a partir de la frase de Jules Lemaitre "Julga-se bom aquilo de que se gosta", y lo ejemplifica con Léon Bloy, novelista y ensayista francés (1846-1917), y su exacerbada crítica contra Los Cantos de Maldoror y las Poesías, pero, al mismo tiempo los elogios que la misma obra le producía: "É pois uma ruina humana completa que decidí oferecer aos melancólicos, aos saturados de melancolia". Y apuntó, también, a la forma literaria: "Quanto a forma literária, ela não existe. É lava líquida". Sin embargo, a Léon Bloy le gustaba la violencia de los Cantos y su carácter profético se encontraba en el mismo camino que él profesaba en su estilo, lo que lo hace reconocer en la obra "uma beleza pãnica surpreendente". Los Cantos de Maldoror ilustran, desde la mirada de Léon Bloy cómo, una misma obra literaria provoca en el lector sensaciones tan opuestas como "o gosto" y "o desgosto". Y hablamos de un lector que es escritor y ensayista, pero que no difiere en nada del lector común, como puede serlo cualquiera de nosotros, que también encontramos cosas que nos gustan de una obra literaria y cosas que no nos gustan. Un crítico literario, como señala Constantino Bértolo en "La crítica literaria: Quien tiene boca se equivoca", texto que introduce su libro Ojo Crítico (Ediciones UACh, 2020), se diferencia cuantitativa y cualitativamente del lector común (p.10). Lo primero, porque llega a un público más numeroso; lo segundo, porque su "gusto" o "disgusto" puede influir en la opinión del lector.

Por cierto, el crítico literario trasciende la simplicidad, o debiera trascenderla, del "me gusta" o "no me gusta" con que las personas se enfrentan a cualquier expresión artística, o de la vida simplemente. La mirada crítica de Jules Lemaître, que a juicio de Leyla Perrone en su citada obra, define "o impressionismo crítico que reinou nos anos subsequentes à publicação dos Cantos de Maldoror e das Poesias" (pp. 25 y 26). Ahora bien, el crítico literario puede, desde esta perspectiva, condicionar el gusto del lector común. Sin embargo, la crítica literaria en sus diversas variables, siguiendo con la clasificación de Perrone, requiere de estudios y técnicas de análisis que no necesariamente serán comprendidas por el lector común. Una crítica semiológica, por ejemplo, o psicológica o Psicoanalítica, o la crítica de Fuentes, requiere de lectores con conocimientos específicos para su comprensión. Por lo mismo, su público se encuentra en el mundo universitario e intelectual más que en el lector común. Pero, en ocasiones, bastante frecuentes por lo demás, la crítica literaria oscila entre la crítica impresionista del "me gusta" y "no me gusta" y una crítica laboriosa, estudiada y reflexiva: "¿Cuál será, pues, nuestro juicio final? El Quijote es uno de esos libros que quizá sean más importantes por su difusión excéntrica que por su valor intrínseco" (Vladimir Nabokov, Curso sobre el Quijote, Ediciones B,S.A, Barcelona, 1997, p. 210).

El libro de Nabokov revisa varios aspectos del clásico cervantino que, a su juicio, son los más relevantes, como los personajes centrales, su estructura, el tema del cronista, Dulcinea y la muerte, la crueldad y el engaño, desde una mirada que no llega a ser academicista, pero que requiere de una lectura por lo menos sincera del Quijote, aunque el autor de Lolita (1955), se las arregla muy bien para ir relatando la novela a sus estudiantes-auditores. Pero no es fácil ejercer la crítica literaria, sea cual sea la que el investigador aborde, porque la obra literaria, independiente del género, es un texto que se expone al ojo crítico sin que necesariamente comparta con él ni con ninguna de sus teorías, aunque normalmente está expuesto al "me gustó" o "no me gustó" del lector común, el que, sin duda, prefiere el libro. Un solo ejemplo para ilustrar esta afirmación. La escritora chilena Isabel Allende vende millones de copias en todo el mundo, pero a la crítica profesional no le agrada mucho, la encuentran mala escritora que escribe "solo para vender", como si vender no fuese un camino importante para la divulgación del arte y la literatura: "Isabel Allende fue nominada al Premio Nacional de Literatura los años 2002 y 2010. En ambas ocasiones se generó controversia en torno a su candidatura ya que escritores, críticos y académicos consideraron que dicha nominación desvirtuaba el principio de trayectoria, calidad y aporte a las letras chilenas que debía distinguir el galardón pues, según sus visiones, al otorgarle el galardón a Allende se privilegiaría el éxito de ventas por sobre otras cualidades literarias" (memoria chilena. Biblioteca Nacional de Chile: "Isabel Allende, Premio Nacional de Literatura").

