Rubén Darío en “El Mercurio” de Santiago de Chile
Alejandro Carreño T.
Contenido de la edición 20.10.2026
En este trabajo especial para CONTRATAPA, hemos querido viajar en el tiempo y rescatar un gran escritor que escribió para El Mercurio de Santiago. Por lo mismo, nuestra fuente será el citado periódico que, el año 2014 publicó un hermoso y voluminoso libro con el nombre Grandes Firmas del Mundo en El Mercurio. Literatura y humanidades 1900-2014.

El diario aparece en Santiago en 1900, aunque su fundación, en Valparaíso fue en 1827. Desde sus orígenes El Mercurio estuvo fuertemente ligado al mundo de la literatura, las humanidades y las artes en general. De hecho, apenas dos meses después de su aparición en Santiago, el poeta nicaragüense, Rubén Darío inicia el histórico transitar de la literatura en sus páginas. Es el 20 de agosto de 1900, doce años después de su obra esencial Azul, publicada en Valparaíso, Chile, el 30 de julio de 1888. Con el artículo de Rubén Darío, Los hispano-americanos, comenzamos nuestro recorrido por las páginas de este ejemplar único de El Mercurio. Antes, algunas necesarias aclaraciones. La primera, hemos conservado la presentación que el periódico escribe del texto seleccionado, a modo de síntesis del mismo; la segunda, el autor seleccionado responde al hecho de ser el primero, como dijimos, en abrir el camino literario del periódico; una tercera aclaración tiene que ver con el apego a la ortografía original del artículo. Por último, pretendemos en próximos trabajos, escribir sobre otros grandes nombres que estuvieron un día en Grandes Firmas, como Pío Baroja, Gilbert K. Chesterton, Leopoldo Lugones y una lista innumerable de escritores memorables.
El artículo del poeta nicaragüense, Los hispano-americanos, comienza con esta presentación del periódico: "A doce años de la publicación en Chile de su obra cumbre, 'Azul', el poeta modernista nicaragüense (1867-1916) critica las conductas de los hispanoamericanos en París y constata el total desconocimiento que existe en la capital francesa de la literatura de estos países". La vida de los hispanoamericanos en París, nos dice Dario, ha sido contada por sus cronistas y "hasta sus novelistas". Y recuerda algunos nombres, como el de un "escritor de Centro América", de apellido Guzmán "que trata del tópico, y otro del colombiano Ánjel Cuervo, hermano del filólogo". Sin embargo, a su juicio, es la novela de Alberto del Solar, escritor y diplomático chileno, Rastaquouer, "lo mejor que se ha escrito al respecto" (el nombre de la novela es Rastaquouère, y fue publicada en Buenos Aires en 1890). Darío escribe que del Solar le ha contado "más de una vez que sus tipos han sido copiados de la realidad, y que más de un episodio de su obra ha pasado ante su propia vista". Y se refiere a París como "este mundo de deslumbramientos y de locura brillantes". Ese París, "colosal establecimiento de diversiones y de placeres, la rotisserie de las naciones y el harem del rei Todo-El-Mundo".
París deslumbra al latinoamericano. Y la forma cómo describe este deslumbramiento nos ilustra, por un lado, el tipo social del latino que llega al mundo parisino; de otro lado, su condición de columnista directo, ajeno a los eufemismos y con agudo manejo de la ironía como discurso. "Es la historia continua e inacabable", nos dice, de los americanos que dejan su "terruño, sus costumbres, su rústica riqueza", para venir a un mundo de "locuras brillantes". Aquí, escribe, lo pierden todo, desde el dinero "del modo más lamentable", hasta "el honor algunas veces" e, incluso, la vida "de cuando en cuando". Y los ejemplos no faltan: "Es la señorita esplotada por nobles arruinados, sin renta ni vergüenza". Pero también se refiere a la "vanidad bufa", la vanidad que combina lo cómico con lo grotesco, como nos enseña la RAE, de quienes llegan "con el propósito de formar parte del tout París". Aunque también acceden a "la tiranía de la moda" y las "redes del vicio risueño", para finalmente terminar desplumados y en la miseria. Es el tipo rasta, como los llama el poeta. Palabra curiosa que puede confundir al lector desprevenido, porque nada tiene que ver con el movimiento rastafari surgido en Jamaica en la década del 30.
