El cuento africano que cobija la mulemba
Alejandro Carreño T.
Cuando terminaba mi ensayo "El pícaro en la literatura latinoamericana", publicado en julio en CONTRATAPA, llegó a mis manos gracias a la gentileza de Denise, una amiga brasileña, el libro La sombra de la mulemba. Cuentos africanos lusófonos (Editorial Elefanta, México, 2023). Se trata de una antología que reúne exactamente a treinta escritores de cinco países africanos que tienen algo en común: en todos ellos la lengua oficial es el portugués y fueron los últimos en obtener su independencia. En el prólogo de Ana Rita Sousa, se informa al lector que "hasta el día de hoy, en lengua portuguesa existe solamente una única antología que reúne estas cinco literaturas": Contos Africanos dos Países de Língua Portuguesa, organizada por la académica brasileña Rita Chaves y publicado por la Editora Ática, São Paulo, el año 2009. Si la escasez abunda en lengua portuguesa, se puede fácilmente agradecer el ejemplar en español que tengo en mis manos, y que será la fuente esencial de nuestro trabajo sobre el cuento africano en estos cincos países: Angola, Cabo Verde, Guiné-Bissau, Mozambique y Santo Tomé y Príncipe. Todos ellos declararon su independencia el año 1975. Son países que respiran libertad hace muy poco tiempo y su literatura, por lo mismo, alude en muchos momentos a la colonización sufrida o a las ansias de independencia.
Es la historia del niño Zito, personaje de "Zito Makoa de 4º de Primaria" del angoleño Luandino Vieira que, aunque nacido en Portugal, a los tres años la familia se fue a vivir a Angola. Creció en Luanda, la capital. Estuvo preso varios años durante la década de los sesenta por apoyar la liberación de Angola. El cuento apareció en el libro Vidas Novas, escrito en la cárcel de la PIDE (Policía Internacional y Defensa del Estado) en Luanda, y publicado por primera vez en 1975. Es la historia de Zeca Silva y Zito Makoa, su amigo y compañero negro, despreciado por sus compañeros y la comunidad escolar. El matón de la clase, Bino, provoca a Zito: "- ¡Maldita sea, negro! ¿Qué no ves los pies de los otros? Entre varios lo golpean y quienes observan la cobarde paliza, la justifican: "se lo merecía, ese niño tiene un hermano terrorista, todos lo sabían, y lo mejor era partirle la cara de una vez para que no abusara" (39). La clase culpa a los chicos de escribir "cosas que no nos dejan leer". El cuento es una reproducción de la realidad vivida por el autor, pues Zito Makoa es llevado a la sala del director donde recibe un castigo severo: "Zeca Silva pensó entonces que no podía dejar a Zito solo, encerrado en la sala del director sin nadie, abandonado con sus dolores" (pp. 41 y 42).
Había algo, efectivamente, que nadie podría leer. Zeca se asoma por la ventana a la oficina del director y llama a su amigo. Lo tranquiliza diciéndole que él tiene el comprometedor papelito que escribió, que el que le mostró a la profesora, cambuta (de baja estatura), es otro que decía que tenía las piernas gordas, que él había escrito durante la confusión. Pero que el suyo, el que había escrito durante la clase, estaba con él y se lo lanzó, hecho una bolita, por la ventana: "ANGOLA ES DE LOS ANGOLEÑOS". La lectura simbólica del cuento de Luandino Vieira, es el grito de libertad que él, desde la cárcel de PIDE, lanza a los angoleños en la consigna escrita por Zito Makoa, el niño negro vapuleado, denostado y humillado: "¡Dónde se ha visto tanta falta de respeto! ¡Negros! Todos iguales, todos iguales...", sentenció el director (p. 41). Dos almas, una de carne y hueso; la otra hecha de letras, pero ambas con el mismo sueño de ser libres. Literatura y realidad en una mimética simbiosis para dar vida a una historia en que la ficción es una proyección de la realidad o esta se confunde con la ficción. "Zito Makoa de 4º de Primaria" se publica en 1975, el mismo año de la Independencia de Angola.

