Puente con mi madre

Marta Alberti

Contenido de la edición 13.02.2026

 

En marzo de 2025 se presentó el libro "Historias descabelladas", un trabajo compuesto por cuarenta relatos, donde "mujeres pertenecientes a diferentes generaciones nos traen recuerdos, nos asombran, nos emocionan", al decir de la compiladora Cristina Lampariello.

En CONTRATAPA venimos presentando regularmente todos los textos. A continuación, el de Marta Alberti (y la foto que lo acompaña).

Puente con mi madre

Marta (1944)

El recuerdo que tengo de mis abuelas, nacidas en las últimas décadas del siglo XIX, es que tenían el pelo muy largo, una única trenza arrollada a nivel de la nuca. Una con el pelo blanquísimo y la otra, negro. Nunca fueron a la peluquería. Nunca se tiñeron el pelo. Jamás el pelo suelto, salvo cuando lo secaban al sol luego de lavarlo con agua de lluvia y jabón de coco. No había champú.

Mi madre, que nació en la primera década del siglo XX, tenía el pelo cano cuando yo nací, en el año 1944. Siempre el pelo cano, cortito y apenas ondeado.

Yo, ni rubia, ni con rulos, pelo castaño y lacio. En mi entorno familiar cercano, los rulos «tirabuzones» no eran bien vistos. El pelo castaño también lo tenía bien asumido. No ansiaba ser rubia. Mi tío Pascualito me decía «Sofía Loren y Gina Lollobrigida, las grandes actrices italianas, no son rubias».

Tuve trenzas. Cuatro, dos arriba y dos abajo, unidas por moñas de colores, lisas y escocesas. Mi madre nunca me hizo las trenzas. Las hacían mi abuela y mis tías. No me acuerdo de llevar el pelo largo suelto.

Mi madre y mi padre, oponiéndose a tías y abuela, me convencieron de la practicidad y la «libertad» de tener el pelo corto, a lo garçon. Con ese corte de pelo transcurrió toda mi etapa escolar, con pequeñas variantes. Moña de color o los recién llegados brochecitos de plástico. Moña blanca para ir a la escuela, una más grande, de organdí, para las fiestas patrias y de fin de año.

En la adolescencia y en los años jóvenes, pelo largo y lacio. Siempre suelto. Solo a veces recogido en una coleta baja. Nunca me hice un moño. Excepcionalmente iba a la peluquería, a «recortarme las puntas».

A mis cuarenta, el ir a la peluquería se instaló en mi agenda. El pelo más corto, hasta los hombros. Con las primeras canas, el uso de henna y luego tinta y algunos claritos, por aquello de que «el pelo homogéneamente oscuro endurece y da años». En unas pocas oportunidades «una permanente floja» con la excusa de facilitar el manejo del pelo.

Pelo corto, cada vez más corto, cortísimo. En el fondo, con la secreta esperanza de que de esa manera sería más fácil que mis canas salieran a relucir. Y lo lograron, contra viento y marea, convenciendo a Alba, la peluquera, la amiga de tantos años, que una y otra vez me preguntaba si estaba segura, y se resistía. Contra los prejuicios sociales. Me sentí bien, muy bien, asumiendo mis canas. Canas, canas puente con mi madre.

 

Imagen de portada: Cristina Lampariello


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2026-02-13T16:37:00