Rubén Darío lo usa, ciertamente, derivado de Rastaquouère, adaptado al castellano como "rastacuero", que la RAE define como "vividor o advenedizo" en su primera definición, en cuanto que en la segunda señala que se trata de "una persona inculta, adinerada y jactanciosa", como los personajes que describe del Solar en su novela, y que Darío hace suya en su artículo. Pero el articulista nos aclara que, desde hace algunos años, han llegado a París "familias serias, ricas de veras, acostumbradas a una existencia noble y fastuosamente mundana", que nada tienen que ver "con la parada presuntuosa de los varios Talagantes, como el que retratara del Solar". Otra palabra enigmática usada por Darío, Talagantes. El contexto nos dice que se refiere a estos rastacueros incultos y jactanciosos. La palabra "talagante", según la enciclopedia Wikipedia, deriva del quechua Tala-Canta-Ilabe y significa "lazo de hechicero". Más tarde, señala Wikipedia, "Talacanta pasó a ser Pueblo de indios". En todo caso, no debiera sorprender el uso de ciertas expresiones exóticas en su artículo, considerando que Darío es considerado precursor del Modernismo en Literatura, que tiene, entre otros de sus rasgos característicos, el cosmopolitismo, abierto a influencias extranjeras, sobre todo al simbolismo y parnasianismo francés, y el uso del lenguaje culto y exótico, plagado de palabras raras, helenismos, latinismos, arcaísmos y galicismos.
Palabras raras como la usada en la expresión "exhibiciones carandachescas" que, Darío utiliza al lado de "detonaciones llamativas", para oponerlas a otras formas de la comunicación como los periódicos, los folletines, los dibujos y los libros "dedicados a caricaturar la especie". Carandachesca es la españolización de Caran d'Ache, que significa "lápiz" en ruso (karandash), que a su vez proviene del turco kara tas (piedra negra). Pues bien, Caran d'Ache es el seudónimo del famoso caricaturista e historietista francés del siglo XIX, Emmanuel Poiré, nacido en Moscú en 1858 y muerto en París en 1909. El modernismo dariano presente en sus artículos periodísticos. Pero hay un "París que cree, que espera, que trabaja y estudia, que ora, ese de que acaba de hablar con tanta cordura y dignidad el señor d'Haussonville", y que no es considerado "por la jeneralidad que viene aquí con el único objeto de divertirse". Darío se refiere al conde de Haussonville, historiador y político francés, elegido miembro de la Academia en 1869. El parnasianismo, con su exotismo lingüístico, permea el artículo que comentamos. No se trata, por lo mismo, de un simple artículo periodístico que describe el comportamiento del latinoamericano en París, sino que lo hace, además, desde la mirada poética modernista, parnasiana, que se opone al subjetivismo del romanticismo propio del siglo XIX.
El artículo retrata la incursión del latinoamericano rico de veras, atraído por ese "soplo de lujuria perenne" que corre por "el ambiente bulevardero", donde todo es una invitación "al amor y a la alegría", aunque, aclara Darío, "hai mundos apartes que son El Dorado para el artista, para el estudioso, para el piadoso", pero que no entusiasman ni al latinoamericano de clase ni al rastacuero. Y ejemplifica con jóvenes argentinos que "en Buenos Aires son modelos de seriedad y relijiosidad" pero, que "en cuanto llegan aquí se coronan de flores y se levantan a las dos de la tarde". En este momento el artículo adopta el símbolo, otro de los rasgos del Modernismo, como elemento estructurador de su descripción. Todos, escribe Darío, "se embarcan en la barca de Watteau en viaje a Citeres". Después de todo: "¿Quién se asombra de eso? ¿No son sabidas las incursiones periódicas del simpático rei Leopoldo por causa de las gracias tanjibles de mademoiselle de Merode, que Falguiere consagrara en mármol?". Como el parnasianismo, el simbolismo presente en la obra de Darío, obliga al lector a una reflexión y búsqueda del significado de aquellos símbolos que sirven de marco poético al mundo descriptivo, y lo aleja de la realidad cotidiana.