El desprecio por el negro, su explotación y la fingida preocupación del colonialismo portugués por los habitantes de estos países africanos, se refleja en varias historias de La sombra de la mulemba. Sus narradores nos describen una cultura que nos es desconocida, y que lucha por sobrevivir a la opresión a que es sometida desde Portugal. En varios de estos cuentos, expresiones propias del idioma nativo salpican la narración, para que comprendamos como lectores que su lenguaje también construye mundos mágicos y reales, que se mimetizan en una cultura rica e incomprendida. El mismo título de la antología que sustenta este trabajo es símbolo que cobija la historia, el mito y la leyenda de un continente que estos autores han hecho literatura. Mulemba es la higuera africana que puede alcanzar los veinte metros de altura y "en cuya sombra se sentaban antes los reyes y los jefes de la comunidad para discutir el futuro" (pp. 30 y 31). Y la mulemba, ahora es símbolo no solo de una literatura que rescata un pasado histórico-cultural, mágico y violento, sino que lo proyecta fuera de sus fronteras con una voz que clama verdad, respeto y justicia. La libertad, nos cuenta la mulemba, se llevó miles de vidas y desgarró miles de almas.
La burla, la tortura y la muerte provocadas por el colonizador se pasean por la mulemba. Para la protagonista del cuento "La combatiente que nunca será desrecordada", que forma parte del libro Final del Juego (2019), del guineano Amadu Dafé (de Guinea-Bissau, según la RAE, aunque en Wikipedia se menciona el gentilicio "bisauguineano"), los "tugas eran la muerte pero con disfraz humano, y que desafiar su yugo era lo mismo que desmentir a la muerte" (p. 195). Con el término tuga, diminutivo de Portugal y portugués, se designa ofensivamente al soldado portugués y, en general "a cualquier persona blanca en Guinea" (p. 339). Hoy, aunque en Portugal ha perdido su carácter ofensivo, en el relato es sinónimo de desprecio hacia el colonizador. En el cuento de Dafé confluyen varios temas que describen la lucha contra el opresor, encabezada por una mujer "que convalecía la guerra en la fiebre de la muerte. Incitaba a la guerra y desmentía a la muerte" (p. 195). Vida y muerte penden del espionaje y la traición; del odio y la venganza; de la determinante rivalidad entre la madre rebelde, la protagonista y su hijo, soldado del imperio. Temas diversos, cuyo conflicto central está determinado por el enfrentamiento entre el pensamiento mágico, que mueve a los nativos y la realidad del poderío militar del colonizador.
La madre, a quien llamaban Nni en la tabanca, "llevaba a la cabeza sobre la ordidja de tela suave, una cesta llena de sal, amuletos anti-bala y otros misterios que distribuía entre los camaradas" (p.196). Los términos tabanca (aldea nativa) y ordidja (banda o curita para heridas) del criollo guineano, son expresiones que ilustran, por un lado, la importancia que Dafé atribuye al lenguaje originario en su narración y, de otro lado, el pensamiento mágico de Nni que cuidaría las heridas de la guerra. Cuando el enfrentamiento se hace inevitable, Nni alienta a los suyos con una arenga que recoge toda la tradición mágico-religiosa de su pueblo: "-Tenemos todo lo que ellos no tienen. Tenemos este talismán y tenemos la protección de nuestros irãs. No hay cañón alguno que nos derrumbe -dijo en su discurso de partida-- ¡A la libertad! - terminó con acento de guerrera agarrada al talismán que llevaba en el cuello, dirigiéndose a los camaradas que la cubrían" (p. 204). Los irãs son ídolos o espíritus protectores o castigadores que suelen aparecer bajo la forma de serpientes, aunque también pueden tomar otras formas. Talismanes y espíritus, protectores o castigadores, pueblan el imaginario de estos pueblos ancestrales, pero no sirven para enfrentar un ejército y sus cañones.
