Piojocepción

Irene Sapelli

Contenido de la edición 20.04.2026

 

Hace ya un año, en marzo de 2025, se presentó el libro "Historias descabelladas", un trabajo compuesto por cuarenta relatos, donde "mujeres pertenecientes a diferentes generaciones nos traen recuerdos, nos asombran, nos emocionan", al decir de la compiladora Cristina Lampariello.

En CONTRATAPA venimos presentando regularmente todos los textos. A continuación, el de Irene Sapelli (y la foto que lo acompaña).

 

Piojocepción

Irene (1981)

Unos días antes de que en Uruguay se inventara el verbo carmelear fui a una peluquería y me corté el pelo muy cortito. Noté que ya no me favorecía como antes, porque la cara tiende a caerse como todo el resto, con excepción de las encías que, como dice mi señora madre, se retraen.

Desde ese día hasta hoy no volví a pisar una peluquería. En principio, por el distanciamiento social, ahora ya no sé. Creo que todos tenemos malos recuerdos de dentistas y peluqueros.

Hoy tengo el pelo apenas por debajo de los hombros. No soy buena «peluquera», pero estoy lejos de ser la peor y el precio es más que conveniente.

Uso cerquillo. No porque me quede particularmente lindo; es que tengo la frente kilométrica y encima es la parte de mi cara que más delata mi edad. Las injusticias son muchas. La conciencia de la muerte es un martirio y un alivio. El enojo es constante y deja huellas en mi frente. Escuché en un podcast que el cerquillo es el bótox de los pobres. Confirmo.

La frente no solo se me ha dibujado por culpa de los disgustos; las sorpresas han colaborado en la causa.

Puede usted elegir no creerme, pero una vez atajé un piojo. Vi a la humana infectada y me alejé lo más que pude con las limitaciones que la situación

permitía. Creí que era una distancia suficiente y, de hecho, lo era, porque hoy sé que no atajé ningún piojo: los piojos no saltan. Lo sé como se sabe todo en estos tiempos: lo googleé. Pero en esos años hostiles no había wifi ni Google ni, mucho menos, Tinder.

Insistí a la humana, que no paraba de rascarse, que se revisara. Se negaba. Los piojos ya habían dominado su voluntad cual hormiga con cordyceps.

Sentí la presencia, pasé mis manos por mi cabeza y lo atajé sin atajarlo, pero lo atajé. Hice el gesto de pinza con los dedos índice y pulgar y me lo saqué todito.

«¡Un piojo!», grité.

Me revisé la cabeza ese día y los siguientes. Era el único invasor. Lo atajé.

 

Imagen de portada: Cristina Lampariello


Archivo
2026-04-20T16:55:00