La "barca de Watteau en viaje a Citeres" es el símbolo del amor y del placer, representado en el famoso cuadro de Antoine Watteau Pèlerinage à l'île de Cythère, pintado el año 1717. El tema dio origen a la fête galante. Es el viaje de los bienaventurados a la isla del amor. En la isla de Citera se encontraba un templo dedicado a Afrodita, diosa del amor. En la pintura se observan varios temas mitológicos, como la estatua de Venus, diosa del amor, o la popa del barco en forma de concha. La barca semeja una cama, símbolo del amor carnal, en cuanto las tres parejas enlazadas simbolizan el amor como un viaje de estos personajes a la isla de Citera. Como la barca de Watteau dariana, invitación "al amor y a la alegría" en la que se embarcan los latinoamericanos cuando llegan a París.

Embarque para la isla de Citera, versión de Charlottenburg, óleo sobre lienzo, 129 x 194 cm (Fuente: Enciclopedia Wikipedia)
Luego nos encontramos con el rey Leopoldo y "las gracias tanjibles de mademoiselle de Merode", símbolos de la realeza y belleza de los salones versallescos, tan propios del Modernismo literario. "Mademoiselle de Merode" es Cléopâtre-Diane de Mérode (1875-1966), famosa bailarina francesa de la Belle Époque, de extraordinaria belleza, admirada por el rey Leopoldo II de Bélgica, aventura que relata en sus memorias. Posó para el escultor Alexandre Falguière; para los pintores Manuel Benedito, Giovanni Boldini, Edgar Degas, Henri de Toulouse-Lautrec, y para los fotógrafos Paul Nadar y Léopold-Émile Reutlinger (Enciclopedia Wikipedia).
El artículo dariano parece una fuente inagotable de temas parnasianos y simbólicos con que se describe la vida de los hispanoamericanos en París. Pero, el deslumbramiento parisino con sus lujos y extravagancias millonarias, exigen fortunas a la altura de la nobleza versallesca: "La galantería costosa, las señoritas de Chez Maxim's exijen presupuestos imperiales y reales". Darío se vale de la metáfora "blancas manos" para desplumar "los palomares internacionales" y más de algún "gallo criollo" tuvo "que volver a América a rehacer su fortuna". La "barca de Watteau" es generosa en placeres y costosas diversiones con que la París-Citera encandila a sus navegantes. Pero no todos los "palomares internacionales" ni los "gallos criollos" son desplumados por la barca. Los hay quienes caen en manos de algún conde o marqués inescrupuloso que se encarga de arruinarlos. Y Darío llega al sarcasmo para ilustrar una relación más íntima: "oh, mi querido conde", "oh, mi querido marqués". Le cuenta al lector que uno de estos nobles, que "circula entre la colonia hispano-americana", estuvo preso "por ofensas a la moral" y que su nombre apareció en los periódicos. Otro, italiano, estudia primero a sus víctimas criollas, "que juzga esprimibles" para llevarlas a su "elegantísimo departamento". Y le pide al lector que lea lo que dice un "reciente periódico" que sabe de estos asuntos:
El periódico pregunta si conocen el "Silvio y Besco", un juego muy conocido en el Peloponeso, que consiste en una ruleta minúscula "que el banquero tiene en la mano y cuya aguja haciendo el oficio de bola, es movida por un resorte". Se apuesta mucho dinero. El periódico relata que "el recordado conde" reunió en "una avenida próxima a la Estrella", a lo más selecto de la colonia argentina, "incluso al hijo de un ex presidente de esta república", quien perdió trescientos mil francos. Por cierto, la ruleta estaba arreglada. Darío lo escribe así: "El joven hidalgo pagó su deuda de honor, pero como hombre de sprit exigió del conde de X... que le regalara la famosa ruleta, como recuerdo de tan memorable déveine: el bonito instrumento estaba cargado..." (...). Ahora bien, ciento veintiséis años después de la publicación del artículo en Grandes Firmas, un curioso columnista y ensayista, con la ayuda de Inteligencia Artificial (aunque le pidió a Google), llega al nombre del joven argentino, "hombre de sprit" que exigió la cargada ruleta como "recuerdo de tan memorable déveine" (ignoro si otros ya lo hicieron, aunque yo creo que sí). Pero aquí surge ¿una confusión?, al parecer, de Rubén Darío, que atribuye el hecho al hijo de un expresidente argentino.