Las últimas páginas de "La combatiente que nunca será desrecordada" colocan al lector en una incómoda posición, pero que la ficción no consigue trascender la propia realidad: el enfrentamiento entre Nni y su hijo, un traidor para ella, que eligió el camino del opresor: "Creía a su hijo ingenuo y cobarde por haberse quedado en el lado opuesto de la guerra e insistido en que tarde o temprano tendría que juzgarla" (p. 208). La reflexión de Nni, cuando la masacre de los suyos se ha consumado y de nada han servido ni espíritus ni talismanes, las palabras de su hijo pidiéndole a su madre que se rinda resultan crueles, pero coherentes con la realidad de un enfrentamiento cuyo desenlace no es más que la crónica de una derrota y de un triunfo anunciados: "-Perdiste, madre. Los amuletos y los irãs no te han servido de nada y tus hombres están totalmente aniquilados. / --¡Voy a terminar con ustedes, traidores inútiles! / --Ríndete, madre. Se acabó" (p. 207). Pero Nni no solo pierde la batalla, a sus camaradas y el poder de sus talismanes y brujos, pierde también la vida a manos de su propio hijo: "Y entonces fue abatida por su propio hijo cuando intentó coger su arma. Su caída fue la de una combatiente que nunca dudó de las causas por la libertad de su pueblo y que se merecía una bandera izada en su homenaje" (p. 209). El trágico fin del relato de Dafé incomoda porque sentimos que la realidad de la ficción se encontraba en la crueldad de la colonización y sus dramáticas consecuencias. Y esto es historia.
La crueldad de la colonización portuguesa adopta diversas formas en la literatura de la Mulemba, pero todas ellas, cuando no mata el cuerpo, mata el alma destrozando su dignidad de ser humano. El negro es esclavo cuyo destino está en manos de un soba, jefe (en la lengua kimbundo), como el señor Costa, del cuento "Godido" del mozambiqueño João Dias (1926-1949), de su único libro publicado póstumamente en 1952, Godido e outros contos. Godido es hijo de la negra Carlota que "siguió entre el cuarto del señor Costa y los negros de la choza", en cuanto él "germinó sin cinismos royendo hasta los dedos la yuca que su madre le daba para el día" (p. 216). Porque el hambre se queda "en la aldea" en cuanto "los productos son llevados a las grandes ciudades" Y el narrador nos lo dice en un lenguaje de colonizador que el negro aún no domina plenamente: "Así qui lo negrrro trabaja, trabaja y, en veces se queda l'hambre en su barriga. No hay comida para el gente" (p. 216). Costa es el símbolo del Imperio castigador, amo y señor de las tierras que no le pertenecen y de la vida de sus habitantes: "El señor Manuel Costa llegó al pueblo y plantó sus proyectos al lado de los negros. Traía máquinas, autoridades y reglas". (p. 215). Godido es la historia del negro que sueña ser libre. Por eso huye de ese mundo que tritura su raza, que le roba su dignidad y la prostituye y esclaviza: "La vida era una fábrica trituradora: los hombres entraban, eran descortezados y salían bagazos para el estercolero. En la máquina se quedaba su sudor. Los campos maduraban y la vida se deshacía en el abono" (p. 217).
Las historias de La sombra de la mulemba nos cuentan cosas que están vivas en la sociedad de cada una de estas naciones. No se trata solo de "cosas del ayer", cuando el déspota colonizador era dueño de esas tierras y de sus hombres, mujeres y niños. Hay una literatura que desgarra con su historia, sus mitos y leyendas; una literatura que orgullosa muestra su lenguaje con que construye y reconstruye su pasado hecho de luchas y derroteros que conducen a la muerte y a las ansias de libertad, como Godido, porque "aquel olor a sudor de su madre y el señor Costa asqueaban". Godido representa el pensamiento de todos los negros que habitan la mulemba, y así lo entiende el joven escritor con las últimas líneas de su relato: "Como si no fuera humano que un negro pensara que la vida de negro se ha de acabar" (por una razón de escritura he reemplazado las comillas del texto por cursiva). Tiene razón Ana Rita Sousa cuando comenta en el prólogo la situación de estos países después de su independencia: "Sin embargo, las independencias para la larga mayoría de estos países no anulan ni eliminan la estructura vertical de sumisión social, ni son siquiera garantía de la paz" (p. 28). Es que la raza negra continúa siendo objeto de burlas y deprecio, como en la historia del también mozambiqueño Luis Bernardo Honwana, "Las manos de los negros".
