Preguntas y problemas

Tomás Abraham

El pensamiento tiene algo de infinito, es una sucesión de puntos suspensivos. Por un lado, inscribe una marca con cada punto, y es impelido por un pulso a una sucesión de adyacencias. Es la pulsión de la vida. 

Contenido de la edición 03.03.2022

 

Esta idea proviene de la época de Leibniz, de Spinoza, de Descartes, de los filósofos que revolucionan a la filosofía perforando el sistema cíclico de los antiguos, su Cosmos, y la de la eternidad cristiana diagramada en las Sumas. En el infinito tampoco hay Mesías ni Salvadores, ni siquiera Dios. Por eso el drama de los filósofos nombrados fue congeniar su sapiencia físico-matemática con la divinidad.

Cuando Borges define a la metafísica como una de las ramas de la literatura fantástica, bien podemos pensar en la filosofía del siglo XVII. Frente a la cual- ya que estamos en este recordatorio de la historia de la filosofía - Locke y Hume, como antes Hobbes, y los moralistas franceses, anclan al pensamiento en el mundo de los sentidos y de las pasiones, o sea, en la tierra. Hasta que Nietzsche refuerza el aterrizaje traduciendo a la filosofía en términos de una genealogía de la moral.

Pero en la filosofía, el ancla vuela, aterriza y se eleva, y las marcas se diluyen en un polvo de estrellas, "stardust", para evocar la maravillosa canción de Hoagy Carmichael interpretada por Nat King Cole.

Es tradición, lugar común, cliché, decir que la filosofía nos hace pensar porque pregunta. Que la filosofía más que dar respuestas propone preguntas. Se asimila el pensamiento a la interrogación.

Sartre en "El ser y la nada" también se colgaba del gancho interrogativo para decretar la libertad del hombre. Al preguntar se suspende el hecho, la facticidad.

Cuando de modos se trata, por mi parte siempre preferí, como puntapié inicial filosófico, el NO al signo interrogativo. Hegel hace del trabajo de lo negativo un motor especulativo, pero como su sistema es absoluto y su diagrama el de la totalidad, lo negativo es ingerido y asimilado por la síntesis final.

Decir que no y nacer me parece lo mismo.

Pero sigamos con la tradición que hace de la pregunta el núcleo del filosofar. Inserto en la modernidad por el pensamiento de Heidegger de la pregunta por el ser, la pregunta adquiere un certificado de nobleza. No se trata de sistemas, de teorías, de totalidades, de ninguna ontoteología que para el filósofo alemán "responden" a la inquietud filosofante y ocultan la pregunta, sino de abrir el pensamiento que se convierte en una meditación sobre el sentido del Ser.

Pregunta, apertura, escucha, meditación, se convierten en sinónimos del pensar. Es una pasividad expectante que no por eso cesa de llevar a cabo un arduo trabajo de desbroce para eliminar siglos de respuestas que encapsulan al pensamiento.

Para el filósofo alemán debemos desaprender lo aprendido por la ciencia y la epistemología, darle el lugar que se merecen, el de la técnica, inevitable a la vez que peligrosa, porque al clausurar la pregunta nos conduce a una vía suicida. Por eso hubo una ecología heideggeriana.

¿Cuál es la pregunta? Ante todo, debemos borrarle los signos, no hay apertura ni clausura de signos como el de (¿) y el de (?) Estos signos esperan una respuesta, y la pregunta de la que hablamos no la tiene.

La tarea, para Heidegger, es sentir el milagro y el misterio del Ser. Los griegos estuvieron cerca, los presocráticos balbuceaban el tema, no separaron la lengua de la existencia, no usaron la palabra para decir sino para mostrar, y sabían, como Apolo, que lo mostrado a la vez oculta y que el lenguaje es oblicuo. Giorgio Colli es afín a esta idea.

Hay otro tipo de aproximación para quienes intentan hallar una imagen del pensar filosófico.

No habla de pregunta, sino de problema. La palabra "problema" está asociada por los griegos al obstáculo. Cuando hay un obstáculo, es necesario un rodeo para poder avanzar. Un navegante que debe llegar a puerto en una zona de corales y peñascos sumergidos, debe sortear "problemas'. El ejemplo del navegante no es azaroso. De acuerdo a Platón, la navegación, como la medicina, hasta el arte de gobernar, no son conocimientos exactos sino aproximativos, conjeturales, a diferencia de la geometría.

En las artes conjeturales el tipo de problemas que se enfrentan no son los que se resuelven con una solución, sino el de los dilemas que en lugar de soluciones deben arriesgar decisiones.

Problematizar es crear obstáculos en donde las aguas parecen lisas, en la que la homogeneidad impera. Problematizar es encontrar una dificultad, una traba, un nudo, en donde el punto fuerte de la imaginación, su zona más intensa, la creencia, cierra el sendero de la duda.

Pensar en términos de dificultades y de obstáculos no nos suspende en el silencio ni en la contemplación. La concepción del conocimiento que le corresponde es la del "polemós", el agón griego, la batalla. Conocer no es un acto desinteresado que se propone alcanzar un ente ideal para presentarlo translúcido tal como es. Nada es como es. Nietzsche fue el filósofo que hizo del conocimiento un botín al que aspira más de un contendiente, y una pulsión de dominio. Conocer es poder.

En la problematización hay un acto afirmativo sin garantías de verificación ni demostrabilidad, en los que se decide por una idea. La verdad no es un valor absoluto sino un acto. Quizá Kierkegaard, en quien pienso ahora, fue quien inaugura con su concepción de la fe esta idea de creer en nadie para que sea posible la esperanza.

 

TOMÁS ABRAHAM

Filósofo - Argentina

Profesor Emérito de la Universidad de Buenos Aires/Doctor Honoris Causa de la Universidad de Tibiscus, Timisoara (Rumania)

Sus más recientes publicaciones: El deseo de revolución (Tusquets, 2017); La máscara Foucault (Paidós, 2019); Aburrimiento y entusiasmo (Ed, Digital, Indie, 2021); La matanza negada -autobiografía de mis padres (Ed El Ateneo, 2021). 

 

Imagen de portada: CONTRATAPA/DFP


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2022-03-03T20:48:00