Con todo, la respuesta de Inteligencia Artificial es otra, aunque la coincidencia de la suma perdida, de la época y del espíritu derrochador del joven navegante de la "barca de Watteau", si fuera coincidencia, sería propia de una mágica coincidencia. El presidente no sería argentino y sí el uruguayo Pedro José Varela Olivera (22 de enero de 1875-10 de marzo de 1876). Nicolás Avellaneda era el presidente de Argentina en estos años, y nada dice el informe de la fuente mencionada sobre un hijo suyo en París. Efectivamente, leemos en la citada fuente que Héctor Varela, el hijo del presidente Pedro José, "conocido por su vida cosmopolita y despilfarradora en Europa", perdió trescientos mil francos en el Casino de Montecarlo, en una sola noche jugando a la ruleta. El episodio, continúa la información, "se convirtió en una de las leyendas urbanas más citadas sobre los excesos de la alta sociedad sudamericana (los llamados rastacueros) en la Belle Époque francesa". Aquí, la relación con el artículo de Darío, es evidente. En realidad, no creo que el columnista se haya confundo de presidente; no quiso, simplemente, comprometer a un presidente y su país, no delatando el nombre del "hombre de sprit" y situando al despilfarrador en otro país. Inteligencia Artificial alude así a la confusión: "aunque el apellido y las crónicas del Río de la Plata a menudo generan esa confusión en las anécdotas de la época".
Que Darío conoce bien París, la Ciudad Luz, la capital en celo, como la llama en algún momento de su artículo, no cabe ninguna duda. Conoce al dedillo los lugares donde los navegantes de la "barca de Watteau" pueden disfrutar de los placeres mundanos de la vida: "Nuestros jóvenes alegres que se divierten cuotidianamente, tienen sus puntos señalados: allá en el bosque, los clásicos, Armenonville, la Cascada, etc.". La Belle Époque no sería la misma sin El Pavillon d'Armenonville y La Grande Cascade, ubicados en el Bois de Boulogne y transformados durante las grandes reformas urbanísticas del Barón Haussmann y Napoleón III. El primero en un lujoso restorán rodeado de jardines por donde paseaba la elite parisina. El segundo, una fantástica cascada artificial que albergó un lugar de descanso para Napoleón III, se transformó en 1900 en un lujoso restorán con motivo de la Exposición Universal. Pero en el centro de París, la tentación también atraía a los ricos latinoamericanos. Por la noche, "el impagable Maxim's, el Americano, el Café de París". Y la ironía dariana, que resuena con la dureza del chasquido de un látigo, no se hace esperar: "Allí concurren todas las damas del batallón de Citeres, bellas, adorables, la mayor parte estúpidas, con las manos hechas un escaparate de joyería, provocantes, soberbias o macabras".
En estos lugares, nos ilustra el artículo, no solo se "cena atrozmente caro" y "se goza". Se renueva, además, "la antigua vida pagana y la eterna figura goyesca de la hembra y el muñeco". La alusión dariana a Goya y sus majas, con todo el rico simbolismo que ellas encierran, retratan cómo estos trasplantados latinoamericanos se convertían en peleles de estas "hembras goyescas" en el suelo parisino de la Belle Époque. El pelele, pintado entre 1791 y 1792, es uno de los cuadros más célebres de Francisco de Goya, que decoró el despacho del rey Carlos IV en el Palacio de El Escorial, para más tarde formar parte del Museo del Prado en Madrid. El pelele del cuadro es un muñeco fláccido, de sonrisa que no denota ninguna reacción, inerte, manipulado por cuatro jóvenes vestidas de maja, en una escena aparentemente campestre, inocente, pero que simboliza el dominio, la manipulación y la burla de las mujeres sobre el hombre (las majas sostienen una manta por las cuatro esquinas para mantear al muñeco). Nada más apropiado para ilustrar el simbolismo de este otro cuadro parisino que representan los personajes descritos por Darío, en el que las majas decimonónicas hispanoamericanas exudan toda su artificialidad.