El cuento de Honwana se encuentra en el libro Nós matámos o Cão-Tinhoso (1964). Es un relato doloroso de por qué los negros tienen "las palmas de las manos más claras que el resto de su cuerpo" (p. 223), narrado por un niño, cuya curiosidad lo lleva a preguntar. Las respuestas que recibe son reflejo de una conciencia colectiva que está lejos de sacudirse de la secuela despótica de la colonización portuguesa. Personajes importantes de la comunidad, como el cura y el profesor, representan la elite "intelectual", que se distingue, supuestamente, del repartidor de Coca Cola, y otros personajes comunes: "[...] el señor profesor dijo un día [...] hace pocos siglos sus abuelos andaban apoyados con ellas en el suelo como los bichos de la selva, sin exponerlas al sol, que les iba oscureciendo el resto del cuerpo" (p. 223). Entonces, el niño recuerda las palabras del cura que les decía que ellos "no servían para nada y que hasta los negros eran mejores que nosotros". Todo el relato de un niño blanco gira en torno a las palmas blancas de los negros: "Doña Dores, por ejemplo, me dijo que Dios les hizo las manos más claras para que no ensuciaran la comida que preparan para sus patrones [...]". Sin embargo, es la propia madre del narrador quien abre las puertas para que la luz del sentido de lo humano comprenda la humanidad que yace en los hombres, independiente del dolor de su piel: "]...] lo que los hombres hacen es hecho por manos iguales, manos de personas que, si tuvieran un poco de juicio, sabrían que antes de ser cualquier otra cosa, son hombres" (pp. 225 y 226).
Pero otras historias de esta Mulemba, como las de Santo Tomé y Príncipe, pequeño país con una población que no supera los 250 mil habitantes y una superficie de mil kilómetros cuadrados, presentan una temática que va desde el Día de la Independencia en el cuento "Sueños de julio", hasta el humor en el cuento "Kapuíta" y la pena y la desesperanza en la historia de un niño, "El juguete", que tiene un final asombroso. Nosotros nos detendremos en "Maiá Póçon", que forma parte del libro homónimo publicado en 1937 en Santo Tomé y cuyo autor, José María Viana de Almeida, tuvo el privilegio de haber publicado el primer libro de su país. La historia es el relato de Valentim de Sousa Dantas, joven médico formado en la Escuela Médica de Lisboa y natural de la isla de Santo Tomé. Es un relato hecho de recuerdos: "Hay escenas que resurgen en el fondo de mi memoria e imágenes de todo tipo]...] (p. 287)". Pero de todas ellas, una se le aparece en cuanto cierra los ojos: "Es la imagen de una muchachita negra, de talle esbelto y rostro sonriente, es la figura de Maiá Póçon" (p. 291). El joven médico recuerda que Maiá Póçon, que en el idioma santotomense quiere decir "María de la Ciudad", abandona su trabajo en la roça de Água-Izé para trabajar de criada de los hijos del capitán Silva Antunes. "Ojalá que la negrita no sea tan arisca" (p. 295), esperaba el capitán.
Y esta "muchachita negra, de talle esbelto", puebla sus recuerdos que construyen una historia de amor imposible, incomprensible para el narrador, hoy médico, pero ayer un niño de diez años: "El recuerdo de mis amores, por decirlo así, con Maiá Póçon me provoca una sonrisa de ternura [...] ¿cómo fue que esa muchachita ya hecha se dejó cautivar por un muchachito de diez años? (p. 295). El relato de Valentim divide la narración en dos momentos que marcan la vida del narrador. El primero, su estadía en Lisboa y su sueño frustrado de instalarse con un consultorio en la capital; el segundo, la carta que le envía su vieja madrastra para que se haga cargo de las tierras dejadas por su padre y pueda, al mismo tiempo, dedicarse a su profesión. Ambos relatos están unidos por el recuerdo de la "muchachita negra, de talle esbelto" que tendría "entre dieciséis y dieciocho años". La belleza de la protagonista es uno de los motivos reiterativos de la historia, pues hace que el relato se mueva en distintas direcciones y vayamos, como lectores, acompañando, y comprendiendo, las relaciones humanas de personas que, en principio, se encuentran tan alejadas de nosotros geográfica y culturalmente. Porque África es una fuente inagotable de cultura y peculiar belleza desconocidas para la inmensa mayoría del mundo.