Al final, pareciera ser que esto de la crítica y los críticos tiene tantos bemoles, que a lo largo de la historia de la literatura se ha convertido en un capítulo insoslayable en cada una de sus etapas. Sin embargo, pareciera ser también que siempre se tuvo presente el "me gusta" y el "no me gusta" para evaluar toda obra literaria. Un maestro del ensayo y la novela, Henry James, tampoco eludió el tema. En su libro El arte de la novela y otros ensayos, Ediciones Universitarias de Valparaíso, Universidad Católica de Valparaíso, 1973), presenta dos ejemplos en los que, a su juicio, los escritores han escrito un texto "que no puede considerarse un éxito", por una parte y, de otra, un texto "que luchó contra la presunción y triunfó". El primer caso corresponde a Gustave Flaubert y su Un corazón sencillo, la historia de una sirvienta, Félicité, y el loro Lulú, que ha recibido de su ama, y por quien la sirvienta siente un afecto fuera de lo común. El cuento forma parte del libro Tres cuentos, publicado en 1877, que incluye "La leyenda de San Julián el hospitalario" y "Herodías". James no entrega datos sobre Un corazón sencillo; se limita en un par de líneas a lo anecdótico. Para él "somos perfectamente libres para considerarlo insulso" y, aunque el "producto", como lo llama, está "cuidadosamente acabado, no puede considerarse un éxito". Pero reconoce que es una "contribución a nuestro conocimiento de lo que puede hacerse, o de lo que no puede hacerse".

El segundo caso corresponde al escritor ruso Iván Turgénieff. En su cuento Mumu (original Mymy, 1852), narra la historia del campesino Gerasim, sordomudo, y un perrito faldero Mumu, "y ha resultado algo emocionante, afectuoso, una pequeña obra maestra. Pulsó la nota de la vida allí donde Gustave Flaubert, falló; luchó contra la presunción y triunfó". A renglón seguido, Henry James sitúa su análisis en la crítica impresionista del "me gusta" o "no me gusta" que es el punto de partida de todas las modalidades que la crítica ha utilizado a la hora de enfrentar cualquier obra de arte, y no solo la literatura: "Desde luego que nunca va a haber nada que reemplace al antiguo "me gusta" o "no me gusta" tal o cual obra de arte: la crítica más refinada no va a suprimir esta prueba primitiva y última" (todas las citas corresponden a la página 24). Por cierto, su ensayo aborda una serie de aspectos sobre el arte de la novela, valiéndose de autores diversos para ilustrar sus ideas en torno a este género literario, pero que son prescindibles para los propósitos de este ensayo. Sin embargo, ningún lector está obligado a un libro. Esta es la conditio sine qua non del placer de la lectura y sobre este principio se basa la relación lector-libro o libro-lector. Leer es un acto de felicidad y, como dice Borges, a nadie se le puede obligar a ser feliz.