"Allí van insultantes de gracia mala y de riqueza enferma las varias cortesanas de apellido español, las varias yanquis, las muchas de nombres heráldicos en el armorial del placer parisiense, y que figuran en las crónicas del "Gil Blas" y reinan en todas las fiestas de la capital en celo". Darío es un columnista que trasciende su tiempo. Un cronista que se vuelca constantemente hacia el pasado literario y mitológico, para situar en él la realidad social y cultural que describe, y con el que tanto se asemeja. La "capital en celo", como llama a la París por donde navega la "barca de Watteau" de los hispanoamericanos, no es distinta a la de los salones de L'Histoire de Gil Blas de Santillane, la novela picaresca del francés Alain-René Lesage escrita entre 1715 y 1735. La novela, como el artículo de Darío, describe mujeres de libertino proceder, maridos engañados, sibaritas y mequetrefes que pululan por los salones parisinos. Sin duda, sus artículos, como el que ahora comentamos, obliga al lector a algo más que una simple lectura, pues lo saca de su supuestamente cómoda posición de lector, para trasladarlo a otros mundos ajenos a su realidad, pero insoslayables para comprender el contenido de su lectura. No debe olvidarse, además, que Darío escribe para un lector decimonónico que acompaña el fin de siglo.
Pero no solo estos hispanoamericanos llegaban a París, había también otros alejados de las mundanas y caras tentaciones: "Hai familias religiosas que oran y templos de piedad que turban", nos dice. Como la "dulce e ilustre damita de Buenos Aires", que en un barco por el Sena golpea la puerta de un convento para "ofrecer a Dios sus cabellos y su belleza joven, y su vida". Darío, como dijimos, escribe para gente de su tiempo, personas que conoce o supo de su existencia, pero que no delata en su columna, como la "damita de Buenos Aires". Lo más probable que se refiera a Flora Celestine Thérèse Henriette Tristán y Moscoso, conocida como Flora Tristán (1803-1843). Las crónicas literarias y románticas francesas de la época se referían a ella como "peruana" o como una "dama argentina-sudamericana". Cuando Flora muere, Darío tenía 24 años y ya era un avezado poeta, columnista y hombre de letras (a los 13 años publica por primera vez en un periódico, El Termómetro, de la ciudad de Rivas, Nicaragua, el 26 de julio de 1880, la elegía "Una lágrima"; y su primer poemario, Abrojos, en Santiago de Chile en 1887). Darío no escribía apenas un artículo periodístico, escribía un pequeño tratado de su estética literaria, de su comprensión del periodismo también como un mensaje literario del que el lector, sin duda, es un actor principal por cuanto debe trascender su puro acto de leer. Por último, no debe olvidarse que el periodismo fue su sustento, escribiendo en varios periódicos y revistas.
Otros personajes pueblan también el artículo que comentamos, y cuando los identifica, siempre son argentinos. El médico que está "con el sabio de París, aprendiendo, orando con las manos, con el cerebro, con la cuchilla". Y también el "pintor argentino". En su estilo entre irónico y sarcástico, Darío comenta: "Se va a la misa de la ciencia y al sermón del arte". Y están los que buscan "el diamante de la verdad y del bien que hai en el fondo de la copa de rosas de París". La metáfora modernista que orla su lenguaje de columnista. Pero la vida intelectual del hispanoamericano en la "capital del celo" es difícil, porque la "vorájine es inmensa" para los jóvenes que sueñan con ella; además, apenas "se nos conoce", aunque en algunos círculos, como el del Mercure de France, ha llamado la atención la nueva literatura de América. El Mercure de France es una de las editoriales más antiguas y prestigiosas de Francia, y hoy integra la no menos famosa Editions Gallimard. Pero en 1890 era una revista vanguardista literaria vinculada al movimiento simbolista en la que publicaron, entre otros, Stéphane Mallarmé, Paul Verlaine y Alfred Jarry. Y reitera su opinión sobre la percepción de los franceses respecto de América Latina: "nos ignoran de la manera más absoluta", salvo los nombres consagrados, "los nombres hechos". Esos son "respetados".