"Cuando ella pasaba por los lugares acostumbrados de convivencia, era seguro que de inmediato surgiera una aglomeración en la puerta, de los que dejaban el asiento para mejor y por más tiempo seguirla con los ojos ávidos" (p. 298). Maiá Póçon me recuerda la historia de una de las canciones más famosas de Brasil, Garota de Ipanema compuesta en 1962 en el bar Veloso, hoy Garota de Ipanema, ubicado en la esquina de Prudente de Morais y Montenegro llamada ahora Vinicius de Morais en homenaje a su autor, en Rio de Janeiro: "Ah, se ela soubesse que quando ela pasa / O mundo inteirinho se enche de graça / E fica mais lindo por causa do amor". Nadie ocupaba su corazón. Ningún hombre. Por eso sorprendió a todos cuando un día abandona la casa del capitán para irse a vivir con Davela, "un gigante negro de Santo Tomé", de treinta años y recia musculatura que, hasta los blancos, a quienes se le debía el debido respeto, temían. No era llegar y darle azotes como a cualquier otro negro. Y el capitán lo sabía. No era cualquier negro. Los recuerdos de Valentim recorren los momentos junto a la que describió como "la belleza de aquella flor salvaje", porque "había causado sensación en toda la ciudad", y en varios pasajes de su memoria recuerda aquellos en que ella le manifiesta que está enamorada de él.
"Tuve el presentimiento de que ella me ocultaba la verdad [...] Ella corrió detrás de mí, me agarró y me dio un beso" (p. 297). En otro momento, terminado uno de los juegos de niños, los casamientos, en que él era el novio de otra niña, Maiá Póçon lo mira con tristeza y le dice: "-Cuando seas grande ¿te casarías conmigo? / -- ¡Claro! -Respondí seguro y muy satisfecho con aquella idea repentina" (p. 298). Valentim la visitaba en su nuevo hogar y ella lo "atiborraba de dulces y de frutas". Y a veces ella se recostaba con él sobre la cama "y en su rostro se dibujaba una cierta expresión trágica". Entonces murmuraba: "Qué lástima, mi amorcito. Tú creces muy despacio. ¡Así nunca me vas a alcanzar!" (p. 300). Y nunca la alcanzará. Hay en sus palabras una suerte de trágico presentimiento que anuncia su fin. Maiá Póçon muere y Valentim, que construye su relato con los retazos de su memoria, terminará su historia con la nostalgia y la ternura que le inspiran el regreso a Santo Tomé y sus recuerdos de niño: "Cuando mi cuerpo tocó el borde de la cama, un susurro me llegó a los oídos: / ¡Ay, Valentim! Ahora ya no podrá ser. Esto será para nunca más [...] Un sollozo ahogó mi garganta y, sin saber exactamente el motivo, me eché a llorar [...] Ella se murió y se acabaron mis amores con Maiá Póçon, la negrita de alma ingenua y sencilla que cometió la locura de enamorarse de un niño" (p. 391).
