Pelo corto
Eliana Lucián
Contenido de la edición 27.01.2026
En marzo de 2025 se presentó el libro "Historias descabelladas", un trabajo compuesto por cuarenta relatos, donde "mujeres pertenecientes a diferentes generaciones nos traen recuerdos, nos asombran, nos emocionan", al decir de la compiladora Cristina Lampariello.
En CONTRATAPA venimos presentando regularmente todos los textos. A continuación, el de Eliana Lucián (y la foto que lo acompaña).
Pelo corto

Eliana (1974)
Cuando era chica tenía el pelo corto, enrulado. Mi madre decía que era más fácil de peinar. Mis compañeras del jardín usaban el pelo largo. Y lacio. Yo no me sentía linda. En parte era por el pelo, supongo. Yo era muy tímida, además. Apenas susurraba alguna palabra. Sin embargo, me sabía poderosa. Tenía una especie de silencio que era un cuchillo afilado. Me protegía.
Una tarde, estábamos adentro del salón de clase en el recreo. El sol entraba por la puerta abierta. Los rayos, como saetas doradas, iluminaban las cabezas sedosas de mis compañeras. Hermosas. Entonces, de repente, sentí que mi poder desbordaba con mayor intensidad que mi propia fealdad. Y hablé.
Con voz de pitonisa en trance, dije lo que las demás tomaron como una verdad revelada: «Las niñas que son lindas cuando son chicas se transforman en mujeres feas cuando crecen». Se hizo un silencio. Todas me rodearon, totalmente conscientes de mi poder. «Yo soy fea», dijo una. «Yo también», decretó otra. Y me miraron... Yo les devolví la mirada y, clavando mis ojos en los de ellas, sentencié: «No, vos sos linda. Y vos también».
Mi técnica, generada en el momento, pero manejada con la precisión de siglos de experiencia, consistía en mirarlas y, después, con la sabiduría gestual de una vieja hechicera de 6 años, señalarlas y decirles: «Linda. Fea. Fea...». Les decía «feas» a las que consideraba una faceta de mi sombra. Sentía que las perdonaba, que les regalaba algo de mí. Veía cómo iluminaban su tristeza presente con una esperanza futura. Las que escuchaban la palabra «linda», en cambio, ponían un color agridulce en sus ojos.
En fin, aquello terminó como terminan todos los recreos: con un timbre. Y feas y lindas volvimos a sentarnos mirando al frente. Sin embargo, a pesar de que aún tenía el pelo corto y enrulado, algo en mí había cambiado. Esa tarde refiné el arma contra la fealdad. Mi silencio parió palabras. Desde entonces escribo.
Imagen de portada: Cristina Lampariello