Postales del hastío - Temporalidad
Alejandro Vásquez Escalona
Contenido de la edición 06.01.2024
Del lado izquierdo, en una fotografía virada al sepia de la portada de Crónicas de Motel, se muestra una versión de vaquero trajeado de negro con una botella de cola o cerveza en la mano a la altura del ombligo. Mira la cámara. Es Sam Shepard, su autor. Es la cuarta edición del libro de 1985. Del lado opuesto, se ve un auto negro de los años veinte, matricula AA-77 de Texas. Al fondo una especie de cantina. Después de un año o más, un hombre de rasgos hindúes, sentado frente a un escritorio, comienza su lectura por tercera ocasión. Está semidesnudo. Aún no ha desayunado.
Ayer terminó de leer otra vez más De Qué Hablo Cuando Hablo de Escribir de Haruki Murakami. Desde el interior de la tapa de la novela, el escritor japonés en plano americano mira a su izquierda. El fotógrafo como que simulara hacer un retrato cándido del escritor. Murakami sonríe levemente, a lo mejor de la supuesta ingenuidad del operator visual. Después de los disparos de la cámara, seguramente compartieron una cerveza. Aunque Haruki casi siempre está solo cuando abre su nevera y saca una birra para tomarla. Eso dice cuando escribe de su oficio. De su vida.
Está mañana el hombre que lee, toma café. Piernas cruzadas como siempre, postea en su Instagram desde su teléfono un texto ajeno: ´...Cuando te enamoras locamente, en los primeros momentos de la pasión, estás tan lleno de vida que la muerte no existe. Al amar eres eterno. Del mismo modo, cuando te encuentras escribiendo una novela, en los momentos de gracia de la creación del libro, te sientes tan impregnado por la vida de esas criaturas imaginarias que para ti no existe el tiempo, ni la decadencia, ni tu propia mortalidad. También eres eterno cuando inventas historias. Uno escribe siempre contra la muerte...". Alguien preguntará de quién es el texto. O no. De alguna manera son especies de migajas que dejas en el camino de lo hiperreal. Quizás sigue hacia ningún sitio, o lleguen hasta los espacios más remotos de la imaginación.
Después, sentado frente a su ordenador corrige el tropel de frases, de un relato suyo recién escrito. Los vellos abundantes de sus piernas casi han desaparecido en las zonas de roce del cruzado. Con sus dedos índice y pulgar estira reiteradamente los pelos del bigote y barba como si deshojara hilos de ovillo de la espera. Como si dudara de su escritura para asentar la ilusión vital. O a veces para enhebrar pesimismo.
En estos días puede que no ame. No escribe ninguna novela. Se levanta. Mira por la ventana al vacío que forma el azul pálido del cielo. Pareciera oír las palabras de Sam Shepard: ´...Tú, que podrías escribir como una pantera/todo lo que se metiera en las venas/Qué clase de verde sangre/te arrastró a tu destino...´. Cierra los ojos. Se sumerge en una especie de ensueño, ámbito encarnizado de refriegas entre elevarse o descender. Imagina que corre sobre la arena como lo hacía en las madrugadas. Se bebe los grises azulosos del mar que carraspea con sus olas. Siente el sol de bordes intangibles. A veces el desánimo muestra su colmillar. Y lo espanta. Lo espanta. La novela La Loca de la casa de Rosa Montero, sobre el escritorio, seguramente lo observa en silencio.

ALEJANDRO VÁSQUEZ ESCALONA
(Venezuela, 1956). Fotógrafo, escritor, videoasta. Profesor de la
Escuela de Comunicación Social de La Universidad del Zulia (1987/2016).
Docente invitado a Aquelarre - Escuela de Fotografía. Montevideo (Uruguay-2021)
Imagen de portada: Alejandro Vásquez Escalona
Foto personal: Ivett García