El cuento del caboverdiano Bemvindo Semedo "La amistad" es uno de los doce relatos del libro Contos de Cabo Verde (2019), ganador del "Prémio Literário Arnaldo França" que es "uma iniciativa conjunta da Imprensa Nacional de Cabo Verde". La historia de "La amistad" se aleja de los patrones separatistas observados en el relato de Luandino Vieira y tantos otros de la mulemba. Es cierto que aquí el tema central es la amistad, también relevante en la historia del angoleño, pero no se trata de una amistad entre dos personas, sino entre un niño y un burro de nombre "Ventoso": "Llegó a nuestra casa con mi padre una tarde de invierno. Tenía los pelos erizados, voluminosos y bien cortados" (p. 117). La narración nos llega a través de Gracelino (Lino), protagonista de la historia, con 8 años de edad al comenzar su relato, y nos recuerda el inicio de Platero y yo (1914) del español Juan Ramón Jiménez, Premio Nobel de Literatura 1956: "Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos", pues ambas historias comienzan con la descripción del animal, amigo entrañable del poeta y de Lino. Pero "Ventoso" no es de pelaje gris plateado, que eso significa "Platero", sino de "pelos color marrón oscuro" (p. 124).
Ambos, "Platero" y "Ventoso", comparten la niñez y la adolescencia de sus respectivos amigos. Ambos comprendidos desde una mirada que trasciende la descripción pura del animal, para convertirlos en figuras que responden a atributos propios de los seres humanos. La prosopopeya como figura retórica, nos colorea un "Ventoso" que conmueve no solo a su amigo, sino también al lector que acompaña su condición de amigo sensible y leal: "Ventoso no era un burro cualquiera. Decodificaba, con facilidad y precisión, las muchas señales que ensayábamos. Por ejemplo, siempre que abría el portón a cualquier hora y alzaba bien mi brazo derecho, estaba seguro de que él entendía que íbamos a salir". Al igual que "Platero", también "Ventoso" era compañero de andanzas y aventuras de su amigo inseparable. En la presentación que Juan Ramón Jiménez hace de Platero y yo, cita a Novalis, para quien "Donde quiera que haya niños, existe una edad de oro". Y esta "edad de oro" con que Novalis identifica a los niños, es una "Isla de gracia, de frescura y de dicha", nos dice el poeta español. En el alma de Lino, "Ventoso" no era un asno, sino un hermano: "En realidad, teníamos una relación de hermanos. Nunca lo vi como un asno". Y los hermanos suelen llorar cuando uno de ellos deja el hogar. Lino obtuvo una beca para estudiar derecho en Coimbra. Y debe partir. Pero antes se fue a despedir de su amigo "de todas las horas. ¡Lo juro! Ventoso estaba llorando. Lloramos juntos por más de ocho minutos [...] En ese instante, comprendí que mi hermano de voluminosos pelos color marrón oscuro, había penetrado mi ser y se había ganado el derecho a vivir eternamente en mí" (pp. 123 y 124).
La sombra de la mulemba es un insospechado universo narrativo, sorprendente para un lector acostumbrado a un cierto tipo de lecturas que le hablan de personas y cosas que él conoce. Los cuentos dialogan entre ellos y son una sola voz que clama respeto y dignidad para su esencia de hombre negro, su raza y su cultura. Muchísimos relatos que no caben en tan pocas páginas, nos ilustran una historia literaria que se confunde con la historia de estos pueblos, y ya no sabemos más que es ficción, que es realidad. Leemos los cuentos como si los estuviésemos viendo proyectados en una pantalla, pues las imágenes que los construyen nos llegan sin censura, con un realismo muchas veces exacerbado, cercano al naturalismo de Zola, un naturalismo extemporáneo, podrá cuestionarse, pero pletórico de autenticidad narrativa, así como su lenguaje no sabe de eufemismos que sepan a miel. En ellos sentimos cómo se va la vida, el dolor, la humillación, la tortura y la muerte. Pero también la mulemba nos habla de amistad y lealtad, de coraje y valentía, de la fe que guarda el mito y la leyenda, del humor, de los sueños y la esperanza. Del amor.
Como en las series televisivas, La sombra de la Mulemba merece una segunda temporada en CONTRATAPA. Veremos qué dice el director.

ALEJANDRO CARREÑO T.
Profesor de Castellano, magíster en Comunicación y Semiótica,
doctor en Comunicación. Columnista y ensayista" (Chile)
Imagen de portada: archivo