En Borges para millones, entrevista realizada en la Biblioteca Nacional de Buenos Aires en 1979, el autor de El Hacedor, declaraba: Si un libro es tedioso para ustedes, déjenlo; aunque ese libro sea el Paraíso perdido -para mí no es tedioso- o el Quijote -que para mí tampoco es tedioso-. Pero si hay un libro tedioso para ustedes, no lo lean; ese libro no ha sido escrito para ustedes. La lectura debe ser una de las formas de la felicidad [...]". El texto se encuentra también en Borges Profesor, Sudamericana, 2019, p. 465). Por lo mismo, ninguna lectura debiera ser obligatoria, (problema indisoluble de los programas de estudio de colegios y universidades). "Creo que la frase "lectura obligatoria" es un contrasentido; la lectura no debe ser obligatoria. ¿Debemos hablar de placer obligatorio? ¿Por qué? El placer no es obligatorio, el placer es algo buscado. ¡Felicidad obligatoria! La felicidad también la buscamos", nos dice Borges en las primeras líneas del texto citado. Claro que hay autores y críticos que no buscan ni la felicidad ni la infelicidad, sino apabullar a otro escritor por quien sienten una genuina animadversión. La historia literaria podría llenar varias bibliotecas con ejemplo ilustres. Cuando leí Los detectives salvajes, del chileno Roberto Bolaño, me prometí no volver a leer nunca más nada de él. Simplemente no me gustó. He cumplido mi promesa, pero debo admitir que comparto con él algunos juicios respecto de otros escritores.

Por ejemplo: "Skarmeta es un personaje de la televisión. Soy incapaz de leer un libro suyo, ojear su prosa me revuelve el estómago". Bolaño se refiere al chileno Antonio Skarmeta, autor de El cartero de Neruda. Cierto, Skarmeta es un escritor mediocre, pero, de ahí a que "revuelva el estómago", hay algo más que una crítica literaria. Es lo que suele pasar en este mundo de escritores donde se confunde la crítica con el insulto y en el que la vanidad es superior a la reflexión literaria fundamentada. Y sobre Pablo Neruda y Octavo Paz: "Como poeta sería maricón o si acaso loca, como Whitman y Blake. Neruda y Paz, en cambio, son maricas" (en "Las lecturas de Mr. Davidmore"). En todo caso, Bolaño era un megalómano sin límites y su listado de nombre ilustres denostados por sus insultos e improperios no tiene límites. Claro que en otros lugares también se cuecen habas, y muchas. Como este exabrupto crítico de Mark Twain sobre la novela de Jane Austen, Orgullo y prejuicio: "Cada vez que leo Orgullo y prejuicio me entran ganas de desenterrarla y golpearle en el cráneo con su propia tibia". Una grosería impropia de un escritor notable como Twain.

Y el Ulises de James Joyce, que abandoné a poco andar porque el tedio me adormecía, tuvo también severos cuestionamientos como el de Virginia Woolf: "Acabé Ulises y me pareció un fracaso... El libro es difuso. Es salobre. Pretencioso. Vulgar, no solo en el sentido común, sino también en el literario" (en el citado libro de Constantino Bértolo, Ojo crítico). En este mismo libro se recoge la opinión de The London Critic sobre Hojas de Hierba de Walt Whitman, obra clásica de la poesía estadounidense, considerada fuente de inspiración por muchos poetas latinoamericanos: "Whitman conoce tanto el arte como un cerdo las matemáticas".

Ha sido un recorrido, tal vez extenuante, aunque incompleto, muy incompleto, de lo que pueda ser la crítica en una mirada sin pretensiones académicas, privilegiando la mirada del lector común y corriente que es, al final de cuentas, quien compra el libro y disfruta, o no, de su lectura sin complicarse con ella, y lejos de los vericuetos en que se sumergen los críticos profesionales, ni menos en las exacerbadas opiniones de aquellos escritores o críticos que anteponen, muchas veces, antiguos rencores, polémicas personales o necias vanidades que desvirtúan el sentido de la crítica. Opiniones que de nada sirven al lector, objetivo último del libro.

Después de todo, qué le importa al lector común y corriente todo aquello, si lo que él quiere es leer su libro y encontrar en él el placer de la lectura, sin que nadie le diga qué bueno el libro o qué malo el libro.

El lector siempre tiene la razón. Y con razón.

 

ALEJANDRO CARREÑO T.

Profesor de Castellano, magíster en Comunicación y Semiótica,

doctor en Comunicación. Columnista y ensayista" (Chile)

 

Imagen de portada: CONTRATAPA/Daniel Feldman


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2026-01-12T19:25:00