Pero la crítica de Darío ignora los "nombres hechos y respetados" franceses. Su ironía cae también sobre ellos, como en Verlaine: "Verlaine hacía creer que conocía el español, y no sabía sino decir: "No hai mal que por bien no venga" y "A batallas de amor, campo de plumas". Tampoco Moréas escapa a su sarcasmo, pues lo único que le dice toda vez que lo saluda es: "¡Don Diego Hurtado de Mendoza!". Y lo remata con "Y se queda tan fresco". Antes, ha comentado el anuncio de una traducción suya de Calderón que fulmina con estas palabras: "no entiende nada". Que los artículos de Darío representan un laberinto crítico por donde transitan nombres, hechos y acciones, como en Los hispano-americanos, el lector de este siglo lo siente, una vez más con la mención de Moréas que, en rigor, es francés nacionalizado, pero que el público parisino conoce perfectamente. Su nombre es Ioannis Papadiamantopoulos, ateniense nacido el 15 de abril de 1856 y muerto en París con el nombre de Jean Moréas, el 30 de abril de 1910. Fue uno de los escritores más importantes del simbolismo en la poesía. El 18 de septiembre de 1886 redactó y publicó el manifiesto del simbolismo en el diario Le Figaro. Y Darío, sarcásticamente, recomienda sonreír cuando el lector lea algo como al "inminente poeta hispanoamericano Don Fulano de Tal, tan conocido no solamente en América y España, sino también en París, etc...".
Pero sí destaca a Remy de Gourmont y a Finot. El primero fue cofundador del citado Mercure de France en 1889, y uno de los intelectuales más influyentes y representativos del movimiento simbolista. Darío lo recuerda en su artículo como el único intelectual preocupado de la evolución del idioma español y de "nuestra producción mental". El segundo es Jean Finot, tal vez desconocido para el lector del siglo XXI, fue director de la Revue des Revues, desde 1892 hasta su muerte en 1922, y uno de los intelectuales franceses más distinguidos de su tiempo. En su artículo, Darío lo menciona como preocupado de estudios sobre la literatura latinoamericana y cita como ejemplo "La novela en América Central". Tres años después de la publicación de este artículo en El Mercurio, Rubén Darío publicaba en la revista La Renaissance latine, de París, el 15 de marzo de 1903 el artículo "Le Mouvement latin. Amérique Latine" (anexo del ensayo de Günther Schmigalle, de la Academia Nicaragüense de la Lengua, "Un artículo desconocido de Rubén Darío", (Istmo, Revista Virtual de Estudios Literarios y Centroamericanos 35, marzo de 2018). El texto de Darío comienza así: "L'Europe, pour la première fois, a manifesté, en ces dernières années, quelque intérêt pour le mouvement intellectuel des pays hispano-américains du sud".
Sí, Los hispano-americanos es algo más que un simple artículo periodístico que describe el comportamiento de los hispanoamericanos en París. Esta es su lectura denotativa que el lector dariano de su tiempo, seguramente, comprendió sin ninguna dificultad. Por lo mismo, requiere del lector de nuestro tiempo algo más que el simple acto de leer, puesto que Darío escribió no solo un artículo que descuera a los nuevos ricos hispanoamericanos, ironizando su comportamiento falso y vanidoso de alta clase social, sino que hizo de él un pequeño tratado de estética de su poética modernista, en el que predomina el lenguaje simbólico propio del parnasianismo. El artículo describe, entonces, una otra realidad plagada de expresiones raras y exóticas, en las que el mito, el arte y la literatura adquieren vida propia en la representación de personajes trasplantados a un mundo que no les pertenece, pero que sueñan también suyo. Una representación de mundo, en consecuencia, que le exige al lector una lectura más minuciosa y depurada, que trascienda la pura descripción denotativa del artículo.
Al terminar la lectura de Los hispano-americanos, se me vino a la memoria el personaje "Naberius", ese demonio del Ars Goetia (El arte de la brujería), el más importante grimorio del siglo XVII. Demonio de la retórica y la elocuencia que tenía, entre otros poderes, el de hacer que las personas recuperaran la dignidad, la gloria y los poderes perdidos. Entonces imaginé a ese Darío del 1900 como un "Naberius" moderno, con su retórica y elocuencia con que escribe sus artículos empapados de sarcasmo e ironía, que no tienen otro propósito que advertirles a estos navegantes nuestros de la "barca de Watteau", que navegan por las envolventes aguas de esta "capital en celo", de las peligrosas relaciones y las tentaciones de los placeres destemplados, de la arrogancia y del fingimiento.

ALEJANDRO CARREÑO T.
Profesor de Castellano, magíster en Comunicación y Semiótica,
doctor en Comunicación. Columnista y ensayista" (Chile)