Tal vez muera en diciembre

Alejandro Vásquez Escalona

Contenido de la edición 01.04.2026

 

Al frente desciende una carretera de asfalto que baja, otra que sube. En el terreno entre las dos vías una cruz de cemento sembrada por los misioneros católicos mira hacia donde termina la vía. Apunta con uno de sus brazos la vivienda que se ubica lateralmente. Es azul. Techo de zinc en forma de capilla. Tal vez por eso la cruz apunta hacia el lugar. Quizás desea habitar ese espacio. No tiene ventana frontal, sólo la puerta principal que permite acceder a la sala de la casa que es amplia con escasa ayuda de luz del exterior. En la pared lateral cuelga una fotografía blanco y negro coloreada a mano. Un niño de unos nueve años, de cabello rizado rubio, está subido sobre un caballito de madera. Detrás una niña de unos doce años posa para la cámara de pie con su brazo derecho sobre el hombro del niño. Expresa alegría en su rostro. Jamás la habían retratado. Lleva un vestido blanco con flores naranja similares a girasoles pequeños. Los niños son hijos del dueño de la casa con una novia fuera del hogar. Es campesino, piel rosácea y manos rudas. Apacible como la brisa de la montaña. Además de la mujer con quien se casó, siempre tuvo otra mujer, otra casa. Y a veces otros hijos. Su esposa ahora hace arepas en la cocina trasera.

Un escaparate de madera con una de sus puertas abiertas deja ver vestimentas modestas, zapatos y objetos caseros diversos Se escucha el canto de las chicharras de mayo y el traquetear del techo de zinc con el calor del mediodía. En el centro de la sala cuelga una hamaca blanco ocre que disimula el uso constante que se le da. Un niño de aspecto indígena de unos ocho años hace mecer la hamaca. Lleva doce días acostado. Come poco. Observa asiduamente las láminas de zinc del techo como si el calor exterior del sol pudiese derretir tanta desesperanza ciega. Sin motivos precisos. Casi no se levanta de su lecho aéreo. De cuando en cuando la madre se acerca, lo mira ansiosa, pregunta qué le sucede. No sucede nada, miente el niño. Levántate a jugar, le insiste ella. Únicamente silencio acompaña la sonrisa minusválida del niño. Desearía dar una explicación a su madre, pero no la tiene. Es diciembre, está cercana la celebración de navidad.

Afuera el negro de la noche es mirada de invidente. Las luciérnagas tejen figuras efímeras con sus puntos de luz titilantes. En la sala, el padre apaga la lámpara a gasolina Coleman para ir a dormir después de labrar la tierra. En la cocina aún sobrevive la lucecita amarillenta de la lamparita de querosene. El niño acostado en la hamaca busca una explicación a su desánimo. Lo desea intensamente. Estaría muy contento si pudiera expresar a su madre una respuesta precisa acerca de su ánimo borrado por agujeros de sombra. No encuentra explicación alguna por más que revuelva con sus ojos y su mente en el vacío oscuro de la noche. No vivió nada violento. Nadie abusó de su condición de niño. A veces va a nadar al río sin consultar a su madre. Al regreso, ella lo arrodilla. Aprisiona con las piernas su cabeza y golpea su espalda con un látigo de cuero. Algo normal por desobedecer. Eso cree. No recuerda nada especial. Ninguna tormenta anímica. Pero sí siente que perdió sus certezas. Sólo está convencido que morirá ese diciembre. Su cabeza es un reverbero de volcán antes de la erupción. Dios mío, no me lleves en ésta navidad. No permitas que mi muerte desarme la alegría de la familia en la navidad ni la celebración de año nuevo. Ven a buscarme el siete u ocho de enero. Y me marcharé en paz, implora. Es diálogo sordo, nadie de la familia lo escuchará. Es su autoconversación.

Atravieso la ciudad hacia el aeropuerto. Conduzco el auto serenamente. Viajo a Caracas a pasar unos días con una pareja de amigos. A cocinar en familia. A disfrutar de conversaciones de sobremesa. A calidez de hogar. A correr en el Paseo Los ilustres para sentir que estoy en el primer mundo. No en un país ajado. Una fiebre intensa de siete días más cinco de molestia gripal me empujaron a la desesperanza sin asidero. Imprecisa como un precipicio en el inconsciente. Habito en una casa celebrada por la alegría lacustre. Vivo con mis fantasmas, los mantengo cercados porque casi los conozco, pero a veces se me infiltran en el alma. Andrés me acompaña. Me dejará en el aeropuerto, tal vez sea el único amigo que tengo en la ciudad donde habito. Todos los demás emigraron. a otros paises. Escaparon de la desilusión, quizás para encontrarse con otras desilusiones. Me observa con preocupación. Anoche mi esposa me decía que cómo es posible que tu amigo, se deprima a pesar de que vive en una casa tan linda a la orilla de un lago, tiene salud, es corredor, no le va mal económicamente, me expresa. Y continúa centrado en su silencio. Observo por el espejo retrovisor de mi auto, la ciudad se disuelve sobre una avenida oscurecida por el asfalto que se adentra en el vacío urbanístico.  Miro por el espejo retrovisor de mi vida, evoco al niño convencido que moriría en navidad. Busco alguna manera de explicarle a Andrés que el niño sembrado por el desánimo en una hamaca en un caserío campesino, solo era una promesa de hombre. De vida por vivir. No la encuentro. Después de todo, no tengo habilidad para expresar algunos asuntos de la vida que otros no han vivido. Y sonrío. Sonrío.

 

ALEJANDRO VÁSQUEZ ESCALONA

(Venezuela, 1956). Fotógrafo, escritor, videoasta. Profesor de la

Escuela de Comunicación Social de La Universidad del Zulia (1987/2016).

Docente invitado a Aquelarre - Escuela de Fotografía. Montevideo (Uruguay-2021)

acuantola@gmail.com


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2026-04-01T19:50:00